El 3 de noviembre fue una celebración. No sólo porque en las elecciones de medio término perdió el Partido Republicano sino porque ese día, un vapuleado y humillado Donald Trump comenzó su indefectible ocaso político, una declinación de la que ya nunca más podrá retornar.
Por Daniel Kersffeld
Para Página 12
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Como si se tratara de una estrella cuyo fulgor se va extinguiendo poco a poco, Trump comenzó a atravesar, a los golpes y sin mediaciones, una progresiva pérdida de poder que, sin duda, y luego de dos meses de una compleja transición, se acelerará a partir del próximo 3 de enero de 2027, una vez que asuman los nuevos congresistas, senadores y gobernadores elegidos ayer.
El declive del mandatario será todavía más pronunciado cuando en 2028 comiencen a confeccionarse las listas de las próximas elecciones primarias, un espacio en el que Trump, al encontrarse sobre el fin de su mandato y ya no poder reelegirse, tendrá una mínima intervención frente al inevitable ascenso de sus sucesores, reconvertidos ahora en precandidatos presidenciales.
No fue una sorpresa que el Partido Republicano se encontrara a las puertas de una derrota. De hecho, es lo que suele suceder a los partidos de gobierno, más allá de su afiliación política, cuando en las elecciones de mitad de mandato pierden un determinado número de bancas en el Congreso, dificultando la labor del presidente en los dos últimos años de su gestión. En términos prácticos, perder la mayoría legislativa no implica, por sí solo, la derrota del poder ejecutivo.
Sin embargo, en este caso, frente a la pérdida de la mayoría tanto en la Cámara Baja como en el Senado, y a la elección de un apreciable número de gobernadores demócratas, incluso en bastiones republicano, la nueva correlación de fuerzas sin duda provocará una crisis y una recomposición en el Poder Ejecutivo, caracterizado por un creciente autoritarismo y una centralidad cada vez mayor en la figura presidencial, con total desprecio por la división de poderes.
Debido a una alta inflación anual cercana al 4% provocada, sobre todo, por el aumento del precio de los alimentos y de la gasolina; a una voluble política exterior cuya principal expresión es la inacabada e injustificada guerra contra Irán; al creciente descontento de aquellas minorías, sobre todo de origen latino, que cotidianamente sufren la política económica y medidas migratorias cada vez más cuestionadas a nivel social; y como reacción a un profundo nivel de corrupción enraizado en una “tecno oligarquía” con amplia intervención en la cúpula del Estado, es que finalmente Trump se convirtió en un “presidente tóxico”, rechazado incluso por aquellos candidatos afines, tanto en lo político como en lo ideológico, por temor a espantar a posibles votantes. La campaña del gobernante en Texas y Florida fueron de enorme ayuda para la oposición demócrata.
Con los resultados a la vista, Trump apelará a distintos recursos institucionales para hacer valer su autoridad frente a un Parlamento que, aunque difícilmente promueva un nuevo juicio político, ya no le responderá como hasta ahora de manera automática.
En esta nueva etapa, el Legislativo probablemente intente refrenar distintas iniciativas presidenciales, como retrasar nombramientos de alto nivel, rechazar el presupuesto presentado por el gobierno, o impulsar investigaciones contra el mandatario, su familia y empresarios amigos por presunta corrupción, tráfico de influencias, enriquecimiento personal y evasión fiscal. Es casi seguro que también amenace con profundizar sus pesquisas sobre Jeffrey Epstein como un intento de control sobre Trump. En tanto que, en política exterior, el Congreso podría revisar decisiones vinculadas a Irán, Israel, Rusia, Ucrania, China, y respecto a los aliados europeos de la OTAN.
Con todo, y pese a la pérdida del Congreso, Trump todavía conservará amplio poder sobre las Fuerzas Armadas, el sistema de seguridad nacional y, en general, la capacidad de emitir órdenes ejecutivas. Así, la segunda mitad del mandato presidencial podría trastornarse en medio de vetos, bloqueos, amenazas y desgastantes negociaciones, lo que dificultará la gestión en varios frentes.
Además, la Casa Blanca seguramente se valdrá de sus amplios recursos políticos y económicos para fomentar divisiones en el heterogéneo bloque del Partido Demócrata en el Poder Legislativo, fomentando sus desconfianzas y recelos entre centristas y radicales, y promoviendo el acercamiento de aquellos congresistas con coincidencias programáticas con el gobierno.
Y, como si fuera poco, Trump probablemente emplace en una encrucijada elemental a quienes buscan sucederlo en 2028, como probablemente ocurra con el vicepresidente JD Vance y con el secretario de Estado Marco Rubio, quienes deberán apelar al equilibrio, sin alejarse demasiado del mandatario, para no ser considerados como traidores, pero tampoco ubicándose cerca suyo para evitar hundirse con una gestión ampliamente cuestionada.
Frente a América Latina, la caída electoral de Trump seguramente profundice tendencias ya presentes, tanto en la relación con gobiernos adeptos como con aquellos opositores. Sin duda, la derrota de Flavio Bolsonaro y su lastimosa huida no pasaron desapercibidos en la Casa Blanca, sobre todo, por el volumen económico de Brasil, por el liderazgo de Lula frente a la “Doctrina Donroe”, y por su estrategia de vinculación directa con Rusia, China y con el Sur Global.
Trump no podrá permitirse otro fracaso semejante en los gobiernos latinoamericanos aliados y de ultraderecha, más aún, frente a la posibilidad de perder recursos de enorme valor estratégico como petróleo, gas, litio y tierras raras en su creciente guerra tecnológica y comercial con China. Emprendimientos como el Escudo de las Américas posiblemente serán reforzados, no sólo para doblegar a los gobiernos de Brasil y de México, sino también para favorecer la intromisión de las fuerzas militares estadounidenses en territorio extranjero bajo el argumento del combate a organizaciones (generalmente sobredimensionadas) dedicadas al “narcoterrorismo”.
Sin embargo, la fiscalización del Congreso, ya en manos demócratas, dificultará que el presidente se mueve con tanta libertad como hasta ahora, sobre todo, en el otorgamiento de préstamos, salvatajes económicos y beneficios arancelarios para los mandatarios de ultraderecha o para promover a los candidatos ideológicamente afines. El nivel de sometimiento y de exigencias incentivadas desde Washington seguramente será más alto, en tanto que el nivel de beneficios, tanto económicos como políticos, para los vasallos de la región será sensiblemente menor.
Frente a un creciente sentimiento anti Trump en la región, se verá en los próximos procesos electorales de 2027 si el trumpismo será tan efectivo como hasta ahora en la promoción de candidaturas o en el respaldo a los gobiernos aliados.
Sin contar las elecciones federales de México que tendrán lugar el 6 de julio, en las que es más que probable que Estados Unidos respalde y financie a las listas opositoras a MORENA y a Claudia Sheinbaum, el primer turno presidencial será en febrero, ocasión en la que Nayib Bukele, uno de los primeros aliados de Trump en la región, posiblemente triunfe sin demasiadas dificultades, en sus pretensiones de ser reelecto y mantenerse en el poder hasta 2033. A continuación, entre junio y agosto se desarrollarán las dos vueltas de la contienda presidencial en Guatemala, bajo un clima cada vez más enrarecido por la violencia política, el avance del narcotráfico y la presencia militar estadounidense, y en donde todavía no hay un claro contendiente alineado con Washington.
Con todo, por las apuestas económicas realizadas en 2025, por la afinidad ideológica y la común aversión a China, por el acceso a los recursos naturales existentes en el país, por la ubicación estratégica del territorio nacional y, más aún, ante lo imprevisible del resultado de las elecciones, el interés principal de la Casa Blanca el próximo año en la región estará situado en Argentina, ya sea impulsando la reelección de Javier Milei, o de quien mejor represente sus intereses.
A lo anterior habría que sumar también su política cada vez más coercitiva contra Cuba y su despliegue neocolonial sobre Venezuela que, sin embargo, podrían encontrar algún tipo de freno o limitación desde un Congreso donde la izquierda socialista tendrá un peso mucho más amplio.
Más allá de lo que finalmente ocurra con el gobierno de Estados Unidos y con las relaciones con América Latina, hoy sólo cabe evocar a Osvaldo Soriano y al título de su inolvidable novela para describir como “Triste, solitario y final” lo que todavía resta del mandato de Donald Trump.