El rechazo al pasado más remoto de inflación, corrupción y desequilibrios macroeconómicos, compite hoy con el pasado inmediato de ajuste extremo y el presente de caída de poder adquisitivo y una economía que no termina de reactivarse.
Por Claudio Jacquelin
Para La Nación
HACÉ CLICK AQUÍ PARA UNIRTE AL CANAL DE WHATSAPP DE DIARIO PANORAMA Y ESTAR SIEMPRE INFORMADO
Los caminos de la mayoría de la sociedad y de la dirigencia política han vuelto a ampliar la distancia de su bifurcación. La brecha de lo que preocupa a unos y ocupa a los otros ha vuelto a estar en los márgenes más extensos.
La muy prematura instalación de un escenario electoral cuando todavía falta demasiado tiempo para concurrir a las urnas está reponiendo la disociación entre la representación y los representados. Una fisura cuya extensión se sostiene desde hace años y que sólo se acortó en el breve lapso en el que Javier Milei transitó desde la periferia hasta convertirse en miembro pleno del poder e incorporar atributos y conductas propios de la casta a la que sus votantes le creyeron que venía a combatir.
Lo que discuten e instalan en el centro de la agenda pública el Gobierno y los dirigentes políticos (construcciones partidarias y candidaturas electorales, grandes inversiones, reformas superestructurales) no figuran al tope de ninguna lista de las principales inquietudes ciudadanas.
En la mayoría de las encuestas, el empleo, los ingresos, la corrupción, la pobreza y el futuro de la economía están al tope de los temas considerados más preocupantes tanto en lo personal como en lo que respecta al país.
Esa disonancia entre los asuntos de interés de unos y otros potencia las percepciones negativas y la “gran desazón” (como la califica el sociólogo y antropólogo Pablo Semán), que es el sentimiento dominante en el ánimo de la mayoría de los argentinos.
El rechazo al pasado que llevó a Milei a la presidencia y que lo sostuvo en niveles más altos que lo que cualquier gobierno sin un rebote en la economía y, sobre todo, en los bolsillos pudo haber tenido entró en proceso de remisión, pero no necesariamente por la conclusión apresurada que han sacado muchos.
El ascenso, por imagen positiva y por diferencial neto con la negativa, de Axel Kicillof en la cima de las figuras políticas en varios sondeos recientes no implica una absolución a lo que se rechazó hace 32 meses y se ratificó hace 10, en las elecciones legislativas de medio término. Aunque es un buen negocio para los oficialistas agitar ese fantasma, así como para el perokirchnerismo lo es promocionar el fin del miedo.
El porcentaje de imagen negativa, bastante por encima del 50%, que sigue teniendo el gobernador bonaerense, al igual que Cristina Kirchner, Sergio Massa o Máximo Kirchner, demuestran que la premisa de no querer volver atrás sigue vigente entre la mayoría absoluta de los argentinos.
Lo que cambió es que el Gobierno ya tiene su propio pasado, acumulado en estos dos años y ocho meses de gestión y ofrece un presente mayoritariamente insatisfactorio, que termina bosquejando un futuro demasiado incierto, después de un esfuerzo que para muchos ha sido extenuante, sin señales de alivio a la vista.
El aumento de la imagen negativa del Presidente durante julio, que en el promedio de las encuestas más serias llega al 63%, junto con la opinión de más del 55% de que el en el futuro próximo no mejorará su situación personal, son datos muy elocuentes. Tanto como que ningún dirigente político llegue a superar el 40% de imagen positiva y adhesión.
Así es como hoy se encuentran en pugna los pasados de las dos expresiones que sigue concentrando las mayores adhesiones sociales, aún en sus respectivos retrocesos de representación, sin generar una conexión con el ánimo y las demandas mayoritarias, pero sobre todo sin construir una oferta superadora de lo que han hecho y lo que dan.
No parece difícil entender que en ese escenario regresarán con toda su potencia, en el tiempo posmundialista, los paralelismos entre la política y el fútbol, que en la Argentina siempre son demasiado fáciles de trazar y de percibir.
En primer, lugar la discusión electoral se asemeja hoy a lo que sucede con los campeonatos de la AFA: los equipos se preparan con anticipación sin suficientes certezas de cuándo se jugará cada partido y, sobre todo, bajo qué reglas se disputarán.
El año pasado la gestión de Milei, con el apoyo de sus aliados de ocasión, sentó un inquietante precedente al romper una regla no escrita que procuraba dotar de previsibilidad a la demasiado imprevisible política nacional, al cambiar las reglas de juego durante el año electoral, con la suspensión de las elecciones primarias, abiertas, simultáneas y obligatorias (PASO).
Esa modificación potencia la inseguridad respecto de los comicios de 2027 y anticipa discusiones que en una ciudadanía con muchas insatisfacciones no resultan prioritarias, pero que luego pueden resultar decisivas a la hora de definir sus preferencias e incidir en la marcha del país. Que de eso va la democracia.
Al mismo tiempo, las burbujas de sentido mantienen la polarización, aunque vayan achicándose. Cada polo, encarnado uno por el oficialismo libertario y el otro por el difuso magma peronista, compite con lo que algunos llaman el “ningunismo” y otros los “desenchufados”. Se trata de ese creciente segmento social que a la ya conocida desafección por la política agregó una fuerte desconexión, sin sentirse representado ni interpelado por ninguna figura o espacio político.
“La política argentina sigue organizada por dos minorías intensas -un núcleo de La Libertad Avanza cercano al 24%, un electorado kirchnerista próximo al 19%- y entre ambos aparece un 57% al que definimos como ‘electorado en modo avión’”, que no es indiferencia, sino desconexión deliberada”, explica Patricio Hernández, titular de la consultora Methodo.
Esa desconexión tiende a generar una espiral viciosa para la política cuando el espacio de interacción se da mayoritariamente en el universo digital, ya que a medida que el usuario/ciudadano deja de seguir asuntos políticos el algoritmo baja el ofrecimiento de esa temática y el nivel de exposición a ella se va reduciendo hacia la extinción mientras no se altere su demanda.
Aparece, entonces, un nuevo desafío no solo para quienes son parte del ecosistema político sino para los que quieren entrar y ofrecer algo nuevo. La barrera de acceso que la tecnología había bajado, ahora la vuelve a subir y a hacer más sólida. “Para transformar el descontento en candidatura hace falta llegar hasta alguien que no busca temas de política y tampoco quiere que lo encuentren”, advierte Hernández.
De esa manera, la reciente proliferación de reales y potenciales nuevos jugadores, los outsiders, parece reflejar menos un intento eficaz de satisfacer una demanda insatisfecha, que otro fracaso del establishment político. Ese colectivo que reúne a los que ya fueron gobierno y fracasaron y a los que llegaron como un contrapoder para desplazarlos y cambiar, pero que ya son el poder y están siendo juzgados severamente.
Los nombres del comunicador evangélico Dante Gebel, del banquero Jorge Brito y, más recientemente, el del empresario de medios Daniel Hadad no mueven el amperímetro en los sondeos, a pesar de la cobertura y exposición en medios tradicionales de la que gozan, de la inversión que hacen de diferentes maneras en redes sociales y del impacto que generan en el círculo de tomadores de decisiones.
Con prudencia y razonabilidad ninguno de ellos ha confirmado ni siquiera que piense en ser candidato a Presidente en el próximo turno, pero se mueven como si lo fueran a ser o como si estuvieran probando cuánto margen tienen para lanzarse a la aventura sin quedar en ridículo o, en el mejor de los casos, sin poner en riesgo el capital de que disponen en sus respectivas esferas de negocios e influencia.
La cantidad y la diversidad de actores de primera línea y de sectores antagónicos de la política, el empresariado, el Poder Judicial y el sindicalismo que asistió el jueves pasado a la avant premiere del mediometraje novelado sobre el histórico encuentro entre San Martín y Domingo Sarmiento, producido y presentado por Hadad, fomentó las preguntas y las especulaciones sobre el objetivo de la convocatoria.
Las discusiones sobre el metamensaje que encerraba la reunión en el magnífico y solemne salón de actos la Facultad de Derecho de la UBA podrían resumirse en la pregunta más escuchadas ahí: “¿A que estamos asistiendo?”.
Ese interrogante principal daba paso de inmediato a preguntas subsidiarias para las que nadie tenía respuestas certeras y el anfitrión deliberadamente había abierto y dejado sin contestar: “¿La presentación de la precandidatura de Hadad?”, “¿Un intento de conformación de una nueva alianza electoral a disposición de un candidato que no sea Milei ni Kicillof y podría no ser el propio Hadad, destinada a satisfacer una demanda en aumento en el establishment?”, “¿Un acto para obturar a otros emergentes, constituirse en el gran árbitro y negociar con los diferentes polos?”.
Se sabe que los productos de los laboratorios tienen muchas fases de testeo antes de ser puestos a disposición de los consumidores. Ahí estaría la clave para interpretar el lanzamiento, en este momento, de “El Libertador”, que es como, al menos por ahora, se llama solamente la producción audiovisual hecha íntegramente con inteligencia artificial, salvo las voces puestas por Arturo Puig y Juan Leyrado a los protagonistas virtuales. Aunque no pocos creyeron que con ese título también se estaba probando el slogan de campaña del empresario mediático.
El “modo avión” dificulta que entren nuevos mensajes, pero son muchos los que los emiten para que estén probados y en condiciones de irrumpir apenas se active la conexión.
Siempre y cuando, claro, esa conexión se active. A la baja imagen positiva de los actores conocidos y posibles candidatos se suma la desafección. Ese sentimiento que lejos de inducir a la acción potencia la deserción electoral. Los niveles récord de abstención registrados el año pasado son un llamado de atención que dificultan aún más cualquier previsión.
El rechazo al pasado más remoto de inflación, corrupción y desequilibrios macroeconómicos, compite hoy con el pasado inmediato de ajuste extremo y el presente de caída de poder adquisitivo, actividad económica que no termina de reactivarse, polarización político-social, carencia de empatía con los que padecen el cambio de modelo y caras gastadas. El futuro, otra vez, es incierto. Y falta demasiado para que pueda empezar a despejarse. La construcción del puente entre dirigentes y dirigidos sigue siendo una gran deuda pendiente de la Argentina y nadie parece encontrar los planos.