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Opinión y Actualidad

Inmunes a la fiebre del Mundial

Confesiones de una escritora antifútbol: no sé si será algo genético, si nací con una deficiencia congénita o una enfermedad hereditaria.

Hoy 07:00

Por Paloma Fabrykant
Para Clarín

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Se acerca el Mundial y no me queda más remedio que admitir que pertenezco a ese gélido sector de la población que no entiende el fútbol. Cada cuatro años vuelvo a sentirme apátrida, traidora y cipaya, solo por no experimentar palpitaciones cercanas a la arritmia cada vez que suena esa voz latosa de los relatores en la previa de los partidos. Por  lo general, me esfuerzo bastante en disimular esta ausencia de corazón que distingue mi anatomía como un misterio clínico. Imito los suspiros de los hinchas, trato de colar algún comentario analítico sobre alguna jugada robado de Internet, pero al final mi fraude siempre se descubre. Soy una analfabeta futbolística. Una inmune.

No  sé si será algo genético, si nací con una deficiencia congénita o una enfermedad hereditaria. Es posible, porque mi viejo es un antifutbol histórico, pero aún así mi hermana menor salió sanita y se agarra la camiseta en cada tiro libre como cualquier argentino de  bien. Yo la miro y me muero de envidia. ¿Por qué este virus me pasó de  largo? ¿Que tiene mi organismo que no puede albergarlo? En realidad me dan envidia todas las fiebres: la de los fans con sus ídolos, los fieles con sus sacerdotes, los militantes con sus líderes. Pero ninguna es tan contagiosa y letal como la de los futboleros cuando viene el Mundial. Olvidan sus enemistades inter cuadros, sus diferencias sociales, sus antagonismos políticos, y confluyen en una sola cuarentena celeste y blanca. En esos momentos daría lo que fuera por no quedarme afuera, y miro con fijeza la pantalla donde los minúsculos muñequitos se desplazan sobre el verde. Pero sigo sin entender. Son muy chiquitos. Sólo cuando hacen un acercamiento a la cara de alguno, en una expresión de dolor por una patada recibida o un penal errado, puedo sentir algo de empatía.

A mi alrededor se densifica una atmósfera que me excluye. Mis compañeros de trabajo ya no hablan de otra cosa. Va a haber partidos en horario  laboral y están organizando turnos para verlos. Siento como se impone ese aura mística donde rige la superstición y las cábalas ganan terreno. Tengo un amigo que tuvo que ir al baño justo cuando el Dibu sacó la pierna para tapar un remate en la final contra Francia. Ahora quieren hacerlo beber la cantidad de líquido suficiente para que orine al menos cuatro veces por fecha. Hay otro que gentilmente invitó a toda la barra a la casa aquel domingo mágico, y ahora no le queda más remedio que ser anfitrión y preparar los sandwiches hasta el fin de sus días.

Yo trataré una vez más de pasar desapercibida, hacer comentarios que no denoten mi flagrante ignorancia y mantener oculto lo que pasó cuando ganamos la última copa. Aunque pensándolo mejor, prefiero blanquearlo de una vez. Estaba aburrida, cansada, y me quedé dormida durante el tiempo suplementario. Me despertaron los gritos de campeones. Listo, lo dije.

Ahora me voy a meter en la cama y no me dejen salir hasta agosto.