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Mundial 2026
Insistir únicamente en la lógica de la culpa es improductivo. La responsabilidad, en cambio, permite organizar respuestas y reconstruir vínculos.
Por Alejandro Castro Santander, en diario Clarín
Cada vez que ocurre un hecho grave en una escuela, ya sea una amenaza, una agresión o un ataque extremo, la sociedad busca una explicación inmediata. Y, casi siempre, al reducirla a un único responsable, termina equivocándose.
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La violencia escolar no nace de un día para otro ni aparece aislada dentro de las aulas. Se va construyendo lentamente, entre conflictos no abordados, señales ignoradas, vínculos deteriorados y responsabilidades que distintos actores fueron delegando.
Por eso, intentar explicar estos hechos señalando únicamente a la familia, a la escuela o al Estado no solo resulta injusto: también impide comprender el problema y actuar de manera efectiva.
Existe además una confusión frecuente entre responsabilidades diferentes. La familia es el primer espacio de formación en valores, afectos y conductas, pero la escuela también educa: lo debe hacer a través de los vínculos, las normas de convivencia y las experiencias compartidas. A la vez, el cuidado y la protección de los estudiantes durante la jornada escolar son responsabilidad de las instituciones educativas. Son funciones complementarias, no intercambiables. Cuando esa distinción se diluye, comienza el juego de acusaciones mutuas y cada sector encuentra argumentos para desentenderse de lo propio.
La evidencia internacional muestra que cuando la relación entre familia y escuela se debilita, los estudiantes lo sufren en distintas dimensiones: aprendizaje, bienestar afectivo, convivencia y sentido de pertenencia. No se trata de instituciones separadas, sino de sistemas profundamente interdependientes.
La escuela, además, atraviesa desde hace años una crisis de autoridad y de legitimidad que no puede atribuirse a una sola causa. Influyen la precarización, la falta de recursos, el desgaste institucional, la insuficiente formación frente a nuevos escenarios de violencia y políticas públicas que muchas veces llegan tarde. Recuperar autoridad no implica avanzar hacia respuestas cada vez más punitivas, como sucede en distintos sistemas educativos del mundo, sino fortalecer las condiciones que hacen posible educar, cuidar y acompañar.
Por eso, insistir únicamente en la lógica de la culpa es improductivo. La culpa paraliza. La responsabilidad, en cambio, permite organizar respuestas y reconstruir vínculos. Los niños y adolescentes que hoy asisten a la escuela no eligieron este contexto. Crecen observando adultos que, con demasiada frecuencia, se distribuyen culpas en lugar de asumir compromisos compartidos. Y aprenden más de esas conductas que de muchos discursos.
La reconstrucción es posible, pero exige decisiones concretas: un Estado que considere la educación una prioridad real; familias que se reconozcan como interlocutores activos de la escuela; docentes fortalecidos y valorados como profesionales estratégicos; y una sociedad que abandone las respuestas simplistas para apoyar políticas preventivas basadas en evidencia.
Lo urgente no siempre es lo más complejo: equipos de orientación activos, protocolos que se apliquen efectivamente, formación para la convivencia, prevención temprana y espacios genuinos de trabajo conjunto entre familias y escuelas. Ningún actor puede esperar que el otro cambie primero. Porque quienes no pueden seguir esperando son los estudiantes.
Esta grieta no apareció de un día para otro. Se fue abriendo con cada responsabilidad postergada y cada señal ignorada. Su reparación comienza cuando dejamos de preguntarnos únicamente quién tiene la culpa y empezamos a asumir qué le corresponde hacer a cada uno.