El 3 de noviembre de 1950, la Selección argentina derrotó 64-50 a Estados Unidos en un Luna Park colmado y se convirtió en la primera campeona mundial de básquet de la historia.
El básquet todavía estaba dando sus primeros pasos como deporte internacional cuando Argentina tuvo la oportunidad de organizar el primer Campeonato Mundial. La FIBA había nacido en 1932, con nuestro país entre sus ocho fundadores, y después de la experiencia olímpica de Londres 1948 tomó fuerza la idea de reunir a las mejores selecciones en un torneo propio. La sede elegida fue Buenos Aires, en un año especial: se cumplía un siglo de la muerte de José de San Martín y Brasil organizaba el Mundial de fútbol.
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La competencia comenzó el 22 de octubre de 1950 y tuvo una organización bastante particular, incluso para aquella época. Participaron diez seleccionados, pero la lista original sufrió modificaciones: Italia se retiró por dificultades económicas y fue reemplazada por Yugoslavia, mientras que Corea también desistió de participar. Uruguay renunció por un conflicto diplomático con el gobierno argentino, luego de que se negara el ingreso al país a periodistas de radios uruguayas. Perú fue invitado para ocupar ese lugar y Ecuador recibió una invitación adicional de Argentina como país organizador.
El formato tampoco era sencillo. Hubo distintas instancias preliminares y rondas de reclasificación hasta definir a los seis equipos que disputarían la fase decisiva, todos contra todos. El torneo dejó varias postales curiosas: el yugoslavo Nebojsa Popovic convirtió el primer punto en la historia de los Mundiales. Su equipo, sin embargo, terminó último y protagonizó un episodio particular: se negó a disputar el encuentro ante España, en una protesta vinculada a las diferencias políticas entre el gobierno de Josip Broz Tito y la dictadura de Francisco Franco.
Estados Unidos tampoco llegó con sus mejores figuras. La selección fue representada por los Denver Chevrolets, un equipo amateur de la Amateur Athletic Union (AAU), que había terminado tercero en la National Industrial Basketball League. Las normas de elegibilidad amateur de las competencias internacionales impedían contar con las principales figuras profesionales de la NBA. Argentina, en cambio, apostó fuerte por la preparación. El plantel dirigido por Jorge Canavesi, con Casimiro González Trilla en el trabajo técnico, pasó dos meses concentrado en River Plate. Varios jugadores tuvieron que pedir licencia en sus trabajos para entrenarse, en una época en la que el básquet todavía no era una actividad profesional que garantizara el sustento de sus protagonistas.
La preparación dio resultados y el equipo aprovechó también el apoyo del público. El Luna Park recibió multitudes durante el campeonato, con más de 20.000 personas en algunas de las jornadas. Argentina comenzó con un triunfo ante Francia por 56-40 y después superó a Brasil (40-35), Chile (62-41), Francia (66-41) y Egipto (68-33). El capitán Ricardo González y Oscar Furlong fueron dos de las piezas fundamentales de un equipo que llegó a la última presentación con la posibilidad concreta de quedarse con el título.
El partido decisivo ante Estados Unidos se disputó el 3 de noviembre, a las 23, aunque técnicamente no fue una final eliminatoria: era el último compromiso de una fase en la que todos se enfrentaban entre sí. El Luna Park estuvo desbordado, con una asistencia estimada de más de 20.000 espectadores. Argentina llegó al descanso arriba por 34-24, pero los estadounidenses reaccionaron y se acercaron a tres puntos, 40-37. Allí apareció la mejor versión del seleccionado: Furlong terminó con 20 tantos y Hugo Del Vecchio aportó 14 para sostener la ventaja.
El cierre tuvo una particularidad difícil de imaginar hoy: Estados Unidos perdió a siete jugadores por acumulación de faltas y afrontó los últimos 90 segundos con apenas cuatro hombres en cancha. Argentina terminó imponiéndose por 64-50 y consiguió el primer título mundial de su historia. Furlong fue elegido como el jugador más valioso del campeonato y también integró el quinteto ideal junto a su compañero Ricardo González, el estadounidense John Stanich, el español Álvaro Salvadores y el chileno Rufino Bernedo.
El festejo quedó grabado en la memoria popular. Los campeones regresaron en colectivo por la avenida Corrientes, que entonces tenía el sentido de circulación contrario al actual. Como era de madrugada, quienes salían de los teatros y restaurantes compraron diarios y los encendieron para acompañar el paso del equipo: así nació la llamada Noche de las antorchas. Después de recorrer la ciudad y regresar a la concentración de River, los jugadores fueron a celebrar al tradicional restaurante El Tropezón, donde recibieron una visita inesperada: Juan Domingo Perón. "Nos felicitó y nos dijo que habíamos hecho por el país más que 100 embajadores", recordó años más tarde Ricardo González.