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“Poner el cuerpo donde la vida duele”: el mensaje del padre Trejo en la Fiesta de San Roque

En la Fiesta Patronal de San Roque, celebrada este domingo a las 16 en su Templo Parroquial, el padre Marcelo Trejo reflexionó sobre la vida del santo y su compromiso con los enfermos, los pobres y los excluidos.

Hoy 20:48
San Roque

En el marco de la Fiesta Patronal de San Roque, celebrada este domingo 16 de agosto a las 16 en su Templo Parroquial, el Pbro. Dr. Marcelo Trejo pronunció una homilía centrada en la vida del santo y en su ejemplo de cercanía con quienes atravesaban situaciones de enfermedad, pobreza y exclusión.

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Bajo el título “San Roque: poner el cuerpo donde la vida duele”, el sacerdote tomó la historia del santo como punto de partida para reflexionar sobre las heridas que atraviesan actualmente a la sociedad.

“San Roque es uno de esos testigos de Dios cuya vida se ilumina desde su historia concreta”, expresó Trejo al comenzar su homilía.

San Roque nació en Montpellier, al sur de Francia, en un tiempo marcado por la peste negra, una enfermedad que enfermaba, mataba, sembraba miedo y provocaba despojo social.

“En una ciudad donde la vida dolía, la fe no podía quedarse en palabras”, señaló el sacerdote. Por eso, aquel joven decidió “poner el cuerpo” (cf. Hb 10,5), no con ingenuidad, sino con urgencia de caridad al ver cómo la enfermedad excluía, cómo la pobreza marginaba y cómo muchas personas quedaban completamente solas.

Trejo destacó que San Roque puso el cuerpo cuando eligió acercarse a los enfermos, permanecer en ciudades devastadas y dejarse alcanzar por el dolor de los otros. También lo hizo cuando la peste lo tocó a él y cuando nadie más quiso acercarse.

“Porque la peste no solo mata el cuerpo: también excluye injustamente a quien la padece”, afirmó, en referencia a Lc 22,37.

De esta manera, sostuvo que San Roque no habló de la enfermedad desde afuera: la sufrió. Tampoco habló de los pobres desde lejos, sino que caminó con ellos.

Su santidad, explicó, nació de una decisión concreta: ponerse del lado de los apestados, descartados, escondidos y apartados (Mt 25 ss.). “Y la herida abierta fue su mejor predicación del Evangelio de Jesús”, expresó.

Desde esa experiencia, el sacerdote propuso mirar la realidad actual. Aclaró que no se trata de comparar dolores ni de trasladar sin más la peste de aquel tiempo a la realidad de hoy, sino de reconocer que también existen males que aíslan, excluyen y debilitan la vida del pueblo.

“Basta mirar la vida cotidiana para reconocer situaciones que no podemos ignorar”, afirmó.

En ese sentido, señaló que la pobreza estructural continúa debilitando la vida de muchas familias y las obliga a vivir endeudadas, buscando recursos para llegar a fin de mes y viendo cómo se oscurecen sus horizontes posibles.

En ese paisaje, Trejo mencionó distintas situaciones que consideró “llagas” que golpean con fuerza: la droga instalada en los barrios, “negocio lucrativo para algunos y deterioro para muchos”; la violencia doméstica, muchas veces vivida en silencio; y la soledad vulnerable que afecta a los adultos mayores.

También se refirió a otras formas de lo que definió como “enfermedad social”, entre ellas una Justicia que, cuando se vuelve excesivamente burocrática, puede terminar convirtiéndose en una nueva forma de injusticia.

A estas heridas sumó la corrupción sistémica y la violencia institucional, porque, según expresó, violan el “derecho de gentes”.

En este punto citó a Fray Francisco de Vitoria, para quien ese principio sostiene una convivencia legal destinada a tutelar la dignidad, la libertad, la equidad y la paz social.

El sacerdote también cuestionó la distancia entre determinados discursos políticos y la realidad cotidiana.

“Hiere, además, la verborragia política cuando promete bienestar mirando encuestas y dibujando futuros alejados de la experiencia cotidiana del pueblo”, sostuvo.

Para Trejo, esa distancia puede convertirse en una forma de indiferencia que “muchas veces duele más que la fiebre”.

En ese marco, llamó a hacerse cargo de las heridas de la sociedad y llamarlas por sus verdaderos nombres, evitando eufemismos que puedan diluir las realidades.

“Honrar a San Roque es hacernos cargo de estas heridas”, afirmó.

Y agregó: “No naturalicemos lo que duele ni aceptemos como normal aquello que enferma la vida del Pueblo Nación: que nadie quede afuera, porque hay derecho a la patria, al hogar y a la dignidad”.

Sin embargo, advirtió que nombrar las heridas no alcanza. “Estamos llamados a hacernos cargo, asumirlas y transformarlas”, expresó, señalando que allí se abre un camino de vida: el camino de Jesús.

En la figura de San Roque, Trejo planteó que la verdad del Evangelio se vuelve concreta: la herida se transforma en signo de inclusión, la enfermedad en revelación y la vulnerabilidad en fortaleza sostenida por Dios.

Para sostener esta reflexión, citó al apóstol Pablo: “cuando somos débiles, entonces somos fuertes” (2 Cor 12,10).

De esta manera, señaló que la fragilidad humana no constituye un obstáculo, sino el lugar donde Dios se revela.

El testimonio de San Roque, concluyó, recuerda que la santidad no consiste en una perfección rígida y distante, sino en una cercanía bondadosa y un compromiso eficaz.

“En su cuerpo llagado se transparentó el encuentro con Dios y con quienes más lo necesitan”, afirmó.

Y cerró su homilía con una invocación al santo patrono: “¡Roque, santo bendito, ruega por nosotros!”