La democracia sufre el mismo mal que la tecnología: demasiado compleja para ser asimilada, demasiado poderosa para ser gobernada, demasiado sofisticada para ser apreciada.
Por Loris Zanatta, en diario La Nación
“Dios está muy orgulloso de lo que hago”, dice Donald Trump. La “voluntad del Señor” guía mi “misión sagrada”, le hace eco Vladimir Putin. “Demos gracias a Dios”, añade Recep Tayyip Erdoğan, “por habernos dado esta nación y la responsabilidad de guiarla”. “Soy una simple herramienta de Dios”, se une al coro Narendra Modi, humilde servidor de mil quinientos millones de indios. De Hamas ni hablar: “Alá es el fin, el Profeta el modelo, el Corán la constitución, la jihad el camino”. Benjamin Netanyahu responde con el Eclesiastés: “Hay un tiempo para la paz y otro para la guerra”. “No es casualidad que Hungría tenga un gobierno cristiano”, explica Viktor Orban, es un don de Dios. ¿Nayib Bukele? “Instrumento” de Dios. “Dios está de nuestro lado”, zanja Javier Milei.
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De continuar, no terminaría nunca: mires donde mires, lo llames como lo llames, Dios está en todas partes. Cada uno el suyo, un Dios prêt-à-porter, cómodo de llevar, elegante de exhibir. Por él se muere, por él se mata. Dios y patria, Dios y pueblo, Dios y cultura, Dios e identidad. El segundo mandamiento se ha ido al demonio. Literalmente. China se escuda en Confucio, el islam en Mahoma, Sri Lanka en Buda, Rusia en Cristo.
Algunos dirán que son solo formas de hablar, figuras retóricas que siempre han existido, humo verbal sin sustancia. Se equivocan. Desde que el mundo es mundo, ha habido épocas más religiosas y épocas más seculares. Y la nuestra es una época religiosa, por lo tanto más intolerante y belicosa. Tanto las épocas religiosas pretenden lo absoluto como las seculares construyen lo posible; tanto las primeras exigen armonía como las segundas tratan de gobernar el conflicto. El encanto religioso tiene hambre de teocracia; el desencanto secular se conforma con la democracia.
No se trata, por supuesto, de un problema religioso, de la libertad de creer o no creer, de la que algunos disfrutamos y que a otros se les niega. Se trata de un problema político, de la pretensión de ejercer el poder en nombre de Dios para sustraerlo al juicio de los hombres, al límite de la ley, al escrutinio de las instituciones. Una vieja costumbre. Nos creemos muy modernos, pero en el fondo seguimos siendo los mismos de siempre; inventamos cosas nuevas, pero seguimos haciendo las antiguas.
La democracia sufre el mismo mal que la tecnología: demasiado compleja para ser asimilada, demasiado poderosa para ser gobernada, demasiado sofisticada para ser apreciada. Se ve bien en el lugar donde se entrelazan las redes sociales: tierra de libertad sin responsabilidad, de guerra de religión sin mediación. La teocracia es a la primera lo que el antimodernismo a la segunda: contra el caos, dadme orden; contra la duda, certeza; contra la responsabilidad, obediencia; contra el mal, un enemigo. Y que Dios nos guíe. Se entiende que en tiempos de grandes cambios, goce de tan buena salud.
Trump y Putin, Erdoğan, Modi y los demás interpretan, en definitiva, un papel ya conocido, entonan el antiguo coro de la teocracia. En las democracias se encuentran con obstáculos que no existen en las autocracias, pero el silogismo teocrático es el mismo en todas partes: el pueblo me ha votado, mi pueblo es el pueblo de Dios, mi gobierno es un instrumento de Dios. ¿Quién se atreverá a desafiar la voluntad de Dios? ¿A obstaculizarla, criticarla, limitarla? Adiós al “gobierno limitado”. Y golpes a prensa y parlamentos, jueces y periodistas, partidos y disidentes: los vasos sanguíneos de la democracia son los herejes de la teocracia. Juez de lo verdadero y lo falso, el gobierno acumula poderes; guardián del dogma y censor de las opiniones, el Estado neutral se convierte en Estado ético.
Pero así como en las épocas seculares el río religioso fluye subterráneamente, del mismo modo en las épocas religiosas quien excava la roca es el secular. Y así como en el pasado se cometió el error de dar por sentada la secularización del mundo, ahora se vuelve a errar al dar por muerta la secularización. Lo estamos viendo en Irán. Pronto lo veremos en Cuba y en otros lugares: si la teocracia es la tumba de la democracia, la democracia lo es de la teocracia.
La revuelta iraní tiene muchas caras y diversas razones. Pero el rechazo de la teocracia destaca entre las demás, es lo que la convierte en un acontecimiento global, un poderoso anticuerpo contra el impulso teocrático de nuestro tiempo en el más teocrático de los regímenes. Nos recuerda que en Irán y en gran parte del mundo islámico se está llevando a cabo desde hace tiempo un amplio proceso de secularización. Un proceso impulsado ante todo por el cambio en la condición de la mujer: muchas jóvenes estudian o trabajan, son más autónomas y se casan más tarde, tienen menos hijos y revolucionan los roles sociales y familiares tradicionales, la relación entre individuo y comunidad, ciudadanía y religiosidad. Para muchas, el motor del cambio es la emigración, el contacto con el mundo secular.
¿No es lo que ocurrió en su momento en los países latinos y católicos? ¿No son hoy las teocracias islámicas en ese mundo lo que hace un siglo fueron en el nuestro las teocracias nacional-católicas? ¿No combaten ellas, como aquellas combatieron, la democracia política, las libertades individuales, la autonomía de la conciencia, la secularización? Y sin embargo, veo a muchos aprovechar la islamofobia para defender la causa de una teocracia blanca y cristiana. Especular con el miedo al dominio islámico cuando los expertos señalan que el islamismo radical está en declive, que su violencia es igual a su crisis. Aquellas chicas masacradas en Teherán en nombre de Dios deberían más bien despertar en nosotros las razones de nuestra laicidad, el orgullo de nuestras sociedades abiertas, el verdadero secreto de nuestras democracias. ¡Ojalá se deje de “tomar el nombre de Dios en vano”!