En la escena de los dos ladrones crucificados junto a Jesús el Viernes Santo, el Evangelio de San Lucas narra que uno de ellos lo increpa: “¿No eres tú el Cristo? Pues ¡Sálvate a ti y a nosotros!”.
Por Carlos A. de Kemmeter
Para La Nación
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Mientras que el otro, reprende al ofensor: “¿Es que tú no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho”. Y volviéndose a Jesús, le dice: “Señor, acuérdate de mí cuando vayas a tu Reino”. Cristo le responde: “Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso”.
En su poema “Lucas XXIII”, Borges evoca este pasaje. Al referirse al Buen Ladrón, sus versos comienzan: “Gentil o hebreo o simplemente un hombre cuya cara en el tiempo se ha perdido; ya no rescataremos del olvido las silenciosas letras de su nombre”. Llamativamente el Evangelio no menciona el nombre del Buen Ladrón, ni su identidad u origen. Borges capta ese misterio y deja traslucir que aquél podría haber sido cualquier hombre.
Los versos siguen: “Supo de la clemencia lo que puede saber un bandolero que Judea clava a una cruz. Del tiempo que antecede nada alcanzamos hoy. En su tarea última de morir crucificado, oyó, entre los escarnios de la gente, que el que estaba muriéndose a su lado era Dios y le dijo ciegamente: Acuérdate de mí cuando vinieres a tu reino, y la voz inconcebible que un día juzgará a todos los seres le prometió desde la Cruz terrible el Paraíso”.
Nunca fue Dios menos Dios para los ojos del mundo. Nunca fue Dios más Dios para los ojos del Cielo. En la oscuridad del sufrimiento y el abandono, resplandece la luz de la divinidad de Cristo y su poder infinito.
A diferencia de todos los que en su “fracaso” abandonan a Jesús, el Buen Ladrón se convierte al compartir con Cristo la cruz. Desde ese lugar de derrota y muerte, el Buen Ladrón encuentra la mirada del amor y el perdón que manifiesta la omnipotencia de Dios.
El diálogo que recrea el poema permanecerá para siempre. Uno pide al otro simplemente que se acuerde de él y el otro le promete el Paraíso, que es mucho más de lo que aquél pide. Como dice Borges: “Nada más dijeron hasta que vino el fin, pero la historia no dejará que muera la memoria de aquella tarde en que los dos murieron” (el autor también lo menciona en su poema “El Oriente”).
Y el texto cierra: “Oh amigos, la inocencia de este amigo de Jesucristo, ese candor que hizo que pidiera y ganara el Paraíso desde las ignominias del castigo, era el que tantas veces al pecado lo arrojó y al azar ensangrentado.”.
Según María Esther Vázquez, Borges reconocía el valor de la Biblia en su formación: “Debo recordar a mi abuela que sabía de memoria la Biblia, de modo que puedo haber entrado en la literatura por el camino del Espíritu Santo” (Gianfranco Ravasi, “La Biblia Según Borges”, “Atrio de los Gentiles”, Revista “Criterio”, N° 2412).
En una conferencia en la Universidad de Harvard, Borges destacaba tres obras capitales: La Ilíada, La Odisea y los Evangelios, que superaban a las dos primeras: “Las tres historias –la de Troya, de Ulises y de Jesús– han bastado a la humanidad… Pero, en el caso de los Evangelios, hay una diferencia: creo que la historia de Cristo no puede ser contada mejor” (Gianfranco Ravasi).
Para Borges, el lenguaje poético es fruto de una inspiración: “toda poesía es misteriosa; nadie sabe del todo lo que le ha sido dado escribir. La triste mitología de nuestro tiempo habla de la subconciencia o, lo que aún es menos hermoso, de lo subconsciente; los griegos invocaban la musa; los hebreos el Espíritu Santo; el sentido es el mismo” (Prólogo de su Obra poética). Según el autor, la poesía es un “brusco don del Espíritu” (Prólogo de Cuaderno de San Martín), el cual “sopla donde quiere” (Conferencia sobre “El Martín Fierro”, con cita del Evangelio de San Juan y de las palabras de Jesús a Nicodemo).
Para los griegos la inspiración del artista era un hecho sobrenatural y trascendental, por el que el poder divino penetraba en el poeta y le confería el impulso creador.
En la obra “Mateo XXV, 30”, de Borges, podemos leer: “Desde el invisible horizonte y desde el centro de mi ser, una voz infinita dijo estas cosas”. Es la voz que inspira al escritor, que recibe el “don”. A veces resulta difícil crear el arte y seguir fielmente tal voz, como sucede en el poema recién nombrado (sobre la “Parábola de los Talentos”), donde el personaje no puede finalmente concretar su obra, ni hacer fructificar su “talento” y escribir el poema. En palabras de Borges, se trata de ir “devolviéndole a Dios unos centavos del caudal infinito que me pone en las manos” (“Versos de Catorce”).
El poeta capta el mundo superior e invisible e intenta difundirlo a los demás, para unirlos a aquél, de modo de integrar lo visible con lo invisible, de calmar su sed infinito, a pesar de que “el poema es inagotable” y “no llegará jamás al último verso” (Borges, “Otro Poema de los Dones”).
Borges nos advierte que la poesía es la magia del alma movida por la emoción, por “Cristo que se muere en un madero” (“Baltasar Gracián”). Ser poeta es decir las cosas eternas (“Browning Resuelve Ser Poeta”), y proyectar la emoción estética (Epílogo de la “Historia de la Noche”) para “tocarnos físicamente, como la cercanía del mar” (Prólogo de “La Rosa Profunda”).
La magia poética es para Borges un fulgor que el artista y el lector pueden alternativamente descubrir. Al comienzo de Fervor de Buenos Aires, escribe: “Si las páginas de este libro consienten algún verso feliz, perdóneme el lector la descortesía de haberlo usurpado yo, previamente. Nuestras nadas poco difieren; es trivial y fortuita la circunstancia de que seas tú el lector de estos ejercicios, y yo su redactor”.
También se lee en el Prólogo de El elogio de la sombra que la “belleza es común”, y por ello se puede encontrar y compartir. Aunque la Belleza con mayúscula, absoluta y plena, no se pueda conocer en esta vida, pues “es un don vedado a los hombres” (Borges, “El Espejo y la Máscara”).
Las poesías de Borges revelan su inquietud espiritual y su búsqueda de la Verdad. Según decía Edith Stein al referirse a su maestro, el gran filósofo Edmund Husserl, “El que busca la Verdad, ése busca a Dios, si lo advierte como si no”.
Se dice que Borges era agnóstico, pero ello no le impedía aludir a la existencia de alguien superior y misterioso en parte de sus poemas. Por ejemplo, cuando menciona a un “Dios, que salva el metal, salva la escoria y cifra en su profética memoria las lunas que serán y las que han sido”; o cuando expresa que del otro lado del Ocaso se verán los “Arquetipos y Esplendores” (“Everness”) y que, al entrar en la gloria, el personaje contemplará el “inexorable sol de Dios, la Verdad” (“Baltasar Gracián”); o cuando en “Jonathan Edwards (1703 – 1785)” escribe que “[n]o hay una cosa de Dios en el sereno ambiente, que no lo exalte misteriosamente”.
María Kodama se refería a los agnósticos (como ella y Borges), como quienes tratan de encontrar a Dios por el único camino por el que posiblemente no puedan hacerlo, que es el de la razón; lo que no quita que todo el tiempo y de algún modo piensen en él (“Kodama revela la relación de Borges con Bergoglio”, “La Voz del Interior – Marc Bassets – El País de Madrid”, 20-06-2015).
Tal como relata su colaborador y amigo Roberto Alifano, a Borges lo visitaban dos sacerdotes. Uno de ellos insistía con obstinación e imprudencia –a disgusto de Borges— en convertirlo a la fe católica y lo sermoneaba. Mientras que el otro (en ese entonces, el Padre Jorge Mario Bergoglio), tenía una relación de amistad con el escritor, quien consideraba que este sacerdote era una persona inteligente y sensata, con la que se podía conversar de cualquier tema; y que además tenía sentido del humor. Ninguno de los dos creía que su encuentro se daba por azar (“Borges y Bergoglio, Crónica de una entrañable amistad”, Infobae, 17-09-2022; y su libro El Humor de Borges).
Según María Kodama, la religión nunca fue ajena a Borges, quien jamás dejó de preguntarse por el misterio de la trascendencia. Y que incluso, poco antes de morir, ante sus preguntas y dudas quiso conversar con un sacerdote católico y un pastor protestante.
Se ha dicho también que el día anterior a su muerte, Borges fue asistido por un sacerdote, quien dijo: “Borges estaba ya muy débil, y no nos fue posible mantener una conversación. En forma manifiesta él comprendía lo que yo le decía. Lo sentí asociarse a la oración y al sacramento de la reconciliación” (Pierre Jaquet, citado por Ignacio J. Navarro, “Borges y el Más Extraño de los Hombres”, Revista Criterio, N° 2.212).
A pesar de que es difícil abarcar todo el lenguaje borgeano, hay obras y testimonios en los cuales Borges revela un escepticismo esencial; en los que niega la vida después de la muerte, la naturaleza divina de Jesús (a quien califica, en “Alguien Sueña”, como “el más extraño de los hombres”) y la existencia de Dios (en un reportaje de César Hildebrandt).
Sin embargo, en otras obras Borges deja abierta la puerta a la trascendencia y a Dios, tal vez intuye la existencia de realidades superiores y de rasgos de divinidad en Cristo, y quizás anhela la esperanza en un mundo sobrenatural; en ese “Cielo” sobre el que Borges conjetura que tal vez nos dará lo más alto: ser aceptados como somos y “admitidos como parte de una Realidad innegable” (“Llaneza”).
Así, en el epílogo de El Libro de Arena, confiesa: “no he merecido nunca semejante revelación” (se refiere al éxtasis religioso de Chesterton y John Bunyan), “pero he procurado soñarla”. Y, si bien en “Cristo en la Cruz” Borges escribe (al referirse a Jesús): “Sabe que no es un dios y que es un hombre que muere con el día”, allí también tal vez expresa el deseo del encuentro con Cristo: “No lo veo y seguiré buscándolo hasta el día último de mis pasos por la tierra”.
Una búsqueda que quizás haya superado su escepticismo y entrañe un deseo de aferrarse a la Esperanza. Un anhelo que explicaría por qué el pasaje del Buen Ladrón conmovió especialmente a Borges, quien escribía en otra de sus poesías: “Gracias quiero dar al divino laberinto de los efectos y de las causas …. Por las palabras que en un crepúsculo se dijeron de una cruz a otra cruz” (“Otro Poema de los Dones”).
Esas palabras de esperanza de una cruz a otra implican el encuentro del arrepentimiento y del perdón. Simbolizan el triunfo de la misericordia, incluso en el momento último, en el cual el hombre es aún capaz de reconocer la Verdad y de recibir compasión y consuelo. Revelan que la angustia humana es superada por la esperanza, que colma las ansias del hombre y su sed de infinito. Que la muerte tan temida, es vencida por la vida.
La labor de todo escritor es generosa (y por ende auténtica), cuando descubre la belleza del arte y la comparte. Cuando comunica la voz que lo ha inspirado y une lo visible a lo invisible, tal como lo ha regalado Borges al brindar su “talento” literario; sin ocultarlo, ni reservarlo para sí. En sus propias palabras: “[el que da no se priva de lo que da. Dar y recibir son lo mismo” (Inscripción, “La Cifra”).
Borges agradece por el amor, “porque nos deja ver a los otros como los ve la divinidad” (“Otro Poema de los Dones”). Con su mirada de Padre misericordioso, Dios no abandona al siervo bueno de la “Parábola de los Talentos”, y siempre espera y recibe al hijo que lo busca de verdad y que lo reconoce, incluso en el último instante (como el Buen Ladrón). A pesar de que el hombre puede no creer en Dios, Él siempre cree en el hombre.