Alejandro González Iñárritu, ganador de cuatro Premios Oscar, dirige una sátira ante la que no caben medias tintas.
Por Roger Salvans
Para Fotogramas
HACÉ CLICK AQUÍ PARA UNIRTE AL CANAL DE WHATSAPP DE DIARIO PANORAMA Y ESTAR SIEMPRE INFORMADO
Antes de nada, una confesión: el primer sorprendido de que firme una crítica a favor de un film de Alejandro G. Iñárritu soy yo. Ninguno de sus films anteriores me interpeló personalmente más allá de reconocer el oficio de un director a veces demasiado consciente de ello. Nada que ver con este auténtico tiro en el pie, un no hacer prisioneros que lleva al extremo sus delirios, obsesiones y excesos. ¿No queríais caldo? Pues toma 200 tazas.
En ‘Digger’, Iñárritu nos bombardea con la hipérbole, el ruido, el barroquismo, el virtuosismo técnico, unos personajes en caída libre… Todo está llevado un paso más allá. Y bajo esos alaridos, en un susurro, lo que más le interesa: el poder del acto de creación artística, no solo de dónde nace esa necesidad, también una reflexión conmovedora sobre cómo el arte nos ayuda a reencontrar la esperanza, a sanar de nuestras heridas, a encontrar la fuerza para seguir. Que lo haga bajo un gigantesco artefacto sobre el cambio climático, la codicia y la inoperancia política lo hace aún más meritorio. Judy, el fragmento desprendido del Ártico que amenaza con Europa es quizás el mayor McGuffin –“del tamaño de Washington D.C.”– del cine. Un mecanismo devastador que puede llevarse por delante la carrera del film en taquilla y el futuro comercial de Iñárritu.
Cuanto menos se sepa de la trama del film, mayor será su impacto. Hay películas que agradecen ser explicadas, ‘Digger’ pide ser descubierta. Como también nos tendrían que descubrir por qué nadie rescató antes a Tom Cruise, secuestrado por el cine de acción desde hace una década. Con su primer papel (hiper) dramático en 10 años, prueba que detrás de los sprints, las escenas de riesgo y los kilos de maquillaje y pelucas ralas se esconde un intérprete que lo da todo. ‘Digger’ nos devuelve al Cruise de ‘Magnolia’ o de ‘Nacido el 4 de julio’, un actor consciente de sus habilidades y de que su figura trasciende lo interpretativo. Es imposible dejar de ver a Cruise, como lo es también dejar de mirarlo. Algo de lo que Iñárritu saca partido, convirtiendo esa condición en una parte fundamental del relato, un espejo más en un film que se nos devuelve un reflejo que no gustará.
Como el discurso ante la delegación de gobernantes monocromáticos, uno de los momentos cinematográfios del año: un apabullante plano secuencia en el que Rockwell pasa de cordero lechal dispuesto al sacrificio a acusarnos de la espiral de autodestrucción que hemos provocado. ‘Digger’ es una disaster movie, pero el desastre somos nosotros. ¿Qué llega tarde? ¿Qué abusa del subrayado?¿Qué a su lado ‘¿Telefono Rojo? Volamos hacia Moscú’ parece un ejercicio de contención? Sí a todo. Iñárritu abraza el exceso porque en un tiempo en que farsa y sátira no se distinguen de las noticias que abren los informativos, toca ir un paso más allá. ‘Digger’ es tan sutil como un puñetazo en el estómago, pero no pretende otra cosa. No disimula su condición de tragedia grotesca. Su reflexión sobre el colapso climático, la codicia o la incapacidad de los gobiernos es un grito ya no de socorro, sino de impotencia. En tiempos en los que el cine comercial apuesta por el mínimo común múltiplo, Tom Cruise aparca las acrobacias ‘Misión: Imposible’ para liderar la película más arriesgada del año. Y esas son las piruetas que valen la pena aplaudir.