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La toma de la Embajada de EE.UU. en Irán y 444 días de terror: la crisis que anticipó el avance del fundamentalismo islámico

El 4 de noviembre de 1979, un grupo de jóvenes seguidores de Ruhollah Khomeini irrumpió en la sede diplomática estadounidense en Teherán. La entrevista con dos Guardias de la Revolución.

Hoy 10:20

Aquella no era una nación que latía con el fervor de una revolución en marcha. Aquello era un caos en el que la vida valía nada y en el que los presagios no hablaban de un cambio luminoso y floreciente que llevara, aún con lentitud, hacia alguna forma de progreso. Al contrario, los augurios decían que en Irán empezaba a suceder lo peor.

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Nadie lo sabía entonces, ni podía saberlo, pero fue en aquellos días cuando se cavaron los cimientos del fundamentalismo islámico y de los estados terroristas que actuarían a sangre y fuego en nombre de la religión. Todo empezó con lo que parecía una protesta.

Seguidores fanáticos del ayatolá Ruhollah Khomeini asaltaron la Embajada de Estados Unidos el 4 de noviembre de 1979 en Teherán, ocuparon el edificio y tomaron como rehenes a 52 personas.  Seguidores fanáticos del ayatolá Ruhollah Khomeini asaltaron la Embajada de Estados Unidos el 4 de noviembre de 1979 en Teherán, ocuparon el edificio y tomaron como rehenes a 52 personas.

El 4 de noviembre de 1979, hace cuarenta y siete años, un grupo de jóvenes estudiantes, seguidores del ayatolá Ruhollah Khomeini, líder espiritual, religioso y político de la flamante “República Islámica de Irán”, tomó por asalto la embajada de Estados Unidos en Teherán, capturó a noventa personas y mantuvo a cincuenta y dos de ellas como rehenes, porque Estados Unidos había dado asilo y tratamiento médico por un cáncer que estaba a punto de matarlo al expulsado sha de Irán, Mohammed Reza Pahlevi; el ahora exsha había gobernado ese país con mano de hierro durante casi cuarenta años, los últimos doce con el título de emperador.

Los cautivos permanecieron 444 días en poder de los revolucionarios iraníes, hasta su liberación el 20 de enero de 1981. Los cautivos permanecieron 444 días en poder de los revolucionarios iraníes, hasta su liberación el 20 de enero de 1981.


La toma de la embajada americana, la captura de noventa rehenes, que se redujo a cincuenta y dos después de la liberación de mujeres y extranjeros, no era la protesta de unos muchachones revoltosos y jaraneros, arrastrados por la prometida revolución islámica: habían amenazado con asesinar a todos los cautivos si alguien osaba intentar rescatarlos. Aquello era un disparate, iba de otra cosa.


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Tanto fue así, que dos días después de la toma de la embajada, el flamante primer ministro iraní Mehdi Bazargán, un político destacado, un intelectual, un catedrático, un demócrata aún bajo el látigo del sha y el primero de los gobernantes de la flamante república islámica, renunció y se fue a su casa. Esa sí fue una protesta. La aprovechó Khomeini para apoderarse del control total de aquel país en estado de locura colectiva.

Llegué a Teherán como enviado especial (el mejor oficio del mundo) de la revista Gente que dirigía Chiche Gelblung. Voy a disculparme y a lamentar el uso de la primera persona. Lamentar no implica arrepentirse: a casi medio siglo, la memoria no ha borrado ni las escenas, ni los temores, ni los riesgos, ni la espectacularidad teatral de aquellas jornadas que daban paso a un mundo nuevo.

Para entonces, el mundo viejo había empezado a comprender, muy a su pesar, que aquella toma de rehenes era una nueva forma de hacer política que se había iniciado años antes, en 1972, con la irrupción de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) y de su grupo guerrillero Septiembre Negro, en los Juegos Olímpicos de Múnich, un ataque que acabó con la vida de once atletas israelíes. Ahora no se trataba de un grupo guerrillero, sino de un Estado que impulsaba y justificaba la violencia en nombre de la religión. Y del petróleo.

Ruhollah Khomeini saluda a sus seguidores en Teherán. Ruhollah Khomeini saluda a sus seguidores en Teherán.


Con mi colega, el fotógrafo uruguayo Héctor “Tupa” Carballo, nos adentramos en Teherán ya entrada la madrugada del 24 de noviembre. En el aeropuerto habíamos vivido un anticipo de la locura: centenares de personas pugnaban por salir del país y unos poquísimos raros ejemplares humanos intentábamos entrar; los jóvenes mujaidines, futura Guardia Revolucionaria, revisaban las valijas en busca de alcohol, hasta amenazaron con confiscar algún perfume, como si fuese posible beberlo, y pretendieron creer que los paquetes de rollos fotográficos sin abrir y sin usar de Carballo, podían contener material pornográfico. Una odisea de la prehistoria: la fotografía digital no existía.


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El trayecto hacia el Hotel Intercontinental estuvo marcado por otro delirio. Las calles estaban copadas por miles de mujaidines. Las nuevas palabras de un diccionario todavía en embrión, se aprendían rápido: ayatolá, imán y mujaidines que impulsaban la, yihad; yihad significaba el esfuerzo espiritual para alcanzar una meta.

Las nuevas autoridades impusieron restricciones sociales y religiosas, mientras avanzaba la persecución de las expresiones culturales occidentales.  Las nuevas autoridades impusieron restricciones sociales y religiosas, mientras avanzaba la persecución de las expresiones culturales occidentales.

Ese esfuerzo podía estar sostenido por las armas, de modo que un mujaidín era un combatiente islámico. Eran mujaidines quienes habían asaltado la Embajada, quienes decían enfrentar a los tres grandes enemigos de Irán: el exemperador, Estados Unidos y su presidente, James Carter, y quienes en la alta noche tomaban por asalto los grandes supermercados del centro de Teherán, todos con impronta occidental.

Actuaban en bandas desatadas, impunes y gozosas; se apoderaban de todas las botellas de alcohol que encontraban a mano o en los depósitos y las estrellaban luego contra el asfalto. No tocaban otra cosa, no robaban nada porque la ley islámica es implacable con los ladrones, pero festejaban con alaridos y consignas revolucionarias el mar de cristales que desbordaban las principales avenidas. El primer recuerdo olfativo de Teherán era el olor a alcohol.

Los cautivos permanecieron 444 días en poder de los revolucionarios iraníes, hasta su liberación el 20 de enero de 1981. Los cautivos permanecieron 444 días en poder de los revolucionarios iraníes, hasta su liberación el 20 de enero de 1981.

¿Cómo había llegado Irán a ese caos? En el antiguo y orgulloso imperio persa había pasado de todo. Pahlevi, aliado de Estados Unidos y de Gran Bretaña en aquel volátil mundo del petróleo y las ideas, había llevado adelante un gobierno signado por la desigualdad social y las promesas incumplidas.


Eso siempre es fatal para cualquier gobierno. Bajo un plan de reformas llamado “Revolución Blanca”, había instrumentado ciertas reformas; algunas, como la expropiación de latifundios, no pasaron de ser promesas; sancionó el voto femenino, otorgó mínimas mejoras a las clases sociales más bajas, muchas otras mejoras también se quedaron en promesas, y trató de modernizar aquella nación que parecía detenida en el tiempo en un mundo que cambiaba por horas.

Miles de personas se concentraron frente al edificio, convertido en el epicentro de las manifestaciones contra Washington. (Foto: cortesía Alberto Amato) Miles de personas se concentraron frente al edificio, convertido en el epicentro de las manifestaciones contra Washington. (Foto: cortesía Alberto Amato)

También promovió e impuso cierto laicismo en una sociedad de inocultable adhesión al Islam. Pahlevi también recurrió a la violencia, la persecución, la tortura y el asesinato de sus opositores, sostenido por unas fuerzas armadas fieles, aunque también volátiles, y una policía uniformada o secreta siempre brutal e impune.


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Del mar de petróleo que Irán negociaba con el resto del mundo, de sus enormes regalías por la exportación, los iraníes no vieron un peso incluso luego de que, en los años 70, el precio del barril se disparara y el mundo entero quedara escaldado después de la primera gran crisis petrolera.

En el Teherán paupérrimo, el cuarenta y dos por ciento de sus habitantes no tenían casa, ni servicios esenciales: salir unos pocos kilómetros de la capital era hacer una excursión al medioevo; el imperio tenía los peores índices educativos y los más altos de mortalidad infantil entre los países de Medio Oriente.

Teherán era una ciudad atravesada por las desigualdades: el 42% de sus habitantes no tenía vivienda ni servicios básicos.  Teherán era una ciudad atravesada por las desigualdades: el 42% de sus habitantes no tenía vivienda ni servicios básicos.

Algo de eso reflejaban la embajada americana copada por los mujaidines, visita obligada al día siguiente de nuestra llegada a Teherán: unas fotografías enormes mostraban a las víctimas del sha, jóvenes brutalmente torturados, jirones humanos ensangrentados, cadáveres sobre dudosas mesas forenses: un horror que había salido a la luz cuando la rebelión iraní de 1978 jaqueó a Pahlevi y elevó a líder espiritual la figura hierática de Khomeini, que agitaba las aguas desde su exilio en París.

El 16 de enero de 1979, Pahlevi, con cáncer, marchó al exilio y dejó un gobierno de cartón pintado; quince días después, el 11 de febrero, Khomeini llegó a Teherán, proclamó la república islámica y prometió una revolución que fue su gran mentira: profundizó las desigualdades de Pahlevi y mantuvo sus mazmorras, a sus torturadores, esa gente cambia de gobierno pero no de oficio, y sancionó la vigencia de la ley islámica en mano de los líderes religiosos.

Un joven iraní sostiene el retrato de Ayatollah Khomeini. Un joven iraní sostiene el retrato de Ayatollah Khomeini.

Entre febrero y junio de 1979, los jóvenes mujaidines fueron responsables de centenares de ejecuciones sumarias, sin juicios, o con juicios amañados, o dictadas por tribunales populares; hubo fusilamientos, linchamientos, ahorcamientos, una bacanal de sangre hasta que, para regular el descontrol, el gobierno creó un cuerpo especial y una departamento táctico: los Guardianes de la Revolución.

Sesenta mil jóvenes se convirtieron en una fuerza paramilitar, sostén del régimen de Khomeini, con licencia para hacer cualquier cosa, basados en leyes propias que cambiaban cada día. Después de peregrinar por varios países, incluidos Estados Unidos y México, Pahlevi murió en El Cairo el 27 de julio de 1980, cuando la crisis de los rehenes en la embajada americana llevaba más de diez meses.

Con el resto de la prensa del mundo que veía cómo se abría un abismo entre Oriente y Occidente, peregrinamos con Carballo hasta la embajada americana, en la avenida Takht-E-Jamshid, que ahora se llamaba Ayatolá Telghani. Cerca de diez mil personas gritaban frente a aquel edificio majestuoso, con gruesas cadenas que aseguraban sus portones negros, con nidos de ametralladoras en sus pilares de ladrillo a la vista y una sola consigna que, según el humor de la multitud, era susurrada, gritada, cantada, aullada o rezada: “Alá es grande y misericordioso. Y Khomeini es su única guía”.

La gente estaba contenida por civiles armados con fusiles alemanes G3, las amplias veredas quedaban libres y los custodios daban la espalda a los paneles fotográficos que mostraban los horrores de las cárceles del sha.

Sin ninguna esperanza, hicimos lo que había que hacer: dejamos una nota en la guardia, en la que pedíamos una entrevista con las autoridades a cargo de la embajada. Nos reímos un poco de nuestra tontería y de paso pegamos un vistazo hacia el interior de la embajada tomada y hacia lo que nos pareció un paisaje sobrecogedor.

Regía ya la ley islámica que marcó el fin del proceso iraní de acercamiento a Occidente; las mujeres fueron obligadas a vestir de negro de la cabeza a los pies, a usar chador y muchas muchachas así vestidas montaban guardia, armadas, en el interior de la embajada donde todo era silencio y misterio.

El resto de las mujeres que vivían en Teherán, iraníes y extranjeras, todavía lucían polleras, siempre por debajo de las rodillas, blusas y sacos recatados y un leve, levísimo maquillaje. “No se van a animar a tanto”, me dijo una de ellas cuando pensó en la posibilidad de vestir según la ley islámica. Se animaron. Y a más también.

Periodistas y manifestantes se reunieron frente a un puesto de protesta en el que se exhibía una pancarta con consignas contra Estados Unidos. Periodistas y manifestantes se reunieron frente a un puesto de protesta en el que se exhibía una pancarta con consignas contra Estados Unidos.

Los rehenes eran exhibidos casi a diario, al caer la tarde, todos con los ojos vendados, atados unos a otros; andaban a tientas, las manos apoyadas en el hombro del cautivo que iba delante, en un ambiente alegre y tumultuoso con el que se festejaba aquel circo humillante.

Khomeini había decidido vivir en Qom, a ciento treinta kilómetros de Teherán, y se reservaba el papel de árbitro ante un gobierno caótico, improvisado e incoherente, pendiente de los designios de las asambleas o de los tribunales populares de justicia.

En medio del caos, alguien permitió el ingreso a la Embajada de las únicas dos personas, extranjeras, no islámicas, que pudieron ver a los secuestrados: un miembro de la Cruz Roja y el entonces diputado republicano de Idaho, George Hansen.

En el delirio diario frente a la legación americana, los carteles contra Estados Unidos eran pintorescos algunos y violentos otros. Una mañana vi un espectáculo aterrador: uno de los carteles decía “Mad Karter” (Carter Loco).

Eso era lo de menos. La pancarta estaba sostenida por una nena de dos o tres años, vestida de negro de pies a cabeza, a la que le habían puesto en las manos un fusil automático liviano con cargador completo: el palo que sostenía el cartel estaba metido en el caño del fusil.

A lado de la criatura había otra, de la misma edad, acaso menos, con un chupete amarillo en la boca. Tomé aquella foto que todavía conservo y miro a veces con el mismo aterrado desconcierto con el que apreté el disparador.

Después de tirar nuestra botella al mar, el pedido de entrevista en la embajada, conversábamos con los Guardias de la Revolución. Se sentían de alguna forma unidos a la Argentina por una sólida razón: el fútbol y Diego Maradona.

Irán había jugado el Mundial 78 en Argentina, y Maradona acababa de deslumbrar al mundo en el Mundial Juvenil de Japón que consagró a Argentina. El fútbol es a menudo otra forma de religión.

Pero el clima casi cordial podía cambiar como el viento. Otra mañana los periodistas extranjeros nos sentimos amenazados y en peligro: las autoridades avisaron, en lo que fue en realidad una incitación a la violencia, que “el pueblo iraní” marcharía al Hotel Intercontinental para asesinar a todos los corresponsales.

Era un disparate, pero hubo quien lo juzgó posible: por las dudas, nos quedamos todos en la recepción del hotel; nadie se animó a ir solo y desprotegido a la Embajada. ¿Qué había pasado?

Un colega inglés, George Wilson, de The Guardian de Londres había escrito su propuesta para solucionar el drama de los rehenes: Occidente tenía que tomar por asalto la ciudad de Qom, secuestrar a Khomeini y usarlo como prenda de canje. Wilson no habló de secuestrar, sino de “retener”. Tampoco dijo quiénes y cómo, en nombre de Occidente, llevarían a cabo su plan.

Alberto Amato conversa con un Guardia de la Revolución, en Teherán, en 1979. (Foto: cortesía Alberto Amato) Alberto Amato conversa con un Guardia de la Revolución, en Teherán, en 1979. (Foto: cortesía Alberto Amato)

La propuesta estratégica del colega británico hizo que esa tarde una multitud desafiante pasara frente al Intercontinental y que insultara de mil formas diferentes a los corresponsales extranjeros. No pasaron de allí, pero a la mañana siguiente, ya instalados otra vez a las puertas de la Embajada, a la multitud habitual se unieron más de tres mil personas, todas de Qom, que habían viajado en trenes, autobuses y camiones fletados por la Guardia Republicana.

Muchos fletados de la ciudad que cobijaba a Khomeini, lucían pecheras del tipo hombre sándwich en las que se leía: “Pueden tirar contra mí”, o “Pueden matarme”, o “Estoy preparado”, como revelaba otra que llevaba dibujada un blanco de tiro.

Circulaban varios ejemplares de la edición del día del diario Bamdad, que había reproducido en farsí el artículo del estratega Wilson. Para entonces, para cuando llegaron los chicos de Qom, se suponía que todos los periodistas extranjeros, en nombre de Alá el misericordioso y de Khomeini su única guía, estaríamos ya colgados de los árboles vecinos a la embajada, gráciles y balanceados por la brisa otoñal, sobre la Avenida Roosevelt que ya no se llamaba así, sino Avenida Mobarezán.

Teherán cerraba a las nueve de la noche, menos frente a la Embajada americana donde el barullo seguía hasta la mañana siguiente. En el resto de la ciudad reinaban los indigentes, que eran muchos, cubiertos por cartones, nada nuevo bajo el sol, y poco más.

El fanatismo religioso había acabado con la vida nocturna de la ciudad; cines, teatros, bares, clubes nocturnos habían sido quemados y eran ruinas; funcionaba un solo cine, en la avenida Ferdowsi, que proyectaba “Adiós al amigo”, con Alain Delon y Charles Bronson, una película de 1968, sobre dos mercenarios franceses convertidos en narcos.

En algunos puestos callejeros se contrabandeaba música. Quedaban pocos en pie porque el negocio había sido prohibido y quienes lo encaraban corrían el riesgo de ir cárcel y pagar con la vida.

El contrabando musical había pasado a ser un comercio clandestino y sus centros de venta eran conocidos sólo por los taxistas, que acercaban a los eventuales clientes. ¿Qué se pirateaba? Música occidental, jazz americano, rock británico.

Se vendían a buen precio casetes regrabados de Elvis Presley, de Frank Sinatra, de los más buscados, Los Beatles, y también de Pink Floyd, AC/DC, The Police y Queen, toda música disolvente y peligrosa según las nuevas autoridades.

La rueda del regrabado no se detenía en todo el día y comercios clandestinos instalados en garajes u oficinas que simulaban ser otra cosa, los clientes furtivos, los vendedores siempre alertas y desconfiados y hasta los taxistas cómplices vivían aquella aventura con la urgencia de aquel que sabe que todo es precario y condicional.

También, y para descargar culpas, aquellos cuchitriles desangelados vendían posters que de Khomeini junto al líder de la OLP, Yasser Arafat, un fotomontaje. También estaban en exhibición y a la venta otras imágenes tomadas durante los fusilamientos tempranos de la Revolución.

Recuerdo uno dividido en dos mitades: a la izquierda, la mueca desesperada y suplicante del condenado, en plena calle; la de la derecha, su cuerpo contorsionado por los disparos. Costaban quince riales cada uno, veinte centavos de dólar.

Una noche supimos que nuestra botella al mar había llegado a destino. Bajo la puerta de nuestra habitación del Intercontinental, encontramos un sobre con membrete “Iranian Islamic Republic – In the name of Allah” dirigido a Carballo y a mí.

Era una carta, escrita a mano, que nos citaba a la mañana siguiente para entrevistar, en el interior de la Embajada de Estados Unidos, a dos oficiales de la Guardia Revolucionaria. Al día siguiente, con cierta aprensión, dejamos nuestros datos, los teléfonos de la Embajada Argentina, los de la revista en Buenos Aires y hasta las llaves de la habitación en manos del manager del hotel que nos despidió con un vaticinio que era también una promesa: “Vayan tranquilos. Los espero para el almuerzo”.

Tranquilidad, poca. Cuando nos permitieron pasar, los colegas de la televisión canadiense empezaron a filmar desde el exterior nuestro chequeo corporal y de documentos. Le dije a Carballo: “Tupa, a lo mejor no salimos de aquí”.

Salimos. Y almorzamos con el manager del Intercontinental. Pero antes mantuve la más disparatada entrevista de mi vida.

Atravesamos un gran espacio abierto hasta el edificio principal. Ingresamos sobre la derecha a un salón que antes había sido otra cosa pero era imposible saber qué; estaba presidido por una gran mesa de madera, cubierta por una frazada de campaña color marrón, unas pocas sillas, unos largos bancos de madera, unos paneles azules que ocultaban a medias paredes revestidas con cerámicos grandes retratos de Khomeini y algunas de sus frases célebres en inglés y en farsí.

Detrás de la mesa y de un grabador esperaban dos Guardias muy jóvenes, magros, ceñudos, taciturnos, de barbas ralas que intentaban proclamaban una adultez que tardaba en llegar. No tenían más de veintitrés o veinticuatro años.

En la punta de la mesa se había sentado una mujer, vestida con pantalones debajo de un abrigo cuadrillé y un pañuelo en la cabeza: la traductora. Los muchachos preguntaron primero: quisieron saber cuál era el destino de Isabel Perón, entonces en manos de la dictadura militar.

Después quisieron saber cuál era el futuro del régimen militar argentino, lo que por ese entonces implicaba hablar de la teoría del cuarto hombre, de la llamada “cría del proceso”… No era algo fácil de explicar, ni de entender, para dos chicos persas que tenían secuestrados a cincuenta y dos americanos no muy lejos de donde transcurría esa charla insólita.

Le dije al mayor de los dos que lo que preguntaba era difícil de contestar y que ahora tenía que contestar él: dónde estaban los rehenes, los podíamos ver, podíamos hablar con ellos, estaban bien… “Eso sí es difícil de contestar”, dijo con cierto humor sin sonrisas. “No estamos autorizados a dar ninguna información sobre el caso”.

Y ahí se acabó el reportaje. Le pregunté entonces el porqué de la entrevista y me dijo, sin rubores, que habían aceptado hablar sobre los principios de la Revolución Islámica, del futuro de Irán, de su relación con Occidente y de la gran figura que era Khomeini.

Pregunté cuántos rehenes americanos había en la Embajada. El mayor dijo cincuenta y cuatro. El más joven dijo cincuenta y dos. Los miré, Se miraron. La traductora calló.

Y lo que siguió fue una frase de Khomeini sobre la grandeza de Irán. Cada pregunta sobre los rehenes: ¿los había visto Hansen, el representante de Idaho; qué tipo de asistencia había dado la Cruz Roja; qué pedían a cambio de la liberación; cuándo pensaban liberarlos?, a todo, los tipos, de mármol, contestaban con una bajada de línea sobre los principios básicos de la revolución islámica y el vital liderazgo de Khomeini. Todo muy bonito.

Salimos de la Embajada amargados y furiosos. En el camino pateé una pelota de tenis Penn, mojada por la lluvia y olvidada, después la metí en el bolsillo de mi campera como si hubiese sido mía toda la vida.

Fue un adorno un poco tonto en los estantes de mis recuerdos y ya no sé dónde está. Los chicos de la televisión canadiense quisieron saber si habíamos detectado algo, un dato, una sospecha de que esa gente pudiera asesinar a los rehenes.

La verdad era que esos dos chicos que contestaron nada, al menos esos dos, no parecían capaces de matar a sangre fría, aunque nunca se sabe. Lo que parecía además imposible era que la Revolución Islámica encarara una matanza semejante frente a la prensa de todo el mundo.

Los canadienses estaban inquietos por un secreto que ya no lo era y que corría como rumor, conjetura, indicio o lo que fuese. La versión, que era muy fuerte, decía que seis diplomáticos americanos habían logrado escapar el día de la toma, y estaban refugiados en la embajada de Canadá, vecina a la de Estados Unidos.

Y si ya no estaban allí, era porque los habían sacado para llevarlos a la residencia del embajador canadiense, Ken Taylor, que murió en 2015 a los ochenta y un años. Los canadienses no querían chequear el dato ni con los funcionarios de su propio país, por temor a desatar otra búsqueda y captura.

Hasta los Guardias de la Revolución conocían el rumor que, años después, se reveló cierto y fue la base del argumento de la película Argo, que en 2012 dirigió Ben Affleck y que ganó el Oscar a la mejor del año.

El 24 de abril de 1980, cinco meses después del ataque a la Embajada, el presidente Carter ordenó un operativo rescate de los rehenes, bajo tutela de la CIA que terminó en desastre, lejos de Teherán, con un helicóptero estadounidense caído y sus ocupantes muertos.

Carter perdió las elecciones de noviembre de ese año a manos de Ronald Reagan. Poco después de su triunfo electoral, Reagan inició gestiones, con la mediación de funcionarios argelinos, para que Irán accediera a liberar a los rehenes.

El 20 de enero de 1981, el día que Reagan asumió la presidencia, Estados Unidos liberó los activos iraníes congelados, tres mil millones de dólares, y prometió otros cinco mil millones en ayuda financiera. Minutos después de la jura de Reagan, Irán liberó a los cincuenta y dos rehenes: habían pasado cuatrocientos cuarenta y cuatro días de cautiverio.

Un avión argelino los puso en Alemania, donde fueron recibidos por el ahora expresidente Carter.

Irán profundizó su revolución islámica, libró una guerra con Irak, financió, financia y arma a grupos guerrilleros de Medio Oriente, cobija a la guerrilla proiraní de Hezbollah, su dirigencia política está involucrada en los dos atentados que sufrió la Argentina: el de la Embajada de Israel en marzo de 1992 y el de la AMIA en julio de 1994; son de tecnología iraní los drones rusos que disparan Vladimir Putin contra Ucrania, y la nación islámica libra en estos días una guerra sorda e incierta con los Estados Unidos de Donald Trump.

Diez años después del ataque a la Embajada de Estados Unidos, el 3 de junio de 1989, Khomeini murió en Teherán a los ochenta y seis años. Ningún miembro de la dinastía Pahlevi volvió a vivir en Irán.

Entre la bruma de casi medio siglo que ya enturbia aquella experiencia periodística formidable, hay una pregunta sin respuesta que me ronda cada vez que Irán es noticia: qué habrá sido de la vida de aquellas dos nenas que no alzaban dos palmos del suelo, una con un fusil en las manos y la otra con un chupete amarillo en la boca.

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