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Opinión y Actualidad

Una maratón de elecciones redibujará el mapa del poder

Pondrá a prueba el estado de la democracia en Occidente. Desde ahora hasta finales del año que viene, varios países enfrentarán desafíos a sus sistemas políticos; las ultraderechas nunca han estado tan cerca del poder.

Hoy 07:32
Trump y Netanayahu

Por Luisa Corradini, en el diario La Nación

De Estados Unidos a Brasil, de París a Madrid, una avalancha de comicios redibujará el mapa del poder de aquí a finales de 2027. En las urnas, la democracia liberal juega su supervivencia frente a unas ultraderechas que nunca han estado tan cerca del poder.

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El escenario había sido elegido como un manifiesto. Al atardecer del miércoles 7 de octubre, en la colina de la Pnyx –allí donde los ciudadanos de Atenas debatían y votaban hace 25 siglos–, el jefe de la diplomacia estadounidense, Marco Rubio, se plantó ante la roca de la Acrópolis para dar un sermón a todo un continente.

“Creemos que Europa puede salir de su letargo y reavivar la llama que se encendió aquí hace milenios”, lanzó, saludando “en todo el continente” lo que espera sea “el inicio de un cambio generacional: un aumento explosivo del gasto en defensa, una oleada de nuevas alianzas y programas, así como un auge de la industria y la producción”.

El secretario de Estado no mencionó a ningún partido. No le hizo falta. A menos de un mes de las elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos, a seis semanas de las elecciones anticipadas en España y en vísperas de un año en el que Francia, Italia, Grecia y Polonia elegirán a sus líderes, no fue muy difícil, para muchos en Europa adivinar, tras el elogio a la “potencia nacional”, una consigna de voto apenas velada. En febrero, en Múnich, el propio Rubio ya había arremetido contra la “inmigración masiva”, pidiendo defender la “civilización cristiana y occidental” que, —dicho sea de paso— hace 2500 años que sobrevive a todas las “invasiones” y contratiempos pasajeros.

Los desafíos a la democracia

“De Rumanía a Alemania, el Kremlin y la Casa Blanca apoyan a las mismas fuerzas reaccionarias”, escriben Gilles Gressani, director de Le Grand Continent, y Arnaud Miranda. “El discurso de Atenas esboza la doctrina de esta convergencia: un Norte global que define la civilización occidental a través del poder y la recolonización”, agregan.

Un voto en la urna y el orden mundial podría comenzar a tambalearse. En efecto, los termómetros de la democracia muestran una fiebre persistente. Según el último informe del Instituto V-Dem de Gotemburgo, a finales de 2025 el mundo contaba con 92 autocracias frente a 87 democracias. Casi el 74% de la humanidad, es decir, unos 6000 millones de personas, vive ahora bajo un régimen autoritario, y solo el 7% en una democracia liberal. El nivel medio de democracia del que disfruta un habitante del planeta ha vuelto a los niveles de 1978.

Freedom House llega al mismo diagnóstico: por vigésimo año consecutivo, las libertades han retrocedido en todo el mundo. En 2025, 54 países vieron un deterioro de sus derechos políticos y libertades civiles, frente a 35 que progresaron. Solo el 21% de los seres humanos viven en un país clasificado como “libre”, en comparación con el 46% de hace 20 años.

El golpe proviene de ultramar. El V-Dem ha degradado a Estados Unidos del rango de democracia liberal al de mera “democracia electoral”, algo que no ocurría en más de medio siglo, y califica la velocidad del declive durante el segundo mandato de Donald Trump como “sin precedentes en la historia moderna”. Freedom House le ha restado tres puntos, la mayor caída entre los países libres. Europa tampoco se libra: Italia, Eslovaquia, Croacia, Eslovenia y el Reino Unido figuran entre los países sumidos en un proceso de “autocratización”, mientras que Bulgaria, Chipre y Portugal se encuentran bajo vigilancia.

“La amenaza para la democracia se ha transformado”, explica la geopolítica y prospectivista Virginie Raisson-Victor. Y agrega: “Celebrar elecciones libres ya no es suficiente para garantizar la democracia”.

Los tanques ya no avanzan hacia los palacios presidenciales: ahora el peligro entra por la puerta principal, de la mano de vencedores en las urnas que utilizan su mandato no para gobernar, sino para reescribir las reglas del juego a su favor.

“Ya no se trata de enfrentar la democracia a la dictadura, sino la democracia liberal a la democracia de la mayoría”, continúa. Bajo el pretexto de la “voluntad del pueblo”, se van erosionando uno a uno los contrapesos: la justicia, la prensa, las universidades y los organismos independientes.

Este escenario tiene precedentes. La Hungría de Viktor Orban redactó el manual durante 16 años. En Israel, el Israel Democracy Institute denuncia los “esfuerzos concertados” de la coalición de Benjamín Netanyahu “para debilitar el sistema de pesos y contrapesos”.

¿Por qué el votante les entrega las llaves de su casa a quienes prometen cambiar las cerraduras? Raisson-Victor señala las grietas: instituciones percibidas como ineficaces, una crisis de representación que profundiza la brecha con las élites, un debate público fragmentado por los algoritmos de las redes sociales, una sucesión de crisis que obliga a gobernar de forma reactiva y, en el fondo, una crisis de la propia promesa democrática.

Las elecciones por venir

El calendario futuro parece un campo de minas. El 25 de octubre coinciden dos procesos electorales. En Brasil, Flavio Bolsonaro –hijo del expresidente, quien se encuentra bajo arresto domiciliario tras ser condenado por intento de golpe de Estado– causó la sorpresa en la primera vuelta con un 47,06 % de los votos frente al 45,12 % de Lula, de 80 años. En Serbia, Aleksandar Vučić convocó a elecciones legislativas anticipadas tras casi dos años de protestas estudiantiles, desencadenadas por el trágico derrumbe del toldo de la estación de Novi Sad.

Dos días después, el 27 de octubre, Israel votará por primera vez desde las masacres del 7 de octubre. Netanyahu, el primer ministro con mayor permanencia en el cargo, se juega mucho más que su puesto: procesado por fraude y corrupción, si pierde el poder, podría verse alcanzado por sus juicios. El Instituto para la Democracia de Israel presenta un balance inquietante de la legislatura saliente: ofensiva contra la independencia judicial, politización de la policía y la administración pública, ataques a la prensa, la instauración de la pena de muerte para los “terroristas” palestinos y proyectos de ley destinados a modificar las reglas electorales.

Según una encuesta de Direct Polls para i24NEWS del 13 de octubre, el Likud del primer ministro encabezaría la lista con 27 escaños, seguido de Yashar, el partido del exjefe del Estado Mayor Gadi Eisenkot (21 escaños), mientras que Yair Lapid y Naftali Bennett también hacen campaña contra “Bibi”. No obstante, el bloque de Netanyahu se estancaría en 57 escaños, quedando a cuatro de la mayoría absoluta de 61 en la Knesset.

El 3 de noviembre, las elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos tendrán un carácter de referéndum. Los demócratas lideran en las encuestas de intención de voto generales, mientras que la popularidad de Trump se estanca en torno al 30%. Según una encuesta publicada el lunes por Reuters, el 44% de los votantes inscritos votaría por un candidato demócrata, frente al 37% de los que optarían por un republicano. Otra encuesta realizada por YouGov muestra una ventaja de ocho puntos para los candidatos demócratas frente a los republicanos, “la más importante jamás registrada en una encuesta de Economist/YouGov en este ciclo electoral”. Perder al menos una de las cámaras del Congreso supondría para Trump el resurgimiento de un contrapeso político.

El 29 de noviembre, España irá a las urnas. Según las encuestas, el conservador Partido Popular (PP) cuenta con un 31,9% frente al 28,1% de los socialistas de Pedro Sánchez, y la alianza PP-Vox alcanzaría los 198 escaños de los 350 disponibles. En cuatro comunidades autónomas, esta alianza ya gobierna bajo el lema de una “preferencia nacional” impulsada por la ultra-derecha de Vox.

Luego llega 2027, un año de todos los peligros. En Francia, el 18 de abril y el 2 de mayo, la llegada de la extrema derecha al Elíseo ya no es un mero espantapájaros para movilizar al electorado: Marine Le Pen oscila entre el 31 % y el 36 % de las intenciones de voto en primera vuelta (según IFOP, a finales de septiembre), sin verse demasiado afectada por las revelaciones de la prensa sobre el pasado definitivamente antisemita de Jordan Bardella, presidente (formal) del partido, Reunión Nacional (RN).

Ella promete un referéndum para incluir en la Constitución la supresión del derecho de suelo, la “prioridad nacional” y la restricción del derecho de asilo, medidas que chocan frontalmente con el Estado de derecho. Frente a ella, un frente republicano debilitado y una izquierda fragmentada entre social-democracia y extrema izquierda.

En Italia, donde las elecciones legislativas se celebrarán a más tardar en el otoño de 2027, Giorgia Meloni se ve superada a la derecha por el exgeneral Roberto Vannacci y su partido Futuro Nazionale, que mantiene una postura aún más radical respecto a la inmigración y la igualdad de género. En Grecia, antes del verano de 2027, Kyriakos Mitsotakis tendrá que lidiar con el ex primer ministro Antonis Samaras, expulsado de su propio partido, quien hace campaña centrándose en la inmigración y el “antiwokismo”.

En Polonia, la derecha nacionalista se fracturó durante el verano. Tras la exigencia del ultra-nacionalista Jarosław Kaczyński en julio de que firmaran un juramento de lealtad, unos 40 parlamentarios siguieron al exprimer ministro Mateusz Morawiecki a Rozwój Plus, una facción más moderada y comprometida con el apoyo a Kiev. Al ser designado candidato del PiS para el cargo de primer ministro, Przemysław Czarnek está desplazando al partido hacia la extrema derecha, llegando incluso a exigir la suspensión de la ayuda europea a Ucrania.

La Coalición Cívica de Donald Tusk se mantiene a la cabeza (28,5%, según IBRiS a finales de julio), pero a su derecha el panorama se ha hecho añicos: PiS 15,9%, Confederación 13,5% y la Corona Polaca de Grzegorz Braun –ultratradicionalista y acusado de antisemitismo– 12,3%. Juntas, estas tres formaciones superan el 40%. Con Karol Nawrocki en la presidencia del país, perteneciente a este bando y propenso al veto, las elecciones legislativas de otoño de 2027 determinarán si Polonia sigue siendo uno de los pilares proeuropeos del continente.

En Eslovaquia, en septiembre de 2027, Robert Fico, cercano a Moscú, se juega su supervivencia. Y en Alemania, aunque no hay elecciones federales inmediatas, la Alternativa para Alemania (AfD) lidera con un 30,5% (INSA, principios de octubre), 13 puntos por delante de los conservadores del canciller Friedrich Merz.

Atrapada entre dos frentes

La vertiginosa novedad de este ciclo electoral es que Europa se encuentra atrapada entre dos fuegos. En el Este, Rusia inunda las redes sociales con propaganda y financia a sus portavoces. En Rumania, las presidenciales de noviembre de 2024 fueron anuladas tras el fulgurante ascenso, vía TikTok, del candidato ultranacionalista Calin Georgescu, en un contexto de sospechas de injerencia rusa. En Moldavia y Letonia, el temor a la manipulación proveniente de Moscú ha planeado sobre cada proceso electoral.

En el Oeste, el aliado histórico cambió de bando ideológico. La Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos de diciembre de 2025 ya prometía “fomentar la resistencia” ante la trayectoria actual de Europa y celebraba el auge de los partidos “patriotas” (léase ultranacionalistas). Elon Musk hizo campaña por la AfD, mientras que el vicepresidente JD Vance denunció la anulación de los comicios rumanos.

En Brasil, el gobierno de Brasilia prohibió a finales de julio la entrada de dos responsables del Departamento de Estado, acusados por las autoridades brasileñas de intentar sembrar dudas sobre la fiabilidad del voto. Washington, por su parte, reivindica la defensa de una libertad de expresión –que más bien es todo lo contrario–, frente a lo que presenta como una censura europea a las voces conservadoras.

Ambas potencias no persiguen los mismos objetivos, pero comparten un mismo adversario: una Unión Europea fuerte y unida, basada en el derecho y no en la fuerza. A ambas les conviene verla fragmentada, a merced de gobiernos nacionalistas e identitarios más fáciles de dividir.

Sin embargo, nada está decidido. El 12 de abril, los húngaros pusieron fin a 16 años de mandato de Orban, con una participación récord del 77,8%: el partido Tisza, del conservador proeuropeo Péter Magyar, obtuvo una mayoría de dos tercios. “Hungría ha elegido a Europa”, celebró Ursula von der Leyen. El 3 de octubre, en Letonia, la Lista Unida del primer ministro proeuropeo Andris Kulbergs logró un resultado histórico del 35,4%, a pesar del empuje de los populistas de Letonia Primero y de Poder Soberano. Tanto en Rumania como en Moldavia, los votantes terminaron dándole la espalda a los candidatos respaldados por la extrema derecha o el Kremlin.

Los defensores de las derechas nacionalistas rechazan el juicio que se les hace: se dicen demócratas, exigen que se respete un voto popular ignorado durante demasiado tiempo y denuncian a jueces y élites que, a sus ojos, confiscan la soberanía del pueblo. Sus adversarios responden que la democracia no se reduce a la noche de las elecciones, sino que también reside en las reglas que permiten perder las siguientes.

En la colina de la Pnyx, los atenienses votaban a mano alzada y podían, mediante el ostracismo, desterrar a quien consideraran demasiado poderoso. Veinticinco siglos después, la pregunta es la misma: ¿sabrán los pueblos protegerse todavía de aquellos que pretenden concentrar todo el poder? La respuesta llegará, urna tras urna, de aquí a finales de 2027.