El arqueólogo más popular del mundo de la animación afronta su paternidad en ‘Tadeo Jones y la lámpara maravillosa’, cuarta entrega de sus ingeniosas aventuras.
Por Pablo Vázquez
Para Fotogramas
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Desde que Enrique Gato presentara al personaje en el cortometraje de 2004, su saga ha pasado de la parodia funcional del héroe de Spielberg a convertirse en un canto a la familia elegida y disfuncional, guiada a duras penas por un abrumado patriarca de ecos cervantinos. En esta cuarta entrega, cuyo libreto vuelven a firmar Gatell y Burque, la sombra del Siglo de Oro sigue tan presente como la del aventurero imperial británico. La peripecia parte de los cuentos populares árabes, por medio de un viaje en el tiempo (genial el guiño a ‘Regreso al futuro’ con esos dibujos difuminados como las personas de la fotografía del film de Zemeckis), para plantear una trepidante mofa de arquetipos que combina escapadas a Egipto, Perú y Grecia con chanzas sobre ‘Titanic’ o ‘Mad Max: Furia en la carretera’.
Lo más parecido a un Mel Brooks para niños, tan cerca de ‘Dos horas menos cuarto antes de Jesucristo’ como de ‘Año uno’. Aunque lo mejor llega cuando el grupo hawksiano cobra vida propia y cada personaje brilla al ritmo de una frase de screwball comedy. La fórmula, tan deudora aquí de la guasa de DreamWorks como de Mike White o Pam Brady, sigue funcionando. Es más, sobrevive a su referente para adquirir una mitología reconocible que conecta con la ambición de todo spoof: vencer al tiempo. Quizá Tadeo siga librando batallas cuando Indy apenas sea un borroso recuerdo arqueológico, como Allan Quatermain o el profesor Challenger. El mundo sigue.
Para niños y adultos que sepan mirar al mundo con ironía y asombro.