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Opinión y Actualidad

La indefinición peronista, la kriptonita de Milei

La posibilidad que le da el Gobierno al PJ de sostener sus ambigüedades, mientras le reconoce su aptitud electoral, puede ser perjudicial para el superhombre libertario.

Hoy 07:01

Por Claudio Jacquelin
Para La Nación

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El Gobierno le ha dado al peronismo una dosis extra de la comida que más le gusta y más lo alimenta: la posibilidad de mantener la ambigüedad y la indefinición sin tener que estar urgido a enfrentar sus propias contradicciones. Una verdadera kriptonita para la necesidad de Javier Milei de despejar incógnitas y proveer certidumbre.

En medio de una eterna disputa interna casi imposible de resolver, a las tribus del movimiento nac&pop les está llegando tiempo y oxígeno para demorar resoluciones y mantener abiertas todas las preguntas, gracias los tropiezos del oficialismo y la dificultad que muestra la estabilidad macroeconómica para transformarse en bienestar mayoritario. Justo cuando a la política argentina más le reclaman certezas los que pueden generarle inestabilidad.

La agitación del fantasma “kuka” o la instalación de la posibilidad del regreso del peronismo, que suele blandir Milei, termina siendo un dilema para él y su administración cada vez más difícil de resolver.

Por un lado, opera como un arma para mantener apoyos político-electorales de todo el espectro no peronista de la ciudadanía, pero sobre todo el de aquellos que aún sin identificarse como antis, no quieren y temen un regreso al pasado del realismo mágico-trágico peronista y que pueden definir una elección. Mucho más que los convencidos.

Por otro lado, la asignación al peronismo de una potencia electoral vigente capaz de devolverlo al poder funciona a modo de amenaza para su gestión y su proyecto reeleccionista. Espanta o paraliza a inversores o tomadores de decisiones económicas que dudan sobre el escenario político y legal que enfrentará su dinero en el mediano y largo plazo. Y ya se sabe que el capital tiene aversión al riesgo.

La imposibilidad de aislar audiencias y la capacidad performática de las palabras del jefe del Estado son un gran límite para las distintas construcciones de sentido que pretende generar en receptores diversos.

Aunque muchas de las promesas presidenciales están siendo desmentidas por la realidad, todavía lo que diga el Presidente tiene un valor. Mucho más si de sus dichos se desprende una admisión de que él y su modelo económico pueden no alcanzar sus objetivos, ser derrotados y revertidos. Sobre todo, cuando todavía faltan 14 meses para que esa incógnita se devele.

Esa fragilidad resulta un incentivo para el peronismo fragmentado, pero nunca definitivamente fracturado, que hace jugar a su favor la incertidumbre que proyecta sobre las iniciativas legislativas y de gestion del oficialismo.

Cumbre y paréntesis

La reunión de las distintas facciones del perokirchnerismo (algo que hace mucho no se veía ni podía mostrar) apenas para coordinar la oposición a la eliminación o suspensión de las primarias abiertas simultáneas y obligatoria (PASO) tuvo el efecto de corporizar el fantasma de su potencial electoral, que Milei hizo crecer y ahora no sabe cómo administrar.

La cumbre, que tuvo menos de reunificación que de rejunte, apenas si alcanzó un consenso mínimo para tratar de obturar la reforma electoral del Gobierno. Fue un paréntesis.

Sin embargo, alcanzó para activar el sistema inmunológico de los que temen una vuelta a lo que califican de manera ampla y vaga como el populismo, sobre todo en su variante económica. A pesar, inclusive, de los muchos desquicios que hacen algunas de las figuras de este espacio. Como el viaje al Caribe, en avión privado, de Sergio Massa, que costó más de 200 mil dólares, o las promesas expropiatorias del defaulteador riojano Ricardo Quintela.

El cambio de humor social y el crecimiento de expectativas negativas en la ciudadanía alimentó tanto esas prevenciones como estimuló al peronismo para buscar un ordenamiento que lo devuelva al poder. Una expectativa que hasta hace unos pocos meses era menos que una quimera de los que habían pronosticado un fracaso fulminante de la presidencia de Milei y están empachados de pochoclo esperando el fin de una película catastrófica que sigue sin concretarse.

Ese contexto y el consecuente adelantamiento del clima electoral instalado por el Gobierno alteraron una premisa que ordena desde siempre a la dirigencia política argentina y sobre todo al panperonismo.

La máxima que dice que los años pares son para tensar y posicionarse, y los años impares son para acordar en busca del poder sigue vigente, pero tuvo una ligera adecuación. Sobre todo, porque el peronismo está a la intemperie del poder nacional y no puede manejar los tiempos y los recursos como cuando tiene a su disposición la botonera (y la caja) del Estado de las que suele hacer uso y abuso.

Le alcanza con encontrar puntos de coincidencia mínimos para dificultar u oponerse a proyectos de Milei sin que eso los obligue a entrar en resolución de sus grandes contradicciones y conflictos internos. Entre otras cosas, nada menores, como definir el liderazgo partidario, una candidatura presidencial o el rumbo económico, y evitar que cualquier acuerdo interno que ponga en riesgo los intereses de los que tienen territorios a cargo y juegan al toma y daca con el gobierno nacional.

Kicillof festeja

Las apariciones de Axel Kicillof en tierra ajena, como fue el Consejo de las Américas la semana pasada, han estado signadas por las facilidades que el nuevo contexto le brinda. No despeja ninguna de las dudas que lo rodean sobre lo que haría si llegara a la Presidencia, sobre todo respecto del ordenamiento macroeconómico vigente, pero tampoco espantó más de lo que sus antecedentes y su propia sombra proyectan en esos ámbitos.

Al mismo tiempo, la mayoría de los dirigentes peronistas corrieron a ponerle un bozal al gobernador riojano que salió a aterrorizar empresarios, inversionistas y ciudadanos que en su espejo retrovisor ven un cartel de neón con 211% de inflación. En su boca las promesas de volver todo atrás y expropiar propiedades privadas no son palabras echadas al viento. Ya lo ha hecho en su gestión provincial, tanto como no pagar compromisos con sus acreedores y emitir papelitos, a cambio.

Por estas horas, Kicillof evalúa cómo resarcir a Quintela y a Massa por los regalos que acaban de hacerle. Frente al riojano, el “soviético” bonaerense puede aspirar a probarse el traje del reformista Mikhai Gorbachov, que terminó con el régimen comunista.

En tanto, la incontrolable pasión massista por viajar en aviones privados y beneficiarse de su relación con amigos millonarios y poderosos le subrayó a Kicillof el aura de austeridad y honestidad construida, que podría haber mellado la presencia en su gobierno de personajes como Martín Insaurralde, a los que no les entra una mancha más. Todo es relativo.

El intrépido último ministro de economía de Alberto Fernández, además de mascullar bronca por una torpeza que él se niega a reconocerla como tal hasta ante los propios, busca ahora culpables de la filtración de los detalles de un viaje fastuoso que él hizo todo por ocultar. A pesar de que siga insistiendo en que no lo considera inapropiado porque no es funcionario, como les dice a los suyos.

Los raptos persecutorios de los políticos suelen asentarse en situaciones que los hacen verosímiles para evitar la admisión de errores propios. En el caso de Massa, que la publicidad del viaje se haya dado apenas unos días después de que hubiera hecho todo lo posible por quedar como el gran artífice de la cumbre panperonista antirreforma electoral es un aliciente para buscar ese atajo.

Evita poner en la balanza que nadie lo mandó a subirse al avión del empresario y expolítico Francisco de Narváez (que venía haciendo buena letra con Milei y ahora debe estar en ascuas) y mucho menos haberlo hecho en medio de su intento por reinstalarse como la figura de consenso del perokirchnerismo y reavivar sueños presidencialistas. Mucho más, sabiendo que le sobran adversarios, enemigos y damnificados.

“Sergio no termina de definir si quiere ser, finalmente, político o empresario. Y parece boicotearse cuando le vuelve a asomar la oportunidad de definirse para el lado de la política y de aspirar de nuevo a lo más alto”, dice un dirigente de su espacio que lo conoce desde hace muchos años y al que los sobregiros de Massa nunca dejan de sorprenderlo.

En el campamento cristicamporista el traspié de Massa y el festejo de sus adversarios kicillofistas genera sensaciones y opiniones ambiguas. Por un lado, celebran que al tigrense, convertido en mediador de la interna bonaerense, el escándalo le baje el precio. Pero también lamentan que se reduzca su potencia para limar a Kicillof.

El jefe del Frente Renovador es un aliado imprescindible del cristicamporismo en la provincia de Buenos Aires para dificultar la construcción del gobernador que aspira a ser candidato a presidente sin la tutela de Cristina Kirchner. Frenar la vuelta a la reelección indefinida de los intendentes, a la que aspiran los barones que sostienen a Kicillof, es uno de los puntos donde convergen cristicamporistas y massistas. Solo uno. Aunque bastante relevante.

Mientras tanto, en este escenario los gobernadores peronistas, que prefieren seguir mirando de lejos y postergar la definición nacional, aprovechan subir el valor de sus acciones en la bolsa de Milei.

Los tropiezos del gobierno nacional, que inciden hasta en la relación con sus aliados macristas, les permiten a los mandamases provinciales negociar con más fortaleza en demanda de soluciones para sus reclamos sin atarse a compromisos que los compliquen a futuro. Las leyes que se propone sacar el oficialismo a partir de esta semana darán un trabajo arduo al ala política mileísta y volverán a golpear las puertas del equipo económico.

La posibilidad que le da el Gobierno al peronismo de prorrogar sus definiciones y sostener sus ambigüedades, mientras le reconoce su aptitud electoral, puede ser una kriptonita para el superohombre libertario.

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