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Opinión y Actualidad

El Maradona del boxeo

Jorge Castro, “el Roña”, “Locomotora”, “Negro” o “Negrito” fue, probablemente, el más maradoniano de los boxeadores, por su comportamiento arriba y abajo del ring.

Hoy 07:14

Por Gastón Garriga
Para Página 12

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La intuición fue rápidamente confirmada por uno de sus compañeros de ruta. Marcelo Domínguez, campeón mundial como él, pero de la categoría crucero, apenas tres año menor, fue su gran compañero de sparring, con el que compartió campamentos y viajes.

Unos cuantos al exterior, pero muchos más en auto, de regreso a casa, en zona oeste, después de entrenar en la Federación Argentina de Box en Castor Barros y Rivadavia.

“Era el Maradona del boxeo”, cuenta Domínguez, que habló con él apenas un par de días atrás. “Le dolía la mano, la podía tener lesionada, pero igual seguía”, dice, y su interlocutor no puede evitar la comparación con el tobillo de Diego en Italia, hinchado como una pelota de tenis.
Domínguez también desmiente el rumor de que al Negro, como lo llamaba él, no le gustaba entrenar. “A lo mejor no le gustaba correr, pero al gimnasio iba todos los días”.
Si cualquier boxeador arranca su sesión con soga y gimnasia, sigue con un poco de bolsa y técnica o manoplas, para terminar guanteando, Castro se salteaba todos los preliminares. Su entrenamiento era arriba del ring.
Guantear durante ocho o diez rounds, y al día siguiente lo mismo, es un esfuerzo aún mayor que una rutina de entrenamiento común. Castro hacía a diario lo que la mayoría hace una vez a la semana.

Como guerrero, ahí se entrenaba en el arte de castigar y esquivar o absorber, según el caos. Pero también en el de la treta, el ardid o el engaño, algo que no dan la bolsa ni las manoplas, y que le permitió retener el cinturón frente a John David Jackson.

El gringo tenía la pelea en el bolsillo, pero un descuido fatal, totalmente inducido por Castro, que sobreactuó su cansancio, lo hizo bajar la guardia y comerse un cross que le apagó la tele y lo mandó a la lona. Ese gesto técnico se seguirá mirando y comentando durante décadas.

También como el Diego, se dio todos los gustos, hasta el de ser estrella de televisión. Probablemente fuera una manera de compensar las carencias de los primeros años de su vida, en los que conoció las piñas antes que el deporte. Por eso, cuando llegó al gimnasio por primera vez, ya era “el Roña”.
Bostero incurable, dejó infinidad de postales en la Bombonera, revoleando la camiseta bajo la lluvia, abrazado a desconocidos en un grito de gol. Hizo buenas migas con La Doce, que le retribuyó la gentileza alentándolo con bombos más de una vez. “Roña Castro/ ponga huevo/ que esta noche/ alientan lo’ bostero’”.

Como otros boxeadores, como el pampeano Miguel Castellini o el chubutense Omar Narváez, Castro, ya retirado, abrió su propio gimnasio. No lo puso en Caleta Olivia ni en Río Gallegos, sino en Temperley, en la zona sur del conurbano, porque entonces ya era un bonaerense adoptivo.

Después llegó la pandemia y Castro, que era un tipo sensible, armó una olla en el gimnasio. La pandemia se fue pero la olla no. Lo que era esporádico, ocasional, devino en algo más permanente, en un comedor popular para la gente del barrio.

Se fue la pandemia pero la necesidad no. Después se fue el Frente de Todos, vino Milei y el hambre se disparó. En vez de un comedor, fueron cuatro.

El campeón del mundo, la celebridad de la tele, se metió de cabeza en la militancia social, con la misma intensidad con la que antes guanteaba hasta la última gota de energía, sin registro del dolor no las lesiones.

“Hay que ser muy cagón para no defender a los jubilados” es, probablemente, la frase más importante que nos legó el Diego. Castro defendió a los jubilados, los alimentó como pudo, con lo que tuvo a mano, pero también a los pibes, a los desocupados y a los laburantes que no ganan lo necesario para vivir.