Perder y, aun así, seguir gobernando. Benjamin Netanyahu, el primer ministro que más tiempo ha estado en el cargo en Israel, con 19 años divididos en tres mandatos y al frente de la coalición más derechista en la historia del país, podría seguir aferrado al poder gracias a las debilidades del sistema político, pero, sobre todo, al apoyo brindado por su principal socio, Donald Trump.
Por Daniel Kersffeld
Para Página 12
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Tal como venía ocurriendo en los últimos tiempos, las elecciones en Israel se transformaron en un referéndum sobre Netanyahu. Esta vez no fue la excepción. Para una amplia mayoría de ciudadanos fueron las elecciones más trascendentales en muchos años: las primeras, de hecho, desde el atentado terrorista llevado a cabo por Hamas el 7 de octubre de 2023, y las guerras que le siguieron en Gaza, Líbano e Irán, las que movilizaron a favor y en contra a prácticamente todo el país y que, a continuación, profundizaron el aislamiento internacional de Israel.
Frente a todo lo ocurrido en estos tres años, la pregunta que rodeó a la contienda del martes 27 de octubre fue si Israel profundizaría su rumbo nacionalista, conservador y religioso o si, en cambio, se orientaba en una dirección distinta. Con los primeros resultados se sabe que no ocurrió ni lo uno ni lo otro y que, en cambio, ganaron las dudas, los interrogantes y las incertidumbres.
Las elecciones marcaron un enfrentamiento directo entre dos coaliciones que representaban la continuidad o la salida del actual primer ministro, en el cargo desde fines de 2022.
Los dos partidos centrales en la disputa fueron el Likud, liderado por Netanyahu, y Yashar, una nueva organización dirigida por Gadi Eisenkot, exjefe del Estado Mayor del ejército, convertido en su principal rival. Al frente de sus propias coaliciones, ambos partidos buscaron ganar en un contexto marcado por la dispersión del voto y por la disolución de las grandes identidades que signaron a la política israelí en el pasado. Con un Congreso con 120 bancas, los dos necesitaban al menos 61 para construir mayoría; hasta ahora, ningún partido pudo lograrlo por sí solo.
La campaña estuvo marcada por interrogantes sobre la rendición de cuentas por supuestos fallos de seguridad en los momentos previos al atentado del 7 de octubre, así como también por distintas disputas y enfrentamientos sobre el servicio militar de los religiosos ultraortodoxos y, por último, por los intereses de ambas coaliciones por excluir a los partidos liderados por árabes.
Hasta ahora los resultados no dejaron dudas. El bloque de derecha en torno al Likud fue el más apoyado, obteniendo en principio 53 bancas y, por lo tanto, necesitado de otras 8 para constituir mayoría. En tanto que la oposición solo alcanzó los 48 escaños. Además de estos números, las notas más relevantes de la elección fueron el ascenso de Demócratas, una coalición de centroizquierda que llegó a los 9 escaños y, sobre todo, los 19 asientos conseguidos por los dos partidos árabes, Lista Conjunta (12) y Ra’am (7), lo que los convierte en los árbitros indiscutibles en una elección en la que, entre otros asuntos, se intentó dirimir el significado actual del sionismo.
Para Netanyahu, la imposibilidad de constituir mayoría no implica únicamente la vuelta al llano, un castigo para casi todos los políticos profesionales que, tarde o temprano, deben enfrentarse a la pérdida de poder y, en su caso, a varias causas judiciales en su contra. El líder de la derecha está siendo juzgado por cargos de corrupción, incluyendo soborno, fraude y abuso de confianza. De ser declarado culpable, podría enfrentar una pena de prisión. De igual modo, pende sobre su persona una orden de arresto emitida por la Corte Penal Internacional (CPI) por crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad cometidos durante la guerra en Gaza.
El recuento final de votos podría tardar varios días. E incluso entonces, si ningún bloque obtiene la mayoría absoluta, podrían pasar semanas antes de saber quién será el próximo primer ministro, mientras los líderes de los partidos intentan formar una coalición de gobierno desde el Parlamento.
Sin embargo, una mediación de Trump podría acelerar los tiempos e, incluso, favorecer algún tipo de acuerdo que evite el escenario más temido: un vacío de poder, prorrogado durante meses, y con un gobierno liderado por una ultraderecha todavía más violenta y ya sin diálogo con Washington.
Una opción que cobra cada vez más fuerza por estas horas es si Netanyahu podría unirse a Eisenkot para formar un gobierno de unidad, teniendo como principal condición que el Likud rompa su alianza con los partidos de ultraderecha, sobre todo con los más extremos, encabezados por Itamar Ben-Gvir y por Bezalel Smotrich, con 7 y 6 bancas, respectivamente. Por otra parte, una nueva alianza entre los contendientes principales operaría como un reaseguro frente a cualquier posibilidad de diálogo entre Eisenkot y los partidos árabes. En todo caso, sería una posibilidad muy redituable para el viejo caudillo del Likud: no solo continuaría en el poder, sino que ahora gobernaría desde una alianza más plural y brindando una falsa imagen como centrista y dialoguista.
Con todo, y aun marginando a la ultraderecha y sin participación de los partidos árabes, el proyecto del gobierno de unidad es una posibilidad con grandes obstáculos, dado el profundo rechazo que los votantes del actual referente opositor sienten hacia Netanyahu. Además, Eisenkot debería resignar una de sus principales propuestas de campaña: la creación de una comisión investigadora sobre el desempeño de Netanyahu antes del atentado de Hamas. Por último, se sumaría la puja que ambos líderes sostendrían sobre quién debería acceder al gobierno en primer término: difícilmente Netanyahu cedería el control político, más aún, teniendo en cuenta su frustrada participación en una anterior experiencia de gobierno de unidad de apenas un año, entre 2020 y 2021.
Pese a las críticas públicas que Trump ha proferido públicamente en contra de su socio de ultraderecha, sí acepta que se trata del único dirigente que le brinda confianza y, sobre todo, gobernabilidad en Israel. Y si bien en la Casa Blanca han evidenciado sus dudas y sus resquemores hacia Netanyahu, asumen que es el único que podría conducir con éxito al gobierno israelí en el siempre conflictivo escenario de Medio Oriente.
La creencia sostenida desde Washington plantea que un Netanyahu desligado de los referentes de la ultraderecha y forzosamente asociado con los dirigentes y los partidos más centristas se convertiría en un líder mucho más controlable y mucho más predecible. Sobre todo, frente a los dos grandes proyectos que el trumpismo mantiene vigentes en su amplio plan de redefinición de las fronteras económicas y militares de la región.
Por una parte, la continuación y la profundización de los Acuerdos de Abraham impulsados desde Estados Unidos apunta a mejorar las relaciones comerciales entre los países islámicos e Israel a partir de una ampliación de los mercados. La gran apuesta de los republicanos es impulsar el diálogo formal entre la dinastía gobernante en Arabia Saudita y el gobierno israelí, por lo que la formación de un gobierno de unidad en Tel Aviv, sin la presencia de la ultraderecha más radicalizada y antipalestina, podría resultar sumamente auspicioso desde Riad.
Por otro lado, la presencia de Netanyahu en el gobierno es útil para el plan de ataque militar que la Casa Blanca sostiene contra Irán por la apertura y el control del estrecho de Ormuz, y que últimamente se ha dilatado para después de las elecciones de medio término del próximo 3 de noviembre. La administración republicana reconoce que, si la guerra contra Irán recrudece antes de fin de año, el dirigente del Likud podría cumplir un papel estratégico, solo que ahora como miembro clave de un nuevo gobierno de coalición.
Más allá de las dudas e incertezas que dejaron estas elecciones, persiste un dato prácticamente irrebatible. En estas condiciones, resulta difícil, casi inimaginable, suponer que Israel pueda desembarazarse, al menos en un corto plazo, de una figura como la de Netanyahu. Y eso porque el viejo caudillo no forma parte de la maquinaria política: está enquistado en ella y, gracias a su poder interno, a su influencia determinante y a sus alianzas internacionales, la administra, la moldea y la controla de acuerdo con sus propios requerimientos y sus intereses más íntimos.