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Opinión y Actualidad

Dos revoluciones, dos sociedades

No se trata de detener el progreso, sino de evitar que convierta a una parte creciente de la sociedad en espectadora de un cambio que no produce ni del que se beneficia.

Hoy 07:07

Por Arturo Flier
Para Clarín

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La Revolución Industrial no representó solamente una transformación tecnológica y económica. Modificó la forma de vivir, trabajar, relacionarse y organizarse políticamente.

La Revolución Tecnológica que hoy protagonizan la robotización y la inteligencia artificial puede producir un cambio más profundo: no solo está transformando el trabajo, pone en cuestión el lugar del mismo en la vida humana así como las conquistas sociales producto de aquella Revolución y confronta a los líderes políticos a la necesidad de actualizar sus propuestas e ideologías.

La primera Revolución Industrial expulsó a millones del campo y los llevó a las ciudades en busca de empleo. Hoy el escenario es paradójico: ya no hay un “afuera” al que migrar. Desde 2008, por primera vez en la historia de la humanidad, vive más gente en ciudades que en zonas rurales. Y mientras los conurbanos crecen con niveles preocupantes de marginalidad, las tareas agrícolas y buena parte de las industriales avanzan hacia la automatización.

El propio modelo de familia está cambiando. La industrialización separó el hogar del lugar de trabajo y transformó los roles familiares. La actual transformación lleva esa atomización más lejos: caída de nacimientos, hogares pequeños y vínculos más frágiles.

La diferencia decisiva es que el trabajo industrial terminó convirtiéndose en un vector de identidad. El obrero se reconocía en su oficio, su fábrica y sus compañeros. De aquella masa inicialmente explotada nació una clase obrera que adquirió conciencia de sí misma y conquistó derechos políticos, sociales y laborales. La “clase en sí” se convirtió en “clase para sí”.

La Revolución Industrial creó al proletariado, pero también creó las organizaciones que le permitieron convertirse en un actor político: sindicatos, partidos obreros, movimientos socialistas y anarquistas. La revolución tecnológica, en cambio, parece estar produciendo una paradoja: mientras aumenta la capacidad productiva, fragmenta el trabajo y debilita las formas tradicionales de organización colectiva.

¿Quiénes son los trabajadores de la actual transformación? Una parte creciente opera de manera fragmentada, individualizada y autoexplotada. El asociativismo pierde fuerza, la sindicalización disminuye (se redujo a la mitad en los países de la OCDE entre 1985 y 2024) en tanto las organizaciones políticas resultan poco representativas y con escasa participación interna. A nivel íntimo, para una parte de las nuevas generaciones, el trabajo parece dejar de ser un proyecto de vida y una fuente central de identidad.

La industrialización creó una nueva élite: la burguesía industrial. Hoy asistimos al surgimiento de nuevos billonarios tecnológicos, con fortunas personales de una magnitud desconocida en la historia reciente con una capacidad de influencia económica y política extraordinaria.

Protagonistas de una economía basada en el conocimiento, las finanzas, el comercio electrónico y la inteligencia artificial. Mientras tanto, la clase media se debilita en numerosas naciones occidentales, los servicios públicos no alcanzan a contener las nuevas demandas, el alza del costo de vida pauperiza y los sistemas previsionales enfrentan una presión creciente.

La paradoja es inquietante. La Revolución Industrial generó desigualdad, pero también creó las condiciones para que los trabajadores se organizaran y ampliaran sus derechos. La Revolución Tecnológica puede generar una concentración de riqueza todavía mayor mientras debilita las organizaciones que permitieron equilibrarla.

Pero sería equivocado mirar el futuro solo desde el temor. La Revolución Industrial, después de décadas de explotación, produjo avances extraordinarios en medicina, transporte, educación, alimentación y nivel de vida. La inteligencia artificial y la robotización también pueden liberar al ser humano de tareas repetitivas, mejorar la productividad y acelerar descubrimientos científicos que brinden una mejor calidad de vida.

El problema, entonces, no es la tecnología sino qué sociedad construiremos con ella. Si las máquinas producen cada vez más y requieren cada vez menos trabajo humano, tendremos que redefinir educación, empleo, ingresos, protección social y, sobre todo, el sentido de una vida que durante siglos estuvo organizada alrededor del trabajo.

La gran incógnita no es entonces si la inteligencia artificial reemplazará trabajadores. Es qué ocurrirá con una sociedad construida durante dos siglos alrededor del trabajo, del salario y de la pertenencia a una clase. La Revolución Industrial creó nuevas desigualdades, pero también los instrumentos colectivos para transformar su propia condición.

La actual transformación tecnológica podría estar produciendo el fenómeno inverso: individuos más conectados pero menos capaces de organizarse colectivamente. Todo un desafío en una época que produce riqueza a una velocidad inédita mientras debilita sus espacios de representación en una economía en forma de K con sectores crecientemente concentrados y mayorías crecientemente excluidas.

No se trata de detener el progreso, sino de evitar que convierta a una parte creciente de la sociedad en espectadora de un cambio que no produce ni del que se beneficia.