El equipo de Úbeda sigue sin dar garantías en el Apertura y perdió ante el Fortín por 2 a 1 en el marco de la cuarta fecha del certamen. El pibe Zufiaurre el descuento para el Xeneize.
La comparación con el ciclo de Guillermo Barros Schelotto vuelve cada vez que Boca tropieza. No por nostalgia vacía, sino por contraste. Hoy el Xeneize parece un equipo sin forma definida, sostenido más por jerarquías individuales que por una estructura colectiva.
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En Liniers, el partido fue parejo durante un primer tiempo oscilante. Boca insinuó un poco más, pero sin profundidad. Vélez, con muchos juveniles, mostró intensidad hormonal, desordenada por momentos, pero valiente. El quiebre llegó en el complemento: el local asumió el protagonismo, salió decidido a ganarlo y transformó esa convicción en superioridad real.
Ahí crecieron nombres propios. Pellegrini, con dos goles, fue decisivo. Andrada sostuvo cuando hizo falta. Pero el eje fue Valdés, el chileno que hizo jugar al equipo y firmó dos asistencias de categoría. En una ráfaga, el Fortín golpeó dos veces y dejó a Boca sin reacción, repitiendo un patrón preocupante: el equipo se derrumba tras el primer golpe.

Ni la jerarquía de Paredes, ni el empuje de Merentiel, ni los intentos aislados alcanzaron. Boca no tuvo plan alternativo, ni rebeldía colectiva. El descuento tardío apenas agregó suspenso estadístico: estuvo más cerca el tercero de Vélez que el empate visitante. La sensación final fue conocida: más que extrañar nombres propios, el Xeneize extraña una idea, un entrenador que imponga identidad y potencie al equipo. El apellido es secundario; la ausencia de rumbo, no.

