Con presencia en asados, celebraciones y juntadas con amigos, la cerveza conserva un lugar destacado en la cultura argentina.
La cerveza ocupa un lugar particular dentro de las bebidas alcohólicas: no está asociada solamente al consumo, sino también al encuentro. Desde una mesa entre amigos hasta un partido de fútbol, un asado o una celebración, forma parte de algunos de los rituales sociales más instalados de la cultura argentina.
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En un contexto donde muchas experiencias se volvieron más digitales e individuales, los especialistas destacan que las bebidas que favorecen la conexión presencial mantienen un valor diferencial.
“La cerveza ocupa un lugar muy cercano a las grandes pasiones de los argentinos como el fútbol, la música, un buen asado y los encuentros con familia o amigos”, explica Sol Cravello, sommelier de cerveza de Cervecería y Maltería Quilmes y jurado internacional.
Según la especialista, la cerveza funciona como un elemento facilitador de esos momentos porque está asociada a celebraciones y experiencias compartidas. “Se convierte en un símbolo de la pasión”, señala, y destaca el concepto de la “tribuna extendida”: la manera en que los partidos se viven y comentan también en redes sociales, pero mantienen el encuentro físico como parte central de la experiencia.
Los bares tienen un rol clave dentro de esa cultura de encuentro. Más allá del consumo, funcionan como espacios donde se construyen vínculos y se comparten experiencias, desde una salida entre amigos hasta grandes eventos deportivos.
Para Cravello, “los bares trascienden el consumo para convertirse en espacios esenciales de encuentro donde se generan vínculos, celebraciones y memorias compartidas”.
Durante mucho tiempo, para muchos argentinos la cerveza estuvo asociada a un estilo concreto: una lager dorada, fresca y fácil de tomar. Pero en los últimos años apareció un consumidor más curioso, interesado en probar variedades, conocer estilos y buscar nuevas experiencias.
Martín Boan, sommelier y juez internacional de cerveza, explica que ese cambio también se refleja en la evolución de los estilos. “Hace diez años era muy común encontrar IPA de amargor extremadamente alto. Hoy se busca un amargor limpio, que no obstruya al lúpulo, y perfiles mucho más aromáticos y accesibles”, señala.
Para el especialista, la incorporación de nuevas técnicas y variedades de lúpulo amplió las posibilidades para los productores y permitió llegar a un público cada vez más amplio.
Ese interés también se refleja en el mundo artesanal. Desde Strange Brewing, una microcervecería que trabaja con una amplia rotación de etiquetas, cuentan que reciben un público diverso, joven y adulto, cada vez más interesado en descubrir nuevas propuestas.
“Cada vez que sacamos una cerveza nueva, en su mayoría la piden, quieren probarla”, explican desde la cervecería. Actualmente trabajan con entre 70 y 80 etiquetas que van rotando por sus dos sedes, con estilos que van desde cervezas lupuladas hasta propuestas de barrica y ácidas.
Esa apertura también cambió la forma de elaborar cerveza. Gabriel Goyeneche, socio fundador de Cerveza Goyeneche, sostiene que el desafío actual es lograr productos que “le gusten tanto al experto como al que nunca probó una IPA en su vida”. Para el productor, el objetivo ya no es hacer cervezas para entendidos, sino mantener la personalidad del estilo sin resignar tomabilidad.
La evolución del consumidor también se observa en la búsqueda de alternativas que se adapten a diferentes situaciones. La cerveza sin alcohol ganó espacio entre quienes quieren moderar el consumo sin dejar de participar del ritual.
Desde Cervecería y Maltería Quilmes destacan que el segmento de cervezas 0.0 se triplicó en Argentina desde enero de 2024 y que seis de cada diez personas que toman cerveza ya probaron alguna versión sin alcohol. Según los datos de la compañía, el principal motivo para elegir esta opción es la intención de moderar el consumo.
Para Sol Cravello, esto responde a una tendencia más amplia: “Hay un consumidor más consciente de sus elecciones, que valora que las marcas lo acompañen en distintas ocasiones de consumo”.
La cerveza sin alcohol, además, no aparece necesariamente como un reemplazo de la tradicional: muchos consumidores alternan entre ambas opciones según el momento, la ocasión o la actividad que tengan por delante.
Mientras conviven las grandes marcas con las cervecerías artesanales, los estilos clásicos con las propuestas experimentales y las versiones con y sin alcohol, la cerveza continúa ocupando un lugar particular en la cultura argentina.
Su permanencia parece estar ligada a esa capacidad de adaptación: puede ser una bebida cotidiana, una experiencia gastronómica o el centro de una reunión. Pero, sobre todo, sigue siendo una excusa para encontrarse.