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Opinión y Actualidad

Cómo se ha destruido el Poder Judicial en la Argentina

¿Puede haber un denominador común entre el recuerdo de aquel autoproclamado rey de la Patagonia y Araucania del siglo XIX con nuestra Justicia actual? Sí, aunque parezca extraño, porque para la designación de un cargo, sea rey o un juez, solo prima la arbitrariedad.

Hoy 05:04

Por Jaime Malamud Goti, en diario La Nación
Hace poco me encontré con una persona entrañable quien, con visible frustración, me comentó que acababa de perder un concurso para su designación como juez en un alto tribunal. No fue el hecho de perder lo que la acongojaba sino la iniquidad del proceso que la llevó al fracaso.

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No hace falta mencionar que nadie es enteramente dueño de su mente. La mía me condujo por su cuenta a Orélie- Antoine I, un abogado francés que a mediados del siglo XIX, abandonó país y profesión para radicarse en una vasta zona patagónica abandonada por las culturas políticas de Chile y la Argentina. En esta región, poblada sólo por habitantes del lugar, no había gobiernos de modo que nadie se ocupaba de imponer sus normas. Fue esta situación la que impulsó a Orllie-Antoine a autoproclamarse rey de Araucanía y Patagonia. Es cierto que Antoine procuró más adelante lograr que pobladores locales no sólo aprobaran su condición Real. Logró con algún éxito que habitantes de algunos poblados se plegaran a su proclamación. Lo que me fascina de esta historia es que los hechos nunca parecieron teñidos de complejas reglas ni rituales que precedieran al hecho de que Orélie Antoine fuese de repente ni más ni menos que rey. Bastó un acto claro y directo aunque, más de uno agregaría, un acto puramente autorreferencial.

Las designaciones de jueces en la Argentina siguen un camino más complejo pero igualmente arbitrario. En él chocan las pasiones personales y las lealtades ideológicas. El proceso formalmente consta de un examen oral, otro escrito y de una coloquial reunión del aspirante con tres miembros del Consejo de la Magistratura. Es esta última fase la que transforma al proceso entero en un auténtico disparate ya que es en esta fase recae la decisión definitiva correspondiente a quien gana y quien pierde. Es importante reconocer que esta decisión desconoce una manera regular y metódica acerca de quien merece acceder al trono judicial.

Yo alcé mi queja ante el fracaso de quien había perdido la oportunidad de lograr el cargo al que aspiraba por más que su presentación oral y su trabajo escrito hubiesen alcanzado una muy alta calificación. Lo interesante de esta historia es que, al denunciar la injusticia, mis interlocutores me observaron como si hubiese estado uniformado como un cosaco. “Pero si esto es lo que vemos todos los días”, fue la respuesta casi unánime.

Con el propósito de ahorrar explicaciones que aburren porque son inútiles, regreso a los inicios de esta historia. Ojalá actuásemos sin engaños con las facultades para que un solo individuo -quizá el aspirante mismo, como fue el caso de Orélie-Antoine- pueda autoproclamarse juez de la instancia que sea. Total, el Poder Judicial yace hoy destruido.