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Opinión y Actualidad

Sin integración nacional no hay desarrollo posible

El desequilibrio entre el centro y el interior no es una fatalidad geográfica, sino el resultado de décadas sin una política de integración. Infraestructura, crédito productivo y un federalismo fiscal que incentive el valor agregado son condiciones indispensables para construir un desarrollo que alcance a todo el país.

Hoy 04:58
Desarrollo.

Por Osvaldo Cornide (*), en diario Ámbito
Hay una manera de mirar el desarrollo argentino que rara vez se practica desde los grandes centros de decisión: mirarlo desde el interior. Desde una provincia que produce grano, energía o minerales y los ve partir hacia el puerto en estado bruto, para recibirlos de vuelta —cuando los recibe— convertidos en productos con valor agregado en otro lado, la pregunta por el desarrollo no es abstracta. Es concreta y tiene forma de mapa: ¿por qué unas pocas jurisdicciones concentran la industria, los servicios y las decisiones, mientras vastas regiones quedan atadas al papel de proveedoras de materia prima y expulsoras de su propia gente?

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Conviene decirlo sin rodeos: ese desequilibrio no es una fatalidad geográfica ni el veredicto de la naturaleza. Es el resultado de la ausencia de una decisión. Y mientras esa decisión no se tome, ningún rebote de la actividad ni ningún veranito estadístico va a corregirlo. Porque estabilizar no es desarrollar, y un desarrollo que se concentra en un puñado de distritos no es, en rigor, desarrollo nacional: es el crecimiento de una parte a costa del estancamiento del resto.

 Por qué el centro concentra y el interior se vacía
La economía explicó este mecanismo hace tiempo. Cuando se deja libradas las regiones a la sola fuerza del mercado, el capital, el talento y la inversión tienden a acumularse donde ya existen escala, infraestructura y demanda, mientras las zonas rezagadas sufren los denominados efectos de drenaje: pierden inversión, pierden población, pierden horizonte.

Albert Hirschman describió la misma tensión entre los efectos de goteo, que difunden el progreso hacia la periferia, y los efectos de polarización, que lo concentran en el núcleo. La conclusión es la que la Argentina se resiste a aceptar: sin una política deliberada de integración, el mercado no cierra la brecha entre el centro y la periferia. La ensancha.

Es exactamente lo que ocurre cuando a una provincia se le reserva el lugar de economía de enclave. Exporta lo que la tierra o el subsuelo le dan, pero no puede industrializarlo, no puede sumarle tecnología ni trabajo local y no retiene el fruto de lo que produce. El valor se genera en su territorio y se realiza en otro. Ese patrón no es apenas ineficiente: es injusto, porque condena a regiones enteras a financiar con sus recursos un desarrollo del que no participan.

El desarrollo se escribe en el territorio
Si el desarrollo es la transformación de la estructura productiva —el pasaje de una economía primaria a una industrial, diversificada y compleja—, esa transformación tiene que ocurrir en todo el mapa, y no solo en la franja que rodea al puerto.

Para que eso suceda hacen falta tres cosas concretas. Primero, infraestructura que una lo que hoy está desconectado: redes viales, ferroviarias, energéticas y digitales que bajen el costo de producir lejos de Buenos Aires. Segundo, crédito y promoción que radiquen actividad industrial en las provincias, en lugar de esperar que la inversión llegue sola a donde nunca llega. Tercero, un federalismo fiscal que premie a quien produce y agrega valor en su lugar, y no que lo penalice.

La experiencia internacional es elocuente y conviene mirarla de frente. La Unión Europea entendió que su mercado común no sería viable con regiones de primera y de segunda, y creó fondos de cohesión que canalizaron recursos masivos hacia las zonas rezagadas para dotarlas de infraestructura y capacidad productiva.

Alemania sostiene un sistema de compensación entre sus Länder que redistribuye deliberadamente para que ningún estado quede muy por debajo del promedio nacional. Y el contraejemplo también enseña: el Mezzogiorno italiano muestra qué ocurre cuando las transferencias asisten sin construir capacidades productivas: se sostiene el consumo, pero no se cierra la brecha. La lección combinada es nítida: integrar exige transferir, pero transferir para producir, no para asistir.

El arraigo como variable económica
Porque lo que está en juego es mucho más que una cuestión de reparto. Un país que integra su territorio le da a su industria la escala de mercado interno que necesita para existir; un país que concentra la condena a un mercado angosto. Un país que radica trabajo en el interior frena la migración forzada hacia el conurbano, esa que vacía pueblos y sobrecarga ciudades. El arraigo no es nostalgia: es una variable económica de primer orden. La persona que puede vivir y prosperar donde nació es, al mismo tiempo, un productor y un consumidor que sostiene la economía de su región y engrosa el mercado nacional.

Esa es, además, la respuesta a una objeción frecuente: que el desarrollo federal sería un gasto que el país no puede permitirse. Es al revés. Dejar a la mitad del territorio en el rol de enclave es lo verdaderamente caro, porque desperdicia recursos, talento y capacidad instalada, y porque traslada a un puñado de centros urbanos los costos sociales de una población que no encontró futuro en su lugar de origen. El desarrollo federal no es una concesión a las provincias: es la forma más eficiente de que el país entero produzca a la altura de su potencial.

La Argentina tiene los recursos, el pueblo, la ciencia y la tierra distribuidos a lo largo y a lo ancho de su geografía. Lo que le ha faltado es la decisión de ordenarlos detrás de un proyecto que piense el país completo y no una porción. Ninguna nación se desarrolló dándole la espalda a la mitad de su territorio, y la Argentina no será la excepción: se desarrollará integrando a todas sus provincias en la producción, el trabajo y el valor agregado, o no se desarrollará. El desarrollo que viene, si viene, se escribirá en el mapa. Y esta vez tendrá que incluir todo el mapa.

(*) Presidente honorario de CAME.

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