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Vivió 26 horas de terror: la fuerza y el coraje de una adolescente quee permitió atrapar a un violador y asesino serial

Lisa McVey tenía 17 años cuando Bobby Joe Long la secuestró. La violó y la mantuvo encerrada durante más de un día. La joven logró sobrevivir y contó detalles que permitieron atraparlo.

Hoy 13:36

A las dos de la madrugada del 3 de noviembre de 1984, una adolescente de 17 años pedaleaba por las calles de Tampa, Florida, después de terminar un agotador turno de trabajo. Había pasado buena parte de la noche atendiendo un comercio y solo quería llegar a la casa de su abuela. Conocía el recorrido de memoria. Lo hacía casi todos los días, siempre en bicicleta y a la misma hora. Pero aquella madrugada alguien la esperaba.

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Un hombre la sorprendió, la bajó de la bicicleta y la obligó a subir a su auto. La amenazó, la golpeó, la ató y le cubrió los ojos. Durante las siguientes horas la sometió a reiteradas agresiones sexuales y la mantuvo bajo su control. Era un desconocido, pero no para la policía: en los meses anteriores había secuestrado, violado y asesinado a varias mujeres en el área de Tampa Bay. Se llamaba Bobby Joe Long y era uno de los criminales más buscados de Florida.

Lo que él no imaginaba era que Lisa McVey, pese al miedo y a la violencia, mientras tanto intentaba retener en la memoria todo lo que podía para identificarlo. Escuchaba sus conversaciones, prestaba atención a los sonidos, registraba cada curva del coche, y buscaba cualquier oportunidad para mirar el interior del vehículo o reconocer el lugar al que la había llevado.


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Cuando finalmente la liberó, Lisa no se limitó a correr para ponerse a salvo. También tenía una tarea urgente: contar lo que había visto. La información que aportó, sumada a las pruebas científicas obtenidas de su ropa, permitió que los investigadores identificaran al hombre que aterrorizó la zona. Dos semanas después, Long estaba detenido. La adolescente que había logrado escapar se convirtió en la pieza que faltaba para desarmar una cadena de crímenes.

Una infancia marcada por el abandono

La adolescencia de Lisa McVey estuvo muy lejos de ser una etapa tranquila. Creció en un entorno familiar inestable, atravesado por problemas económicos, ausencias y situaciones de violencia. Durante parte de su infancia pasó por hogares de tránsito y tuvo períodos en los que no contó con un lugar seguro donde vivir.

A los 14 años se instaló en la casa de su abuela. Allí comenzó a sufrir abusos sexuales por parte de la pareja de la mujer. El hombre la amenazaba para impedir que hablara y llegó a utilizar un arma para intimidarla. No tenía a quién recurrir: sentía miedo de que si denunciaba lo que sucedía, nadie le creyera y las consecuencias fueran peores. Esa situación se prolongó durante años. Y desesperada por el abuso y convencida de que no encontraba una salida, hasta llegó a escribir una nota donde hablaba de suicidio. Estaba atravesando una crisis que quienes la rodeaban no alcanzaban a comprender.

En ese contexto, su trabajo en una sucursal de Krispy Kreme, una cadena de locales de donas, representaba mucho más que una manera de ganar dinero, significaba un refugio. El encargado del establecimiento, Gary, la trataba con afecto y se fue convirtiendo con el tiempo en una figura adulta protectora. Lisa sentía que allí podía ser ella misma, sin miedo ni amenazas.

Lisa con su uniforme Lisa con su uniforme

El violador y asesino

Bobby Joe Long era un técnico en radiología de 31 años, oriundo de Virginia Occidental. Antes de convertirse en el centro de una investigación por asesinatos múltiples había tenido empleos en el área médica y antecedentes policiales por episodios violentos. En Tampa llevaba adelante una vida que, a primera vista, no permitía imaginar la dimensión de sus crímenes.

Desde la primavera de 1984, distintas mujeres habían desaparecido o fueron encontradas asesinadas en la región. Muchas eran jóvenes que trabajaban en la calle o frecuentaban bares y clubes nocturnos. En varios casos, sus cuerpos fueron hallados en zonas apartadas, con signos de violencia sexual y estrangulamiento, golpeadas y con heridas de arma blanca.

Los investigadores comenzaron a sospechar que detrás de los ataques podía existir un único responsable. Sin embargo, las escenas de los crímenes no siempre presentaban elementos suficientes para establecer una conexión. Las víctimas no pertenecían necesariamente a los mismos círculos y los hallazgos sucedían en distintos puntos del área metropolitana.

Long tenía un método que le permitía acercarse a mujeres sin despertar sospechas inmediatas. En algunos casos utilizaba avisos clasificados de los diarios: se presentaba como interesado en comprar objetos que ellas ofrecían, y cuando llegaba a una vivienda y encontraba a una mujer sola, la atacaba. En otras situaciones acorralaba a sus víctimas en la calle.

La madrugada del 3 de noviembre eligió a Lisa cuando volvía del trabajo. La obligó a subir a su automóvil y la llevó a un departamento atada y con los ojos tapados. Durante el rapto la violó y la amenazó de muerte. Pese a todo, Lisa comprendió que su supervivencia podía depender de algo más que obedecer. Tenía que conseguir que el hombre no la matara y, al mismo tiempo, reunir información que permitiera encontrarlo si lograba salir con vida.

Bobby Joe Long con sus dos hijas Bobby Joe Long con sus dos hijas

El plan para sobrevivir

Aunque Long le tapó los ojos, ella buscó la manera de mirar. En determinados momentos pudo observar parcialmente el interior del automóvil y registrar detalles que serían fundamentales. Advirtió que el auto tenía alfombras rojas y que en el tablero aparecía una palabra: «Magnum».

En el departamento, aprovechó cada oportunidad para dejar rastros. Cuando pudo moverse

buscó tocar superficies y objetos para que quedaran sus huellas. No sabía si iba a salir con vida. Pensaba que, si la asesinaba, al menos los investigadores tendrían elementos para demostrar que había estado en ese lugar.

También prestó atención a la voz, el aspecto físico y las costumbres del secuestrador. Cuando la obligó a tocarle el rostro, pudo percibir algunos rasgos: la mandíbula, el bigote, la piel marcada y el corte de pelo. Más tarde recordaría incluso que Long hizo una parada en un cajero automático durante la madrugada.

Pero reunir información no era suficiente. Tenía que encontrar una manera de que la dejara ir. Así, intentó una relación con su captor, hablándole sin provocarlo. Le contó historias, buscó despertar su compasión y apeló a su lado humano, aunque no sabía si realmente lo tenía. Intentó hacerle creer que su padre estaba enfermo y que debía regresar a su casa.

No sabía qué argumento podía funcionar. Cada palabra era un riesgo. Él podía interpretar cualquier intento de persuasión como un desafío y reaccionar violentamente. Sin embargo, la adolescente consiguió increíblemente que aceptara liberarla.

Después de unas 26 horas de cautiverio la llevó hasta un lugar apartado. La dejó bajar del coche con los ojos vendados y le ordenó que no intentara seguirlo. Lisa escuchó cómo el vehículo se alejaba y esperó unos minutos. Cuando finalmente se descubrió los ojos, comprobó que estaba sola. Entonces empezó a correr. No sabía si podía arrepentirse y volver, ni cuánto tiempo tenía antes de que alguien la encontrara.

Las pistas para buscar al secuestrador

Cuando logró llegar a su casa, llamó a la policía y fue trasladada para recibir atención médica y someterse a los exámenes correspondientes. Sin embargo, el primer contacto con los investigadores no fue sencillo. Según relató años después, sintió que no le creían y tuvo que insistir para que escucharan su historia.

Uno de los oficiales que intervino, Larry Pinkerton, finalmente le prestó atención y comprendió que su testimonio podía ser decisivo. Fue entrevistada en detalle y reconstruyó los tiempos que pasó con el secuestrador. No se limitó a describir la agresión: aportó información concreta sobre el auto, el departamento, los trayectos y las paradas que hicieron.

La pesquisa dio un salto el 13 de noviembre. El laboratorio del FBI informó que había encontrado en las prendas de Lisa pequeñas fibras rojas que coincidían con las halladas en los cuerpos de varias mujeres asesinadas. La coincidencia era especialmente importante porque permitía relacionar el ataque contra la adolescente con otros homicidios.

La policía y el FBI formaron entonces un equipo especial para rastrear al responsable. Utilizaron los datos que Lisa aportó para buscar el departamento y el vehículo. La palabra «Magnum» fue una pista extraordinaria: así determinaron que el modelo que podía tener esa inscripción en el tablero era un Dodge Magnum de 1978.

A partir de allí, solicitaron los registros de automóviles de ese modelo en el condado de Hillsborough. La lista redujo el universo de posibles propietarios. La descripción del sospechoso y las características del coche terminaron de orientar la búsqueda.

El 15 de noviembre, dos detectives detectaron un auto que coincidía con los datos. Era un Dodge Magnum rojo. El conductor se identificó como Robert Long. Los agentes observaron el interior, tomaron nota de sus características y comunicaron el hallazgo. No lo detuvieron en ese momento: primero necesitaban reunir los elementos que permitieran obtener las órdenes judiciales.

Al día siguiente, Long fue arrestado. La acusación estaba relacionada con el secuestro y la agresión sexual contra Lisa McVey. Las pruebas de fibras y otros elementos encontrados en su vehículo y su departamento permitieron vincularlo con el ataque.

El interrogatorio que destapó los asesinatos

Long reconoció el secuestro y la agresión contra Lisa. Los detectives comenzaron entonces a preguntarle por los homicidios que seguían sin resolverse. En un primer momento se mostró reticente. Pero, cuando le exhibieron fotos de las mujeres asesinadas, terminó confesando varios crímenes.

La investigación estableció que había matado a varias durante 1984. Las víctimas fueron atacadas en distintos puntos del área de Tampa Bay y muchas padecieron violencia sexual. Se encontraron coincidencias entre las fibras de las alfombras de su automóvil y los restos hallados en los cuerpos o las ropas.

El caso también tuvo un recorrido judicial complejo. En abril de 1985, Long fue condenado a muerte por el asesinato de Virginia Johnson, cometido en el condado de Pasco. Sin embargo, esa sentencia fue revisada varias veces, y en 1997, la Corte Suprema de Florida la anuló y ordenó que se dictara una absolución, al considerar que las pruebas disponibles no alcanzaban para demostrar su culpabilidad más allá de toda duda razonable.

En el condado de Hillsborough, en cambio, el 23 de septiembre de 1985 él aceptó un acuerdo con la fiscalía. Se declaró culpable de ocho asesinatos en primer grado, además de secuestros y agresiones sexuales, entre ellos los delitos cometidos contra Lisa. A cambio, recibió prisión perpetua por esos crímenes, mientras que el Estado conservó la posibilidad de solicitar la pena capital por el asesinato de Michelle Simms, de 22 años. Por ese homicidio fue condenado a muerte. La sentencia quedó firme después de sucesivas apelaciones y Long pasó más de tres décadas en el corredor de la muerte.

La vida después del secuestro

Para Lisa, la captura de su agresor no significó que todo terminara. Tuvo que reconstruir su vida después de una experiencia que se sumaba a los abusos sufridos durante su infancia. El proceso fue largo y estuvo atravesado por el esfuerzo de encontrar un lugar seguro, terminar sus estudios y dejar atrás una etapa en la que sintió que no tenía control sobre su destino.

Con el paso de los años fue madre, formó una familia y desarrolló una carrera vinculada con la protección de otras personas. Ingresó en la oficina del sheriff del condado de Hillsborough y llegó a desempeñarse como agente policial, con tareas relacionadas con la prevención y el acompañamiento de niños y jóvenes.

También comenzó a contar públicamente su historia. En entrevistas y encuentros con sobrevivientes de violencia, explicó cómo había conseguido mantener la atención y reunir información durante el secuestro. Su testimonio se convirtió en una referencia para hablar de abuso, resiliencia y supervivencia.

La historia llegó incluso a la televisión. En 2018 se estrenó la película Believe Me: The Abduction of Lisa McVey, que reconstruyó el secuestro y el papel que tuvo la joven en la investigación. Años más tarde, Lisa siguió trabajando como agente y participando en actividades de concientización sobre la violencia contra mujeres y niños.

El reencuentro con el homicida

El 23 de mayo de 2019, Bobby Joe Long fue ejecutado mediante una inyección letal en la prisión estatal de Florida. Tenía 65 años y había pasado 34 en el corredor de la muerte. La ejecución se realizó por el asesinato de Michelle Simms, una de las mujeres que había matado.

Lisa estuvo presente. Se sentó en primera fila y esperó que la mirara. Quería que lo primero que viera antes de morir fuera el rostro de la adolescente que secuestró, violó, y que, sin proponérselo, contribuyó a poner fin a su carrera criminal. Pero él nunca abrió sus ojos.

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