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Opinión y Actualidad

¿De qué Occidente estamos hablando?

Situaciones nunca antes vistas desde Washington: el fusilamiento público, transmitido en vivo, de un ex mayor del ejército condenado a muerte por una masacre. El antecedente de la crisis con Cuba. Por qué Atenas se está convirtiendo en Esparta.

Hoy 07:01

Por Loris Zanatta
Para Clarín

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Miren y aprendan: Pete Hegseth, el secretario de Defensa de Estados Unidos, anunció el fusilamiento público, transmitido en vivo, de un ex mayor del ejército condenado a muerte por una masacre. Es bueno que los ciudadanos vean las consecuencias del terrorismo, explicó: pedagogía negra, Estado ético. Cosas nunca antes vistas en las pantallas de Washington.

No creo que llegue a hacerse realidad. Donald Trump, inicialmente favorable, huele el gol en contra y quizá nos ahorre un paso más hacia la barbarie del país en el que tantos vimos un faro de civilización.

Un país, por lo visto, ansioso por experimentar los autos de fe de los que hasta ahora había permanecido inmune, esos ritos morbosos con los que las teocracias de todos los tiempos y épocas explotan los instintos más brutales de la multitud, ofreciéndole como alimento una catarsis colectiva, una purificación exprés. Pero la noticia me ha traído a la memoria una vieja historia. Vale la pena contarla.

Pocos saben, menos aún recuerdan, cuál fue la causa de la primera gran crisis entre Cuba y Estados Unidos después de la Revolución. Ocurrió que, tras tomar el poder, Fidel Castro escenificó fusilamientos colectivos en lugares públicos y los transmitió por televisión. Instigada a la venganza, azuzada por el Nuevo Mesías, la multitud gritaba "¡paredón!". Revolución rimaba con expiación, el Hombre Nuevo exigía la muerte violenta del Viejo. En nombre de la justicia y de la libertad.

Pero el tiro al esbirro le salió por la culata. Al irrumpir a la hora de la cena en los hogares estadounidenses, las imágenes de los cráneos destrozados por las balas revolucionarias los horrorizaron. Habían creído que Castro era Cristo y los barbudos, sus profetas. Empezaron a dudarlo. El presidente Eisenhower protestó, Fidel le respondió que no se entrometiera. Desde entonces, sin embargo, siguió fusilando en privado.

La noticia de la brillante idea de Hegseth ha dado la vuelta al mundo. Algunos han evocado el circo romano, otros han recurrido a Michel Foucault. Unos han apelado al buen gusto, otros al sentido común. Algunos han dicho "como en Irán", otros "como en Afganistán". Todo cierto, todo muy justo. Pero ¿qué nos dice sobre nuestra civilización? ¿Sobre nuestra época? ¿Sobre Estados Unidos? ¿Qué les hace admisible hoy lo que en el pasado resultaba reprobable?

Lamento decirlo, duele constatarlo, pero, dicho con arquetipos, nuestra querida Atenas se está convirtiendo en Esparta. La sociedad civil y comercial en la que se miró el Occidente, democrática y plural, es cada vez más una sociedad religiosa y militar, autoritaria y confesional.

Desde 2001, desde que en el apogeo de la gloria experimentó la máxima vulnerabilidad. El miedo desplazó entonces a la confianza. Y del miedo se alimenta la idea del suplicio público, un ritual religioso: el condenado cumple una función expiatoria; eliminado él, eliminado el mal; ejecutado en público, purificada la comunidad. Es una cadena antigua y poderosa: pecado, sacrificio, expiación, redención. Restaurado el bien, el Estado sale fuerte, puro, sagrado.

Siempre existió en Estados Unidos un alma espartana agazapada detrás del escaparate ateniense, una pulsión violenta a fundar la unanimidad sobre la inmolación del chivo expiatorio de turno.

País de libertad, es también un país de Ku Klux Klan y macartismo. Entre avances y retrocesos, esa alma ha terminado imponiéndose, esa violencia ha recuperado el orgullo de actuar. Y así, el cosmopolitismo cede ante el racismo, el universalismo ante el nacionalismo, la acogida ante la xenofobia, el multilateralismo ante el unilateralismo, la fe ante el fanatismo, la fuerza de la ley ante la ley de la fuerza. Más aún: la belleza ante la vulgaridad, la verdad ante la mentira.

La religión woke, identitaria y remilgada, se cobró sus víctimas en la izquierda; la religión trumpista, identitaria y malista, se cobra las suyas en la derecha. La competencia laica se ha convertido en guerra de religión, el Estado neutral en Estado patrimonial, la libertad de los modernos en nostalgia medieval, lapidaciones públicas incluidas. De todo ello Trump es el efecto, antes incluso que la causa.

Hacia él mira extasiada la nueva América Latina, la resaca parda que ha sustituido por doquier a la marea rosa que, con sus crímenes y desastres, le allanó el camino. La vieja derecha era hija de Europa: social, católica, corporativa.

La nueva derecha es hija de Estados Unidos: clasista, evangélica, libertaria. Si hay un cambio histórico en marcha, es este. Pero es un cambio en la continuidad: tanto odiaba la primera a Estados Unidos por ser liberal como lo ama la segunda porque reniega del liberalismo.

Salta a la vista: no es la derecha latinoamericana la que se está liberalizando, sino Estados Unidos, con Trump, el que se está latinoamericanizando, o, riámonos un poco, peronizando: cuando Washington todavía era Atenas, América Latina ya era Esparta; cuando en el Norte florecía la sociedad comercial, en el Sur resistía la sociedad clerical-militar.

Todos dicen defender a Occidente, pero es un malentendido, un juego de palabras: no tienen nada que ver con Occidente. No con la única noción de Occidente que vale la pena defender, la de los derechos civiles y la dignidad individual, el Estado de derecho y el poder limitado. Su Occidente es el orden religioso contra el que surgió el Occidente secular. De Occidente cacarean la palabra para mejor deshacerse del contenido. Si hace falta, fusilándolo.