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La ajustada definición del balotaje augura otro presidente con dificultades para gobernar. La polarización como rasgo compartido del presente.
Por Gonzalo Abascal
Para Clarín
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La definición del balotaje en Perú se vivió con la incertidumbre y la ansiedad de una maratón en la que se alterna el ganador.
Los títulos periodísticos no pudieron escapar al tono deportivo. "Final infartante en Perú", "La ventaja sigue estrechándose", "Sánchez le pisa los talones", "Sánchez supera por primera vez a Fujimori", fueron algunos de los utilizados en estas horas.
La virtual igualdad entre Roberto Sánchez, candidato de la izquierda, y Keiko Fujimori, hija del ex presidente y representante de la derecha, y el tiempo demandado para procesar los votos del interior y del exterior, le otorgaron un suspenso que se asociaría a otras disciplinas, pero no a la política.
Al momento de escribir estas líneas, los datos indican que "el escrutinio de casi un 96% de las mesas arroja una diferencia a favor de Sánchez que apenas supera los 23.000 votos. Prácticamente un 'empate técnico' que podría revertirse por los resultados del extranjero que quedan por contabilizar". Vale aclarar que en Perú hay poco más de 27 millones habilitados para votar.
Hay algo atrapante en ese final abierto. ¿Quién vencerá? es una pregunta central en la construcción de cualquier intriga.
El problema, si podemos llamarlo así, es que no se trata de una ficción, sino del futuro de un país. Pensado en esos términos, ¿es positivo que no haya un ganador claro? ¿Qué auguran estos porcentajes tan ajustados?
Los antecedentes no ofrecen demasiadas esperanzas.
En 2016, Pedro Pablo Kuczynski ganó la presidencia en segunda vuelta, justamente frente a Keiko Fujimori, con el 50,1% de los votos.
En 2021, Pedro Castillo también ganó en balotaje, con 50,2%, también frente a la hija de Fujimori.
Castillo duró poco más de un año, hasta diciembre de 2022, cuando fue destituido luego de intentar disolver el Congreso.
Kuczynski no llegó a los dos años, acorralado por la oposición del fujimorismo.
El escenario actual indica que están dadas todas las condiciones para que se repita la historia.
Un electorado que se advierte dividido social y geográficamente plantea una polarización que excede las estadísticas electorales. Más cuando la división refleja una cuestión identitaria, y no la lógica diferencia de miradas frente a la realidad .
Este tipo de polarización extrema, definida de perniciosa, deriva en una lógica de suma cero, en la que el ganador no consigue los instrumentos para gobernar, y la oposición bloquea permanentemente desde el Congreso.
¿Puede pensarse como una democracia que no funciona? O, para matizar la observación, ¿como un sistema que consagra gobiernos sin las capacidades mínimas para funcionar?
"En Perú la inestabilidad no interrumpe el sistema: es su forma de funcionamiento", escribió la politóloga Vanessa Cárdenas.
La preocupación mayor, en todo caso, es que la polarización no es un dato exclusivo del Perú, sino una realidad que se extiende a nuestra geografía; la escéptica idea de elegir al mal menor está, también, extendida entre nosotros y la definición del voto "para que no gane tal o cual" tampoco nos es extraña.
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