El derecho a la vida es el primer derecho humano, pues es el presupuesto de todos los demás. Es obvio que este derecho se lesiona cuando se mata en la forma directa del homicidio doloso, por lo que es el delito más severamente penado.
Por E. Raúl Zaffaroni
Para Página 12
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No obstante, más grave aún es cuando se mata masivamente, configurando un crimen contra la humanidad. Pero ahora, como lo observó Foucault, el viejo poder absoluto de hacer morir y dejar vivir fue reemplazado –aunque no del todo- por el biopoder de hacer vivir y dejar morir, o sea que por lo general –salvo excepciones bélicas- no se mata, sino que se crean las condiciones en que se deja morir a quienes se sabe que en esas condiciones no sobrevivirán. Es lo que en alguna oportunidad hemos denominado genocidio por goteo; son los muertos del subdesarrollo, es decir, por deficiencias sanitarias, inadecuación de caminos a los vehículos usuales, alimentación insuficiente, deterioro de la previsión social, etc.
En los últimos tiempos y, en especial en 2025, la tasa de suicidios en nuestro país ha sufrido un salto que señala casi 12 suicidios anuales por 100.000 habitantes, en tanto que los homicidios dolosos bajaron a 3,6 en la misma medida, es decir que la muerte por autoagresión triplica a la de homicidios, con la particularidad que cerca de la mitad son personas entre los quince y treinta y cuatro años, que es una faja etaria en que por lo general predominan las muertes por tránsito; ahora están superadas por los suicidios.
Cabe observar que, si sucediese lo contrario, o sea, si los homicidios alcanzasen los 12 por 100.000 anuales, estaríamos frente a una situación social de violencia caótica. Como si los datos anteriores no fuesen suficientemente alarmantes, se suman los suicidios entre el personal policial, que también ha dado un salto numérico, respecto del que la señora ministra de seguridad ha pretendido esquivar su responsabilidad política, escudándose en que el fenómeno es común a toda la sociedad, como si eso fuese resultado de algún problema meteorológico.
Frente a este letal panorama se manifiestan diversas opiniones que, correctamente, señalan que se trata de un fenómeno complejo –como todo fenómeno social-, aunque en el fondo todos remiten de alguna manera a dificultades económicas, como desempleo, salarios insuficientes, pensiones magras, falencias comerciales y otras frustraciones, que afectarían la salud mental de la población. A primera vista, daría la impresión de que la pobreza genera suicidios, o sea, que a menor ingreso per cápita debiera haber más suicidios, lo que no es verdad.
Esta conclusión errónea deriva de una visión estática de los hechos de nuestra sociedad, para cuya mayor y mejor aproximación debemos acudir al texto clásico de uno de los padres de la sociología: Émile Durkheim. No es necesario compartir el viejo funcionalismo de Durkheim ni menos coincidir con todos sus conceptos, pero tampoco es conveniente tirar por la borda todo lo considerado viejo, cuando podemos verificar su utilidad frente a algo que está sucediendo ante nuestros ojos.
En unos de sus libros más clásicos (Le suicide, Ètude de sociologie, París, Félix Alcan, 1897) clasificaba los suicidios en altruistas, egoístas, anómicos y fatalistas. De esta clasificación, la que nos llama la atención frente a la actual vivencia de nuestra sociedad es el tercero de los grupos señalados: los suicidios anómicos. Para Durkheim –por decirlo simplemente- la anomia es propia de un momento de desintegración social en que las normas o comportamientos sociales que hasta ese momento eran eficaces, de golpe dejan de serlo y las personas o, al menos una gran parte de ellas, quedan desconcertadas, sin normas para conducirse y obtener los mismos resultados de antes, quedan anómicas.
Para Durkheim esos momentos de desintegración social pueden darse en las grandes crisis financieras e industriales, pero también en las que llama crisis de prosperidad (pp. 264 y ss.), supuesto este último que no es precisamente el que vivimos. En cualquier caso, se trata de una sociedad que cambia rápidamente y abandona sus antiguas normas de acceso a las condiciones de vida hasta ese momento consideradas normales, sea que las reemplace por otras nuevas a las que muchas personas no se habitúan con rapidez, o bien porque se trate de una caída de las anteriores normas sin que nada las reemplace. Es obvio que esta última es la situación anómica de nuestra sociedad a partir de los recortes inmisericordes de la actual administración, acompañados por las mentiras e ironías crueles de sus ministros y los insultos escatológicos y gritos histéricos del presidente.
Cuando el trabajo desaparece o tu sueldo no alcanza, cuando tu pyme quiebra, tu boliche no rinde, tu jubilación es miserable, los medicamentos no podés comprarlos, tus ahorros se esfuman, pedís un crédito y te cobran diez veces más de lo que te dieron, tu pibe diferente queda sin atención, los precios de los servicios estallan, es decir, cuando todo lo que hasta ayer te funcionaba deja de funcionar porque el Estado desaparece en sus funciones sociales elementales y no tenés otra pauta de conducta a mano, no sabés qué hacer, eso es la anomia. No es un fenómeno climático ni telúrico, es resultado de una política cuidadosamente planificada para quebrar todas las reglas anteriores y que, para colmo, te acusa de ser el culpable: con inigualable hipocresía te dicen que te acostumbraste a lo que no merecés, a ser un mantenido social, a carecer de iniciativa meritocrática, a ser un fracasado porque no sabés cómo aproximarte a esos paradigmas del éxito que en un año logran incrementar su patrimonio en dólares en un 40%.
¿Y en cuanto a la policía? La señora ministra parece ser de otro gobierno, extraño a este genocidio por goteo. Mientras la pareja de exministros –ahora senadores- demolieron el Código Penal para dar seguridad según su charlatanismo inconsistente, se destruye a la policía ¿Ignora la señora ministra que siempre hubo una sobrerepresentación de policías en los homicidios intrafamiliares, por disponer del arma? ¿Pretende ahora pagarles miserablemente para usarlos contra jubilados y discapacitados?
Es verdad que no es este régimen el único culpable de esta situación, sino que desde siempre se ha desconocido a los y las policías su condición de trabajadores: se les niega el derecho de sindicalización, no pueden discutir sus condiciones de trabajo, no tienen paritarias, no pueden hacer declaraciones públicas, etcétera, cuando en realidad son parte de un imprescindible servicio civil –no militar-, cuya naturaleza solo los priva del derecho de huelga. Se reclutan jóvenes sin vocación, se les coloca con poco entrenamiento en situaciones de riesgo, se les provee de un arma que es un cañón, tienen miedo –como cualquiera-- y si se equivocan se les suelta la mano. ¿Esto no es una anomia particular señora ministra? ¡Déjelos hablar para que la expliquen! ¿Por qué no lo hace? ¿Por qué les niega el derecho a la palabra?
La anomia suicida es un estado subjetivo de profunda frustración existencial, generado por la desintegración social que provoca el desbaratamiento del Estado social de derecho que, si bien nunca fue perfecto, hoy se lo aniquila en forma cuidadosamente planificada, conforme a objetivos estratégicos foráneos, incompatibles con el desarrollo humano de nuestra Nación. Los responsables políticos por esas muertes tienen nombres y apellidos. Por mucho que hagamos en el futuro, a los muertos nunca podremos resucitarlos.