El maltrato infantil como figura del deseo parricida.
Por Sergio Zabalza
Para Página 12
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Resulta impactante escuchar el testimonio de un adulto/a respecto a la violencia física y/o psicológica ejercida por el padre o la madre durante su infancia. Días pasados tomó estado público el testimonio de Valentín Yankelevich respecto de la violencia física y psicológica ejercida por su padre, tragedia que marcó su infancia hasta ser rescatado por su abuelo.
El maltrato intrafamiliar resulta ser mucho más común de lo que el sentido común podría admitir. La prohibición del incesto: no reintegrarás el producto (en criollo, no te acostarás con tu madre) y no matarás a tu padre, es el punto límite entre la naturaleza y cultura, tal como Levi Strauss aseveró desde la antropología, y tal como la clínica psicoanalítica no cesa de confirmar cada vez que cualquier tipo de abuso toma lugar en el seno de un grupo amparado por los mismos apellidos.
Lo que suele dejarse un tanto de lado es el deseo reprimido que se agita en torno a tal prohibición. De hecho, la clínica psicoanalítica confirma el contenido incestuoso de los sueños que los analizantes suelen relatar en sesión: matar al Padre, por ejemplo. En este punto Freud es terminante, no existe el filicidio en el deseo inconsciente de un sujeto. Es el parricidio lo que se actúa cuando un padre ejerce violencia sobre un hijo.
Desde ya, una cosa es soñar y otra muy distinta pasar al acto de invadir el cuerpo de una criatura. Por tratarse de un deseo propio de todo ser hablante y que horroriza al sentido común de una comunidad, se verifica que el entorno próximo y no tan próximo suele preferir negar la comisión de estos delitos, al tiempo que la Justicia se muestra remisa para actuar en conformidad con las denuncias.
Dicho sea de paso, el fuero que en nuestro país se encarga de este tipo de delitos carece del presupuesto y los recursos necesarios para realizar su tarea, basta tomar nota del tiempo de espera para poder contar con una cámara Gesell. La cuestión viene a cuento a la hora de analizar el costo subjetivo y social que para una víctima de violencia intrafamiliar supone el hecho de tomar la palabra para hacer público un abuso de esta clase.
De hecho, para el caso más arriba mentado, la víctima precisó la denigración a la que fue sometido: “no servís para nada”, y pese a que oportunamente denunció este maltrato, el entorno prefirió callar. Por otra parte, el canalla perverso conoce perfectamente los sutiles mecanismos por los cuales quien ostenta autoridad puede doblegar la voluntad y dignidad de un niño o niña. La maniobra consiste en hacer creer a la víctima de su culpa por el castigo recibido, trampa mortífera que encierra al damnificado en un tóxico mutismo que a veces puede durar años, cuando no sepultarse en el silencio, aunque jamás en el olvido.
Lo que está en juego es la vergüenza que el abusado padece ante el delito del cual, sin embargo, es víctima. Luego, un entorno pusilánime o encubridor hace el resto, tal como sucedió en el caso que convoca estas líneas, a excepción del abuelo desde ya, quien, en definitiva, cumplió con la función propia de un padre, a saber: velar por el bienestar de un hijo.
“Historia de la infancia” es el libro que Lloyd De Mause escribió sobre el destrato que hasta hace pocas centurias se le dedicaba los seres cuya edad les privaba del status de personas: eso que hoy se llama niñez. Considerados como objetos, aquellos pequeños que existieron hasta ya entrada la modernidad, se les dejaba morir cuando enfermaban, eran sexualmente abusados, se les usaba para ganar dinero en la prostitución, en el trabajo esclavo, en las cosechas o para pedir dinero en la calle.
El refugio de aquellos niños y niñas de antaño solía ser la piedad que la iglesia brindaba, aunque tan solo en algunos casos, porque sabido es que en muchos otros el amparo era la contraprestación del más brutal atropello sexual. Parece que hoy todavía quedan rémoras de aquel trato infame. Basta recordar que hace poco un diputado libertario -“Bertie” Benegas Lynch- afirmó : “la libertad es también si no querés mandar a tu hijo a la escuela para que te ayude en el taller”. Como se ve todavía hay ideologías políticas que proponen continuar tratando a los niños/as como objetos.