La actriz australiana, nueva Supergirl del universo DC, protagoniza una sesión impactante y reflexiona sobre la fama, el desafío de interpretar a un ícono y su crecimiento personal y profesional.
En una tarde de incipiente primavera en Londres, Milly Alcock se toma un momento en el jardín de su casa para “tomar algo de sol”. Con gorra, lentes y una energía contagiosa, la actriz se muestra relajada, aunque reconoce que el ritmo es intenso: “Hoy estoy funcionando a base de café muy fuerte”, dice entre risas. No es casual: es el presente de quien acaba de convertirse en Supergirl.
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La protagonista del próximo film del universo DC atraviesa un momento clave en su carrera. Aunque en pantalla suele estar rodeada de conflictos, en su vida personal prefiere evitarlos: “No me rodeo de gente dramática. Soy bastante evitativa del conflicto. Quiero que la gente me quiera”, confiesa.
El director Craig Gillespie, conocido por explorar personajes femeninos complejos en películas como I, Tonya o Cruella, no dudó en elogiarla. Si bien la elección de Alcock fue decisión de James Gunn, el realizador celebró la noticia: “Puede moverse entre el drama y el humor con una naturalidad increíble. Es algo muy difícil y ella lo hace perfecto”, destacó.
La actriz ya había debutado como el personaje con un cameo en Superman, y ahora asume su primer papel protagónico de gran escala. La presión es inevitable: “Es raro y maravilloso, pero también aterrador. Es un personaje que el público siente como propio”, admite. Sin embargo, hay momentos que la conmueven profundamente: “Ver a nenas disfrazadas de Supergirl te llena el corazón”.

Alcock reconoce que hay un vínculo personal con el personaje. “Es alguien que no quiere ser heroína, que le asusta la responsabilidad. Y eso es algo con lo que puedo identificarme”, explica. Esa conexión le permitió construir una interpretación cargada de emoción e irreverencia, dos rasgos que Gillespie destaca especialmente.
Su salto a la fama comenzó con su papel como Rhaenyra Targaryen en House of the Dragon, que le valió reconocimiento internacional y una nominación a los Critics’ Choice Awards. Desde entonces, su vida cambió: “Hay una sensación constante de ser observada. Vivimos en una especie de economía de la vigilancia, y todavía estoy aprendiendo a lidiar con eso”, reflexiona.
A pesar del crecimiento de su carrera, su entorno sigue siendo su ancla. Criada en Sídney, Alcock destaca el rol de su familia: “Mi mamá nos crió sola a mis hermanos y a mí. Para ellos sigo siendo la misma Milly”.
Formada en la Newtown High School of the Performing Arts, asegura que su preparación actoral fue tan excéntrica como útil: “Hacíamos ejercicios rarísimos, pero la idea era soltar el ego. Actuar es vergonzoso y liberador al mismo tiempo”, sostiene.

El rodaje de Supergirl también implicó un gran desafío físico. Proveniente de una familia deportista, la actriz disfrutó esa exigencia: “Siempre fuimos muy activos. Entendí desde chica que lo físico influye en lo emocional”. Sin embargo, no todo fue sencillo: llegó a enfrentar momentos de ansiedad durante escenas complejas en altura.
Sobre el tono de la película, adelanta: “Es muy oscuro, medio western espacial, con bares y mucho neón”. Una estética que promete diferenciarse dentro del universo de superhéroes.
Con el estreno previsto para el 25 de junio, Alcock también piensa en el futuro. Sabe que este papel marcará un antes y un después: “Va a cambiar cómo me perciben y las oportunidades que tenga, pero cada trabajo te transforma”, afirma.

Además, ya proyecta nuevos desafíos: planea lanzar su propia productora junto a amigos y explorar el cine desde otros roles. “Me encanta actuar, pero no sé si en 30 años quiero seguir siendo una figura pública. Me interesa todo el proceso creativo”, concluye.
Mientras tanto, su presente es claro: Milly Alcock no solo interpreta a Supergirl, sino que se consolida como una de las grandes promesas de Hollywood.