Este martes se cumple medio siglo del debut de Diego en el fútbol argentino.
Por Daniel Guiñazú
Para Página 12
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Se presumía que el día de su llegada a la primera de Argentinos Juniors dejaría una huella en la historia. Porque se intuía, desde sus ejercicios como malabarista de la pelota en los entretiempos de los partidos que se jugaban en la vieja cancha de tablones de Juan Agustín García y Boyacá, que Diego Armando Maradona no era un jugador más, de las tantas promesas que brotaban del fértil fútbol argentino de principios de los años setenta. Ese pibe bajito y morocho de doce o trece años que Pipo Mancera había entrevistado en sus Sabados Circulares y que la descosía cada vez que jugaba para los “Cebollitas” de Argentinos tenía destino de algo más que crack y fenómeno. Sólo había que esperar el estallido.
Y ese estallido se produjo hace cincuenta años exactos. En la tarde del miércoles 20 de octubre de 1976, en reemplazo de Rubén Giacobetti y con el número 16 en la espalda, Diego jugó el segundo tiempo del partido que Argentinos perdió 1 a 0 ante Talleres por el torneo Nacional de ese año. Tenía 15 años y 355 días cuando su leyenda empezó a gestarse. “Una sola vez en toda mi carrera, yo tuve la sensación de tocar el cielo con las manos y no fue cuando gané el Mundial de México, fue el día de mi debut en Primera”, reconoció Maradona mucho después. Cuando su monumental obra futbolística ya estaba terminada y había llegado a ser el más grande entre los grandes.
Si todos los que dicen haber estado esa tarde en La Paternal, efectivamente se hubieran hecho presentes, el partido debería haberse jugado en el estadio más grande del mundo. Pero no fue para tanto. En verdad, se recaudaron 1.273.100 pesos de hace medio siglo por el corte de 7737 entradas, según cómputos oficiales de la AFA. Hubo bastante público porque la inminencia del debut de Diego era un rumor que hacía rato, el ambiente del fútbol venía anticipando. Pero en esos tiempos tan lejanos, la concurrencia a los partidos entresemana no era tan masiva. Mucho más si se los disputaba en horario diurno porque aquella cancha no tenía iluminación artificial.
“Vaya Diego, juegue como usted sabe y si puede, tire un caño”, dicen que le dijo Juan Carlos Montes, el técnico por entonces de Argentinos, cuando decidió mandarlo a la cancha desde el vestuario. Diego le hizo caso. Ese caño se lo hizo a Juan Domingo Patricio Cabrera en la primera pelota que tocó. Y a partir de allí, se confirmó que el fútbol argentino había parido un jugador excepcional. Tenía el desparpajo, la frescura y el talento de un adolescente quinceañero pero también la sabiduría de un experto. Reunía en su zurda, todos los duendes de la pelota. Todos los misterios invisibles e inefables del fútbol.
El Diego que se fundó aquella tarde de hace exactos cincuenta años en La Paternal, acaso fue el más puro y esencial de todos los Diegos que hubo después. Aquel pibito de los pelos enrulados y la lengua afuera no jugaba por la plata ni por la gloria. Jugaba por jugar, por el fútbol mismo. En ese Maradona natural y debutante que seguimos celebrando estaba en potencia todo lo que vino luego: la grandeza, los títulos, el oro y el barro. La gloria y el drama hechos un jugador de fútbol. Para muchos y para siempre, el mejor de todos.