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Opinión y Actualidad

Crítica de "El final de Oak Street"

Un blockbuster jurásico tan salvaje como emocionante, capaz de mezclar aventura y ciencia ficción con una energía que el cine comercial parecía haber olvidado.

Hoy 06:58

Por Fran Chico
Para Fotogramas

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J. J. Abrams puede estar satisfecho. Por fin ha conseguido replicar lo mejor del cine de Steven Spielberg y de su productora Amblin con una película que nos recuerda no solo a ‘Jurassic Park’, cuya obligada mención nos quitamos de encima en este primer párrafo, sino también a ‘Poltergeist’, ‘Encuentros en la tercera fase’, ‘Regreso al futuro’, ‘Tiburón’ y ‘El chip prodigioso’, por nombrar solo unas pocas. Ya se quedó muy cerca, a milímetros, con ‘Super 8’, la obra que dirigió bajo el paraguas productor del maestro en 2011 y que trajo de vuelta a los típicos chavales con bicicleta de urbanización americana de los 80 en una historia de ciencia ficción con corazón. Pero ahora se vale del director de ‘It Follows’ y de la infravaloradísima ‘Lo que esconde Silver Lake’, David Robert Mitchell, para construir una especie de ‘Jumanji’ jurásico que nos transporta, como a sus protagonistas, a otra época en la que los blockbusters se hacían (y se vivían) de otra manera.

El punto de partida de ‘El final de Oak Street’ es un extraño fenómeno cósmico que traslada físicamente a un barrio entero a la época de los dinosaurios, y la familia a la que seguiremos durante todo el film intenta encontrar una explicación en cuanto sucede. La escena es inquietante, con un abuso intencionado del split-diopter o enfoque dividido para acrecentar el desasosiego. Pero sus teorías son... pues eso, teorías. Los espectadores vamos a ir tan a ciegas como ellos, y ese es uno de los grandes aciertos de la película. ¿Para qué perderse en largas y liosas explicaciones científicas basadas en los estudios más punteros si lo bueno de la ciencia ficción pulp, como este relato, es dejarse llevar precisamente por la segunda palabra del género? Darle muchas vueltas a su premisa probablemente conduzca a agujeros, contradicciones o preguntas sin respuesta. Dejarse llevar, en cambio, conduce a una de las experiencias cinematográficas más completas y gozosas de los últimos tiempos.

Una vez aceptamos que estamos ante lo que estamos, es tiempo de disfrutar. Pero también de emocionarse, de aterrorizarse, de reír, de llorar, de saltar de la butaca, de apartar la vista de la pantalla y de morderse las uñas de la tensión. Todo lo que busca cualquier blockbuster moderno para contentar a todas las franjas demográficas posibles, pero muy pocos consiguen. Y, precisamente, quizá su mayor virtud sea esa voluntad de no comportarse como se supone que debería hacerlo una superproducción contemporánea.

Bajo toda la adrenalina aparece un mensaje bastante tradicional sobre la familia, la necesidad de permanecer unidos y el hogar como refugio. Pero resulta curioso que una obra aparentemente tan conservadora, incluso puritana, en su propuesta sea al mismo tiempo tan poco complaciente en las imágenes que utiliza para desarrollarse. ‘El final de Oak Street’ se permite giros bruscos, momentos de una crueldad insólita y estampas que difícilmente pasarían el filtro de buena parte del blockbuster actual (no es para ver con niños). Además, vemos dinosaurios en situaciones que jamás se han mostrado en pantalla, y el propio director ha explicado que quería mostrarlos no únicamente como amenazas, sino como animales que comen, beben, defecan o mantienen relaciones sexuales.

Antes de llegar hasta ahí, sin embargo, la película sabe esperar. Resulta especialmente brillante la manera en que administra el descubrimiento del primer dinosaurio. Mitchell entiende algo que Spielberg sabía perfectamente cuando rodó 'Tiburón': mostrar demasiado pronto aquello que hemos venido a ver suele ser la manera más rápida de quitarle misterio. Y esa estrategia es la que se ha seguido también con los trailers y los adelantos, al más puro estilo Abrams. Así que oculta, fragmenta, retrasa y juega con nuestra imaginación hasta permitir por fin que la criatura ocupe la pantalla. Es una pena que los efectos visuales de los ‘monstruos’, notables durante la mayor parte del metraje, tengan momentos muy concretos en los que dejan ver sus costuras. Puede que el único deje de los blockbusters actuales del que no se ha podido desprender, junto con un final demasiado edulcorado. No todo van a ser alabanzas a pesar de las 5 estrellas.

Para que todo funcione, además de la buena mano de Mitchell y de los consejos de Abrams, la omnipresente música de Michael Giacchino también tiene bastante que ver. Y, por supuesto, un reparto que entiende perfectamente la película que tiene entre manos. Ewan McGregor, Maisy Stella y Christian Convery sostienen el componente familiar sin que el espectáculo termine por devorarlos, pero lo de Anne Hathaway empieza a entrar en una categoría difícil de explicar. Su trabajo es de sacarse el sombrero prácticamente haga lo que haga. Y mira que este año ha hecho cosas...

Todo este maravilloso batiburrillo funciona porque recupera algo que el gran cine comercial parece empeñado en complicar cada vez más: el placer de sentarse delante de una pantalla sin saber exactamente qué va a ocurrir dentro de cinco minutos. Puede hacerte reír con un dinosaurio cagando, aterrorizarte con otro escondido fuera de campo y emocionarte poco después con una familia intentando mantenerse unida. Puede ser conservadora y salvaje, sentimental y cruel, técnicamente virtuosa y ocasionalmente imperfecta. Sobre el papel, semejante mezcla debería ser un desastre. En la pantalla, durante casi todo su metraje, es puro espectáculo. Y después está la bibliotecaria del pueblo, que quizá posea el inmueble más inexplicablemente espectacular al que haya podido acceder nunca alguien con ese sueldo. Entre agujeros espacio-temporales, dinosaurios emplumados y misterios cósmicos, el verdadero elemento de ciencia ficción de 'El final de Oak Street' podría ser su casoplón.

Para los amantes de los blockbusters, pero los de hace 30 o 40 años.