La cineasta Milagros Mumenthaler escribe y dirige ‘Las corrientes’, un drama que sigue a Lina, una mujer de éxito profesional que no encuentra su lugar en el universo que la rodea y que encarna magistralmente Isabel Aimé González Sola.
Por Sergi Sánchez
Para Fotogramas
HACÉ CLICK AQUÍ PARA UNIRTE AL CANAL DE WHATSAPP DE DIARIO PANORAMA Y ESTAR SIEMPRE INFORMADO
Hay una portentosa secuencia en 'Las corrientes' en la que Lina, esa diseñadora de moda que parece una versión porteña de la Monica Vitti de 'El desierto rojo', se transforma en la luz giratoria de un faro. En ese devenir-faro, que es un devenir de lo circular, su percepción está en sintonía con el ritmo del mundo, con un existir de todas las mujeres que la rodean y saben vivir la vida que a ella se le escapa. Es una escena hermosísima, donde Lina, como la botánica que interpretaba Tilda Swinton en 'Memoria', descubre de repente cuál es su lugar en el universo: ser antena receptora de sensibilidades periféricas, captar la longitud de onda de lo enigmático y lo cotidiano; ponerlo, en fin, al mismo nivel. Acaso será el único momento en que Lina esté a gusto en su propio cuerpo, y también con su propia conciencia. La armonía es la enemiga de la película de Milagros Mumenthaler, en la medida en que siempre hay una especie de desincronización entre Lina y lo que la rodea, y eso afecta al montaje, al encuadre, al sonido, en una concepción de la puesta en escena claramente deudora de la Lucrecia Martel de 'La mujer sin cabeza'.
'Las corrientes' es una película sobre el desasosiego y la rebelión, aunque su principal interés es la opacidad de su personaje: podemos vislumbrar la sombra de un trauma familiar, pero durante la mayor parte del metraje la ausencia, la hostilidad, la inadaptación al medio de Lina es indescifrable. "Trato de no sentirme tan efímera", le confiesa a su terapeuta, visiblemente incómoda. En esa lucha por no desaparecer, que empieza con un intento de suicidio filmado en plano general y termina con una ventana abierta hacia la noche, Isabel Aimé González Sola la encarna como si le sobrara la piel, inquieta y perturbada, con la mirada absorta de una alienígena con ganas de quitarse el collar de perlas. Sería demasiado reduccionista pensar en una Lina atrapada en el tedio burgués, porque da la impresión de que su batalla es otra, está más allá de los privilegios de clase, y lo que quiere aprender es justo a dejarse llevar por el flujo del mundo, por esas corrientes del título que podrían ser, como las de Cassavetes, de amor.
Para amantes de lo oblicuo declinado en femenino.