Teherán propone reabrir el estrecho de Ormuz y retomar las negociaciones sobre su programa nuclear.
Irán puso sobre la mesa una nueva propuesta para intentar destrabar la guerra con Estados Unidos: ofreció reabrir en apenas siete días el estratégico estrecho de Ormuz y retomar las negociaciones sobre su programa nuclear si Washington levanta el bloqueo naval sobre sus puertos, flexibiliza las sanciones a las exportaciones de petróleo y acepta un alto el fuego que abarque también al Líbano.
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“El calendario de siete días comenzará tan pronto como Estados Unidos acepte este plan”, anunció este viernes el canciller iraní, Abbas Araghchi, ante periodistas en la sede de las Naciones Unidas.
Según explicó, las primeras medidas previstas en el acuerdo tomarían entre cuatro y cinco días; el tránsito normal por Ormuz podría restablecerse hacia el sexto y, al séptimo, comenzarían las conversaciones con Washington para alcanzar un pacto definitivo sobre los asuntos acordados, incluido el delicado programa nuclear iraní.
“La decisión está ahora en manos de Estados Unidos”, afirmó Araghchi. “Irán no acepta la coerción, las amenazas ni la intimidación y no renunciará a sus derechos soberanos bajo presión”.
El estrecho de Ormuz, por donde antes de la guerra transitaba cerca de una quinta parte del petróleo y el gas comercializados mundialmente, se convirtió en la principal herramienta de presión de Teherán y en uno de los mayores focos de incertidumbre para la economía global.
La Casa Blanca evitó pronunciarse directamente sobre las condiciones iraníes y se limitó a señalar que funcionarios estadounidenses mantienen conversaciones “positivas y constructivas” con mediadores sobre el conflicto.
La propuesta fue transmitida a Washington a través de Qatar, uno de los principales intermediarios entre ambos gobiernos. Esta semana, Araghchi también mantuvo contactos con el enviado estadounidense Steve Witkoff y con Jared Kushner, yerno del presidente Donald Trump, al margen de la Asamblea General de la ONU.
El movimiento supone una nueva señal de apertura después de meses de estancamiento. El presidente iraní, Masoud Pezeshkian, recibió este viernes al primer ministro de Qatar y afirmó que su país está dispuesto a regresar al memorando de entendimiento alcanzado con Washington en junio. Durante su discurso ante la Asamblea General había asegurado que Irán seguía abierto a la diplomacia, aunque advirtió que no se “arrodillaría” ante Estados Unidos.
La nueva iniciativa, sin embargo, guarda una enorme semejanza con aquel acuerdo de junio, que terminó desmoronándose rápidamente. El entendimiento preveía entonces un período interino de 60 días, la reapertura progresiva de Ormuz y posteriores negociaciones sobre el programa nuclear. Las hostilidades se reanudaron poco después y ambos gobiernos se acusaron mutuamente de incumplir sus compromisos.
Calendario concentrado
Teherán propone acelerar drásticamente el calendario y concentrarlo en una semana. El plan incluiría además el cese de las hostilidades en el Líbano, donde Israel y Hezbollah –respaldado por Irán– mantienen un frágil alto el fuego. No está claro, sin embargo, si abarcaría también el conflicto en Yemen entre los hutíes, aliados de Teherán, y Arabia Saudita.
Ese interrogante resulta especialmente sensible. El fortalecimiento de los hutíes elevó la presión sobre otro cuello de botella fundamental del comercio mundial, el estrecho de Bab el-Mandeb, que comunica el mar Rojo con el golfo de Adén. Un asesor militar del liderazgo iraní, el general Yahya Rahim Safavi, sugirió que esa situación aumenta la capacidad negociadora de Teherán frente a Washington.
Arabia Saudita, en cambio, observa con escepticismo la nueva propuesta, según fuentes familiarizadas con las conversaciones. Riad y otros gobiernos del Golfo habían impulsado durante el verano una salida negociada, pero el avance de los hutíes y los recientes ataques contra infraestructura saudita alteraron sus cálculos.
A la incertidumbre regional se suma otra dentro del propio régimen iraní. Aunque Pezeshkian y Araghchi intentan impulsar una salida diplomática, dirigentes de línea dura y sectores vinculados a las fuerzas de seguridad reclaman mantener o incluso aumentar la presión militar para arrancar mayores concesiones a Estados Unidos.
El legislador conservador Ebrahim Rezaei cuestionó públicamente cualquier acercamiento al “enemigo agresor”, mientras que la Asamblea de Expertos, el poderoso órgano de clérigos encargado de designar al líder supremo, afirmó que “no hay otro camino que la resistencia”.
Las divisiones llegaron incluso a ser reconocidas por el presidente del Parlamento, Mohammad Bagher Qalibaf. “Hay una visión que habla de guerra, pero no ofrece ninguna perspectiva ni mecanismo para llevarla a una conclusión contundente”, advirtió. En el extremo contrario, agregó, existe otra corriente que corre el riesgo de “subestimar las capacidades nacionales”.
Esa disputa interna agrega otra incógnita sobre la viabilidad de un eventual acuerdo. Incluso si Washington acepta negociar, no está claro hasta qué punto los sectores más duros del régimen iraní aceptarían las concesiones impulsadas por Pezeshkian y Araghchi.
Trump, por su parte, ha dicho que no tiene apuro por cerrar un pacto, pese al impacto que la crisis de Ormuz tuvo sobre los precios internacionales de la energía. El secretario de Estado, Marco Rubio, dejó abierta una puerta esta semana al afirmar que, si existe una oportunidad para “intercambiar ideas y mensajes”, Washington la aprovechará.
Después del fracaso de junio y de meses de ataques y acusaciones cruzadas, la desconfianza sigue siendo profunda. Pero, por primera vez en semanas, ambas partes vuelven a hablar públicamente de un posible camino para salir del conflicto. Esta vez, Irán asegura que puede empezar en apenas siete días.