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Opinión y Actualidad

Sobre lo que no tiene precio: la paradoja de la universidad gratis

Si la universidad pública no se libra de la maraña de falsas creencias en las que vive y de las que se nutre, será muy difícil que adquiera conciencia de los desafíos que enfrenta

Hoy 06:52

Por Héctor Ghiretti,en Infobae

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Un paseo nocturno por la avenida principal de la villa cabecera de Malargüe, hace un par de meses, me hizo caer en la cuenta de algo que venía intuyendo pero no había precisado conceptualmente. Me encontré con este mural, que intenta reproducir el afiche ideado por la ilustradora Pilar Veiga con ocasión del conflicto del Gobierno con las universidades nacionales. Lo que me resultó particularmente revelador fue la pequeña variación que introduce, probablemente en razón del espacio disponible. En la cinta que está ubicada debajo de la alegoría de la universidad puede leerse «gratis» en lugar de «gratuita».

Gratis o gratuito

¿Qué particularidad puede tener el reemplazo por un sinónimo? ¿No significará lo mismo? No. El lenguaje no es solamente denotativo, también es connotativo. Agrega significados que exceden lo literal, objetivo, de las palabras: su significado subjetivo, figurado o emocional. Ahí es donde empiezan las diferencias entre lo gratis y lo gratuito. La RAE define lo gratis/gratuito como lo que es “de balde, de gracia, arbitrario, sin fundamento”. Podemos definirlo como la condición de una cosa disponible sin coste para quien lo recibe. Que posee valor (puesto que de otro modo no se daría ni se recibiría), pero no tiene precio (es decir, no se pide nada a cambio).

Las cosas que tienen valor, pero no precio, se encuentran en los extremos de los bienes a los que los hombres aspiran. Puede aplicarse el concepto de “gratis” a cosas cuyo precio es despreciable (valga la redundancia), o bien a aquellas que, por su alto valor, están más allá de la escala de precios. Pongamos ejemplos para que quede claro: las muestras que dan a probar en el súper (para promover la compra del producto) son ejemplo de lo primero; el amor conyugal, paternofilial o de amistad (si es genuino), ejemplo de lo segundo.

Valorizar lo poco valioso

Pero aquí hay que introducir un matiz. Mientras que en el primer ejemplo no tenemos ningún reparo en calificarlo de gratuito, en el segundo preferimos hablar de amor incondicional o de entrega.

Quiere decir que lo que es gratis se considera como algo de poco valor. ¿Qué diferencia semántica existe, entonces, entre gratis y gratuito? Si se quiere explicar la condición de una cosa de poco valor que no tiene precio, se dice que es gratis. Si, en cambio, se quiere aumentar la estimación de una cosa de poco valor que no tiene precio, se dice que es gratuito. Es una palabra que funciona como cultismo estimativo. Cuando dicen “entrada libre y gratuita” se está queriendo resaltar la importancia del evento, de por sí poco valioso. Por el contrario, cuando se dice que una cosa es gratis, se asume que posee poco valor. Ahora veamos qué sentido tiene y qué efecto produce aplicar el calificativo de gratuidad a la educación superior.

Qué no es

La universidad pertenece a un tipo de bienes que no está en ninguno de los extremos mencionados: ni es aquello que tiene poco valor pero no precio, ni equivale al amor incondicional, supremo, sin medida. Es algo que tiene un costo. Altísimo, cabe destacar. Se paga de diversos modos, y estudiar supone incurrir en una serie de erogaciones que exceden el costo específico de los estudios. Asunto aparte es quién lo paga, y si está bien que así sea. Primera conclusión: la narrativa de la universidad gratis es falsa, es engañosa. El problema es que esa falsa creencia se ha constituido en uno de los rasgos identitarios fundamentales de la universidad pública argentina. A esta altura, nadie que sea intelectualmente honesto puede sostener que la educación superior es gratuita. Uno de los cambios culturales que se han operado en estos últimos años es que todo financiamiento por parte del sector público supone un costo para los contribuyentes. Se repite, no obstante, como un eslogan que pertenece a ese conjunto de creencias que forman el imaginario social de la universidad pública. De hecho, ningún rector, decano o autoridad universitaria en ejercicio se atreve a romper con esta narrativa.

Para qué sirve

¿Qué objeto tiene esta patraña? La pregunta es por qué se habla de la universidad gratuita, que tiene tanto sentido como decir que el Estado provee servicios de seguridad, vialidad, justicia o defensa gratis. ¡Policía, rutas, jueces y fuerzas armadas... gratis! Suena ridículo, ¿no? ¿Es puramente arbitrario, un capricho de la narrativa estatal? No. La universidad gratis parece ser una emanación pródiga de la ideología del Estado benefactor. Al contrario que los otros servicios mencionados, que presta el Estado independientemente de la utilidad o el provecho que los ciudadanos crean que tienen, la educación superior es un bien cuyo acceso es facultativo, que permite mejorar individualmente (al menos en la teoría) la realización personal, el desempeño profesional, el desarrollo de habilidades y conocimientos. Con ello se marca el alcance superior de la acción estatal, más allá de lo que otros países se pueden permitir. «Acá la universidad es gratis». En definitiva, pertenece al mundo de fenómenos que conocemos como «propaganda» y que generó, por varias décadas, un sentido común que nadie cuestionó.

El efecto real

Afirmar que algo que tiene un precio —altísimo, por cierto— es gratis solo puede tener un efecto: desvalorizarlo. O, como se dice en otros países, baratearlo, disminuir su apreciación, su estima. No sucede al revés, por muy «gratuito» que se enuncie. Esta condición, generada discursivamente aquí en nuestro país, se potencia con la crisis general en la que se encuentra inmersa la educación universitaria a nivel global. La universidad está perdiendo lo que fue tradicionalmente su ventaja comparativa: prestigio social y factor de movilidad social ascendente. Pierde terreno ante otras opciones que se ofrecen como más atractivas, más breves, más redituables. En nuestro país, la creencia devaluadora de la universidad gratuita se combina con otra falsa creencia, de similar efecto: el ingreso irrestricto.

El mito del ingreso

El régimen de ingreso varía de facultad a facultad, y prácticamente todas seleccionan a través de cursos de nivelación, ciclo básico o examen. La exigencia varía mucho: depende, sobre todo, de la demanda de determinadas carreras. Hace tiempo doy clases en primer año: es un tipo de docencia que me gusta mucho. Este año, de todos los ingresantes, solo 2/3 se presentaron al primer examen parcial, tomado apenas un mes y medio después del inicio de clases. El porcentaje cayó luego a poco más de la mitad de los inscriptos en el tercer y último parcial. Estamos hablando de alumnos que se presentan a examen, no que aprueban. ¿Qué hubiera sucedido si tuvieran que superar un examen más exigente, o pagar matrícula más las cuotas correspondientes, como en una privada? La ideología de la supresión de las barreras de acceso (lo que nada cuesta…) no ayuda en absoluto a consolidar una educación terciaria de calidad (…nada vale). Todo lo contrario.

Sincerar la discusión

Sería un completo error asumir que ese planteo termina en una apología del arancel universitario. Esa es una discusión que habrá que tener en algún momento, pero que no puede darse sin antes despejar el campo de dicotomías deshonestas. La discusión no es entre universidad gratuita y arancelada, sino entre arancelada y no arancelada. La ventaja es que el concepto de no arancelamiento precisa el beneficio que recibe el alumno, sin golpes bajos ni recursos propagandísticos, transparenta los costos y tiene la ventaja de no ocultar todos los gastos que comporta una carrera universitaria. Si la universidad pública no se libra de la maraña de falsas creencias en las que vive y de las que se nutre, será muy difícil que adquiera conciencia de los desafíos que enfrenta. Dejemos el concepto de gratuidad para lo que verdaderamente tiene esa condición.