El Presidente parece decidido a atar su destino al de su jefe de Gabinete, cuyo escándalo se profundiza día a día y no se ausenta de las primeras planas desde hace dos meses.
Por Pablo Vaca
Para Clarín
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Dice Javier Milei que le gusta acelerar en las curvas, pero hasta ahora parecía que por lo menos frenaba ante las paredes. El caso Adorni estaría desmintiendo esa teoría.
Hace cinco semanas -que en este país, donde la actualidad política se mide en “años perros”, equivalen a muchísimo tiempo-, esta misma columna se titulaba: “Urgente, se busca tema que no sea Adorni”.
Allí decía, textualmente: “Casi con unanimidad, las columnas de análisis y los escenarios políticos de este fin de semana de los medios importantes hablaban del problema que representa para el Gobierno el escándalo alrededor del jefe de Gabinete, Manuel Adorni”.
Hoy podría escribirse lo mismo, palabra por palabra. No es un elogio para el autor: debería ser un gigantesco llamado de atención para el Gobierno.
Desde entonces, este ha probado diferentes métodos para sacar de escena los problemas del jefe de Gabinete. Incluso intentó poniéndolo bajo los reflectores, contraintuitivamente, como cuando fue al Congreso aupado por Milei, la hermanísima Karina y el Gabinete en pleno, tal vez creyendo que la sobreexposición provocaría un efecto anestésico.
No funcionó.
El escándalo sigue profundizándose, día tras día.
Logra destacarse entre una enorme maraña de casos judiciales que inundan los títulos de la sección Política de los diarios y que incluyen las investigaciones por la corrupción en la AFA, los manejos con las SIRA y el dólar blue en la época de Sergio Massa, el juicio en marcha por los Cuadernos de las Coimas con Cristina en el banquillo, los gastos de la tarjeta de crédito de Nucleoeléctrica, las maniobras con los seguros en la presidencia de Alberto Fernández, los sobreprecios en Discapacidad y la criptomoneda $LIBRA, en una lista que no pretende ser exhaustiva ni mucho menos.
En medio de ese inventario, efectivamente lo de Adorni parece de poca monta (o de poco monto), como dicen quienes quieren bajarles el precio a las correrías del exvocero. Para el público promedio, se transforma en un apellido más de una larga enumeración de políticos investigados.
Pero minimizar su peso en el devenir mileísta implicaría un error grave: es el propio Presidente, quien lo ha defendido toda vez que pudo a capa y espada, el que eleva al máximo su cotización cuando afirma ante el pleno del Gabinete que prefiere perder las elecciones a echar a su jefe de ministros.
Es ahí cuando a varios ministros, funcionarios y legisladores oficialistas les corre un sudor frío por la espalda. Ya no es Milei acelerando en la curva sino frente a la pared: por algún motivo que no termina de quedar claro, el Presidente y su hermana parecen decididos a atar su destino al de Adorni.
Lo cierto es que la única manera de que el escándalo se acalle de verdad consiste en que el jefe de Gabinete presente una declaración jurada que justifique los gastos que hizo en sus nuevas propiedades y en viajes al exterior. Dice que la está haciendo, aunque no pueden evitarse las suspicacias ante tamaña parsimonia.
El Gobierno también necesita que no trasciendan más expendios en dólares en efectivo que los conocidos hasta el momento. Sin embargo, periodistas bien informados aseguran que hay más tierra oculta bajo la alfombra que la revelada hasta hoy.
Aquella columna de hace cinco semanas terminaba preguntándose si habría un punto en el que los hermanos Milei consideraran que el costo de sostener a Adorni superaba al beneficio. Y cuál era ese beneficio. Ambos interrogantes siguen sin respuesta.
La pared se acerca.