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Opinión y Actualidad

La candidata holográfica

La intención de Cristina Kirchner consiste en arraigar dentro del país, en parte como rebote de la instalación internacional, la idea de que está proscripta, persecución que ella probablemente desafiará mediante una postulación imaginaria capaz de preservar su liderazgo dentro del peronismo.

Hoy 07:06

Por Pablo Mendelevich
Para La Nación

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Una vez, en abril de 2015, la televisión rusa le preguntó amablemente a Cristina Kirchner, de visita en Moscú, quién era su favorito para las presidenciales de ese año. Ella rechazó los términos de la pregunta. Tener favoritos, explicó, es cosa de monarquías. Tres meses después ordenó que la fórmula del oficialismo fuera Scioli-Zannini.

En muchas otras ocasiones volvió a despotricar contra la monarquía. En su libro Sinceramente, por ejemplo, exigió “terminar con la rémora monárquica” de jueces, abogados y académicos elegidos por sus pares. Pero se ve que el asunto dejó de molestarle porque ahora entronizó a su hijo Máximo como candidato holográfico transitorio del kirchnerismo, cuanto menos mascarón de proa de la campaña “Cristina libre”.

Esencia de la monarquía, el principio dinástico es, como se sabe, lo que la diferencia de los sistemas republicanos o democráticos.

Máximo, quien era cobrador inmobiliario antes de dedicarse a la política, arrancó con la ventaja de ser el primogénito de dos presidentes. Desempeñó como puesto junior la jefatura de La Cámpora, con recursos, estructura y apoyo estatal. Luego fue ungido titular del PJ bonaerense, cargo que debió ceder a Axel Kicillof. Va por su tercer mandato como diputado y se destaca en dos ítems: patrimonio personal (heredado) y registro de ausencias.

En Perú gobierna Keiko Fujimori, hija de Alberto Fujimori. Y en Brasil podría ganar Flávio Bolsonaro, hijo de Jair Bolsonaro.

A diferencia de otros países, en Argentina los hijos presidenciales no han tenido mucha suerte. El único fue Roque Sáenz Peña.

Los Sáenz Peña tuvieron mandatos inconclusos por pérdida de poder o muerte. Pero en 1892 ocurrió un hecho curioso: Julio Roca impulsó como candidato al padre de Roque, lo que lo obligó a retirarse de la contienda.

Volviendo a Máximo Kirchner, el problema es que el poder es intransferible y los liderazgos son personalísimos, algo que Cristina experimentó con la fórmula Fernández-Fernández.

Esa fórmula pudo inspirarse en “Cámpora al gobierno, Perón al poder”, un experimento fallido que el kirchnerismo resignificó como épico.

Una posible explicación es que el peronismo no evoca la historia, sino que crea atmósferas donde predominan emociones sobre datos.

Eso ocurre con la cruzada “Cristina libre”, que busca equiparar su situación con la proscripción del peronismo (1955-73), pese a diferencias clave.

Los hechos: el peronismo estuvo proscripto 17 años, con intervención militar constante. Durante la Revolución Argentina (1966-73) todos los partidos estaban prohibidos.

En 1972, Perón volvió al país tras su exilio, habilitado por Lanusse, quien intentó una transición controlada.

Sin embargo, Perón no pudo ser candidato en 1973 por una cláusula electoral. No fue candidato porque no quiso acatarla, aunque el peronismo lo interpretó como proscripción.

Hoy, se repite la idea de persecución: “A los peronistas siempre nos persiguen”, dijo Alberto Fernández.

Pero hay una diferencia clave: no es lo mismo una proscripción que una inhabilitación judicial. La condena de Cristina Kirchner en la causa Vialidad fue dictada por 19 funcionarios judiciales, muchos designados por gobiernos peronistas.

La denuncia ante la ONU difícilmente revierta la situación: no es un tribunal superior.

Entonces, la estrategia es instalar la idea de que Cristina está proscrita, para sostener su liderazgo mediante una candidatura “holográfica”.

Esa es la que, por ahora, Máximo Kirchner insinúa encarnar.