El estupendo Jack Quaid interpreta a un antihéroe que es incapaz de sentir dolor físico en esta cinta de Dan Berk y Robert Olsen que se puede emparentar con clásicos modernos.
Por Pablo Vázquez
Para Fotogramas
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Tanto 'Super' (James Gunn, 2010) como las dos entregas de 'Kick Ass' (Matthew Vaughn, 2010; Jeff Wadlow, 2013) ya nos avisaban de lo complicado que puede ser convertirse en un superhéroe en tiempos dominados por la ambigüedad posmoderna. 'Novocaine', que repite el título de una sugestiva comedia negra de David Atkins conocida como 'Sonrisa peligrosa' (2001), surge en un momento de 'impasse' de los universos de Marvel y DC y nos ofrece una lectura a priori apasionante de la desubicación del héroe contemporáneo, así como del hombre que se oculta tras la máscara. El personaje interpretado por un estupendo Jack Quaid, hijo herido del 'bullying' adolescente, no es ni feo ni guapo, ni demasiado empático ni ferozmente hosco; más bien parece un arquetipo kafkiano desconcertado y desconcertante, incapaz de reconocerse.
La película de Berk y Olsen lo dota además de un superpoder eminentemente trágico: es incapaz de sentir dolor físico. Los acordes de la 'power ballad' 'Everybody Hurts' de R.E.M. y la presencia de una desaprovechada Amber Midthunder como su interés sentimental podrían sugerir que sus autores, después de subvertir, con mayor o menor fortuna, géneros como el wéstern, la ciencia-ficción o el horror, persiguen una reformulación violenta y doliente de la 'romcom' contemporánea, con elementos de la malentendida 'Operación Reno' (2000). Luego los tiros van por otro lado, claro, pero si hay algo que emparenta 'Novocaine' con el último film para la pantalla grande del no menos grande John Frankenheimer es la reivindicación de la 'action movie' canónica como un territorio personal, honesto y, desde luego, epidérmico.
Chris Columbus, en la promoción de 'Mi Pobre Angelito 2. Perdido en Nueva York' (1992) defendía que un hombre que recibía un pastel en la cara no le resultaba divertido, pero sí uno golpeado por un ladrillo en los morros. Con un entusiasmo tan contagioso como hiperbólico, el crítico Carlos Pumares celebraba la condición de antihéroe de Bruce Willis en 'Duro de Matar' (John MacTiernan, 1988) por su capacidad de mostrar su cuerpo herido y progresivamente surcado de heridas y cortes, al contrario de sus rivales Stallone y Schwarzenegger. No por casualidad ambos clásicos modernos se citan, directa o indirectamente, en el curso de una película que, en sus mejores momentos, recuerda a una pesadilla urbana contemporánea en la línea de 'Giro inesperado' (J. Carnahan, 2014) o 'Upgrade. Ilimitado' (L. Whannell, 2018).
Una pena que, con unos mimbres tan poderosos, la película de Berk y Olsen se encorsete en su segundo acto en un desarrollo previsible, juguetón pero, a fin de cuentas, inofensivo (sorpresas que no lo son tanto, pereza argumental, giros que vimos venir, secundarios de medio pelo), y sea incapaz de escarbar en los pliegues más tenebrosos del macabro espectáculo que propone en sus escenas más notables, aquellas que ligan la distorsión disparatada del 'cartoon' tradicional con la brutalidad del 'body horror' o el cine de la crueldad, buscando las cosquillas a partir de la tortura en plano detalle. Así, lo que habría podido ser un revulsivo de fórmulas tan eficaces como homogéneas, incluso gastadas, se queda en una curiosa, a veces divertida y siempre simpática, nota al pie con resabios al ya clásico y nostálgico thriller de acción noventero.
Para estudiosos de las mutaciones de la masculinidad herida hasta el vapuleo.