Como nos recuerda el siglo XX, los grandes extravíos fueron precedidos de desórdenes territoriales.
Por Alberto Hutschenreuter
Para Clarín
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El pluralismo geopolítico se puede precisar de varias maneras. Por un lado, que la estructura internacional tenga varios polos es visto como una expresión de pluralismo geopolítico. Más allá de la primacía de China y Estados Unidos, el mundo es hoy un grabado completo con múltiples actores que han construido poder y están llamados a jugar un protagonismo mayor.
Además, el pluralismo geopolítico de cantidad se completa con el pluralismo geopolítico conceptual, esto es, la variedad de ideas relativas con lo que debe ser un orden mundial.
Por otro lado, hay un pluralismo geopolítico más relacionado con políticas de poder. Para Zbigniew Brzezinski, el pluralismo geopolítico consistía en apoyar regímenes políticos en aquellas repúblicas que formaban parte de la URSS con el fin de aislar a Moscú desde su periferia y restringir su ascendente geopolítico en Eurasia.
El fin del bipolarismo no significó el fin de esa idea y empleo del pluralismo geopolítico, pues el experto sugería que una Rusia más federalizada facilitaría una mejor gestión del Estado-continente.
También el pluralismo geopolítico se puede definir como la renuncia por parte de los “poderes que cuentan” a toda forma de coerción que afecte la construcción de poder nacional de los rivales. Ello fungiría favorable para la cooperación internacional.
Hoy, la afirmación de aquello que Stanley Hoffmann denominaba “políticas como de costumbre”, es decir, poder, intereses nacionales, capacidades e incertidumbre en materia de intenciones, ha restringido fuertemente el alcance del pluralismo geopolítico.
Tampoco es que antes predominaba demasiado el pluralismo geopolítico, pero hubo tiempos de “políticas de orden internacional” que proporcionaron mayor margen para la práctica del multilateralismo. En ese marco, el pluralismo geopolítico era algo más deferido.
Volviendo al multipolarismo, el pluralismo geopolítico afronta algo peor que un desorden internacional: un desorden en situación de confrontación, pues los “creadores de orden” se hallan en estado de “no guerra”, por caso, China y Estados Unidos o Europa y Rusia. Pero, aun considerando que el multipolarismo superara divisiones, el pluralismo geopolítico requerirá la admisión por parte de Occidente de enfoques ajenos sobre orden mundial. En términos del experto Andrei Tsygankov, “La paz y el orden dependerán cada vez más de convenios complejos sobre el equilibrio de poder y las diferencias culturales”.
En relación con el pluralismo geopolítico aplicado a países ubicados en zonas de interés de actores centrales, ello supone que estos polos “desactiven” sus reflejos geopolíticos perpetuos: China en relación con Taiwán; Rusia en la zona del Cáucaso y Europa del Este; o Estados Unidos en su Mare Nostrum del Caribe.
Pero ello difícilmente ocurra, sobre todo en un entorno de desarreglo internacional, porque para estos actores difícilmente habrá reciprocidad ante una eventual aplicación del pluralismo geopolítico, pues las percepciones de seguridad son diferentes y el principio de la duda de las intenciones entre ellos es muy fuerte.
Finalmente, más allá de la existencia de múltiples “doctrinas Monroes” en torno a zonas adyacentes de potencias mayores, hay otras cuestiones que restringen las chances de aplicación del “principio de pluralismo geopolítico”. Consideremos dos.
Por un lado, los temas asociados a la competencia tecnológica, por caso, en materia de chips, esa “nano-territorialidad” denominada “cerebro” de todo dispositivo electrónico. Casi como si se tratara de una teoría geopolítica del siglo XXI, bien podríamos decir que “aquel que controle el territorio de los chips avanzados, habrá logrado una ventaja casi decisiva en relación con el dominio de la IA, es decir, el factor de poder mayor”.
En gran medida, esto explica la disputa entre Estados Unidos y China, pues para el primero es fundamental ralentizar el propósito del segundo de lograr la autonomía estratégica en relación con esa tecnología.
Por ello, lo que debería implicar una interdependencia tecnológica se “armamentiza” en función de esa lógica de pugna que tiene como placa geopolítica la región del Indo-Pacífico, es decir, el lugar del mundo donde se llevan a cabo las mayores investigaciones en materia de chips y se despliegan las políticas de contención tecnológica a China, como así las represalias por parte del gigante asiático.
Por otro lado, los recursos estratégicos que exigen esas tecnologías, situación que implica pleitos por captación de fuentes, tanto por parte de los “imperios de silicio I”, los Estados y las alianzas geotecnológicas, como así de los “imperios de silicio II”, es decir, las grandes compañías tecnológicas, y también de grupos irregulares que operan en zonas del globo bajo la pátina de proteger gobiernos o entrenar a sus fuerzas armadas.
Por supuesto que en esa pugna por captación de fuentes estratégicas las formas son muy diferentes a los imperialismos tradicionales, desplegando las nuevas “supremacías globales de suministros” estrategias lábiles, prometedoras de riqueza y compasivas con la globalización.
En suma, el desplome del pluralismo geopolítico es un dato turbador de la situación internacional. Ocurre en paralelo a otros derrumbes, por caso, el del multilateralismo, solo que con el pluralismo geopolítico hay una lógica político-territorial. Y como nos recuerda el siglo XX, los grandes extravíos fueron precedidos de desórdenes territoriales.