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Opinión y Actualidad

Crítica de "La constelación del perro"

El director de joyas como 'Blade Runner', 'Alien: el octavo pasajero' o 'Gladiator' sigue rodando casi una película por año. A punto de cumplir los 90, nos entrega un drama postapocalíptico melancólico y con un gran Jacob Elordi.

Hoy 07:08

Por Laura Pérez
Para Fotogramas

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Ridley Scott siempre ha argumentado que empezó a hacer cine tarde ­–rodó su primera película, ‘Los duelistas’ (1977) con 40 años– y por eso lo ha hecho siempre con prisa. Pero nadie se ha tomado tan a pecho lo de recuperar el tiempo perdido. Desde que cumplió los 70 ha filmado 16 películas. Con 83 estrenó a la vez ‘La casa Gucci’ (2021) y la excelente ‘El último duelo’ (2021). No todas resultan memorables, pero con semejante actividad se puede permitir su particular ‘sujétame el cubata’ y lanzarse a proyectos innecesarios como ‘Gladiator II’ (2024), ‘Alien: Covenant’ (2017) o ‘El consejero’ (2013).

‘La constelación del perro’ no forma parte de esa estirpe. Por primera vez se coloca ante un texto literario, la novela homónima de Peter Heller (2012), que habla de un mundo postapocalíptico después de que un virus acabara con gran parte de la humanidad. A diferencia de las películas que conforman el corpus de esta etapa reciente de su carrera, no parece rodada con prisa ni hacer alarde de una rapidez y despliegue de cámaras aprendidos con décadas de oficio. El Ridley Scott que afronta sus 90 ha dejado atrás el nervio para ofrecernos una historia melancólica que bucoliza la vida rural y encuentra la belleza en un cielo y un café caliente.

Hábil constructor de universos cinematográficos, ya sea el de ‘Alien’, ‘Blade Runner’ o ‘American Gangster’, Scott posee una capacidad excepcional para dotar a cada película de una atmósfera, una textura y unas reglas propias. También es un excelente narrador capaz de concentrar en los cinco primeros minutos la esencia de toda la película, presentar un mundo y fijar el tono que va a marcar el relato. En este arranque Jabob Elordi acompañado de su adorable pastor alemán surca con su avioneta un paisaje bellísimo, sobrevolando montañas y valles. Pronto aterriza en una ciudad destruida donde acecha un peligro que le hace armarse hasta los dientes. Ahí está la idea del paraíso perdido miltoniano, de una inocencia hermosa que ha quedado atrás. También la deshumanización urbana frente a la calidez de las pequeñas comunidades. Pocas veces hemos visto a este director recrearse en emociones como la ternura o la nostalgia, hasta el punto de casi rozar lo cursi. Lo compensa con algunas escenas de acción protagonizadas por violentas bandas de supervivientes, que si bien aportan tensión a un conflicto que de otra forma sería inexistente, pecan de reproducir patrones muchas veces vistos en el cine.

Como principales aliados cuenta con el guionista Mark L. Smith (‘El renacido’) y, sobre todo, con un elenco impecable, empezando por el propio Jacob Elordi, y donde destacan sobre todo Josh Brolin, en el papel de un rudo exmilitar, y Guy Pearce, como un leñador desconfiado de cualquier desconocido. También una excelente Margaret Qualley, cuyo personaje quedó confinado en la cabaña de su padre cuando cancelaron los vuelos que debían llevarla a su casa en Nueva York.

Si esta película, que por momentos adquiere los tonos de un western crepuscular, puede interpelar a la generación actual de espectadores es porque hemos estado ahí. Pese a que el libro en el que se basa se publicó en 2012 y está ambientado en 2035, la pandemia de 2020 nos arrojó a la cara esa supuesta distopía. La ciencia ficción tiene el inconveniente de que a veces alcanza al presente antes de lo previsto. ‘Blade Runner’ (1983), estaba ambientada en un apocalíptico 2019, ¿recuerdan?

La experiencia de la covid despertó en nosotros dos impulsos casi opuestos. Por una lado la desconfianza hacia quien llevaba la mascarilla bajada (entiéndase esto como metáfora de desconfianzas más profundas). Por otro, la necesidad de contacto con los nuestros, la búsqueda de protección de nuestro hogar y la creación de redes de solidaridad en la mayoría de los casos ya olvidadas. Ridley Scott prefiere lo segundo y no esconde su deseo de hacer una película hermosa y cargada de buenos sentimientos, pausada y contemplativa, donde se permite una jocosa gamberrada, a la que nos habría gustado que sacara más punta.

Ojo con este Ridley Scott tardío, quien al ser preguntado por su hambre de hacer películas, responde: “Bueno, no estamos aquí demasiado tiempo”.

Para ver al Ridley Scott más pausado y melancólico.