La quinta entrega de 'Toy Story' vuelve a abrir la caja de los juguetes con una mezcla de nostalgia, comedia y una emoción que sobrevive al sermón digital.
Por Fran Chico
Para Fotogramas
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Siempre es una alegría reencontrarse con Woody, Buzz y compañía. Los juguetes de Pixar forman parte de los recuerdos de infancia de varias generaciones que se han identificado con Andy, primero, y con Bonnie, después. Son parte de nuestra educación sentimental y emocional, y, por eso, 'Toy Story 5' parte con ventaja incluso antes de verla, puesto que uno ya está predispuesto a dejarse llevar por el regreso de estos personajes que Disney convirtió en familia. El problema es que la alegría de su vuelta no es suficiente por sí sola para justificar una quinta entrega que se siente como abrir una caja de cartón bajo la cama, encontrarte con tus juguetes viejos, pasar una tarde nostálgica con ellos y volver a guardarlos exactamente en el mismo sitio. Hay ternura, claro. Hay destellos que nos hacen recordar por qué estos personajes siguen ocupando un lugar tan privilegiado en nuestra memoria y en nuestro corazón. Pero también hay una sensación difícil de esquivar, y es la de preguntarnos si detrás de esta nueva película hay otra razón que no sea exprimir económicamente la franquicia.
La gran novedad de 'Toy Story 5' es la aparición de la tecnología como amenaza directa para los juguetes. La esclavitud de las pantallitas. Esa infancia absorbida por lo digital que ha dejado de vivir experiencias reales y humanas. Sobre el papel, el conflicto parece lógico. En una saga que siempre ha medido el paso del tiempo a través de los cambios en la infancia, era inevitable que la tecnología acabara entrando en escena. Lo malo es que el debate llega muy tarde. Unos diez años tarde, por lo menos. Además, llega con un olor ligeramente rancio, tomando el punto de vista conservador de ciertas sobremesas, columnas de opinión y conversaciones que empiezan con un "en mis tiempos, con un aro y un palo...". Y, ciertamente, es un tanto hipócrita que la cuarta secuela de la película que cambió para siempre la animación desde la tecnología tenga este discurso alarmista contra lo digital.
Por otro lado, conviene aclarar que lo que mejor hace 'Toy Story 5' es entender que el problema no está tanto en la tecnología como en la manera en que sustituye ciertas formas de vínculo, juego e imaginación. La película funciona mejor cuando se aleja del sermón y se acerca a una defensa más luminosa de lo original, de lo distinto y de la posibilidad de encontrar a quienes nos complementan y nos hacen sentir bien con nosotros mismos. Frente al like gratuito y a esos amigos online que son solo un número, la saga vuelve a poner en valor la imaginación como una forma de construir mundos y compartirlos con los demás.
Además, y como continuación natural del gran tema de la saga, el protagonista vuelve a ser el miedo a dejar de ser querido, que aquí vuelve a repetirse como un déjà vu de la mano de Jessie, convertida en líder absoluta de la pandilla. De todos los personajes de 'Toy Story', quizá sea ella quien mejor encarna esa mezcla de entusiasmo, abandono y deseo feroz de seguir siendo elegida. A su alrededor, Buzz (el original, de los otros hablaremos ahora) queda reducido en gran medida a un torpe interés amoroso, y Woody, por su parte, aparece casi por compromiso, como si la franquicia supiera que no puede celebrar una reunión familiar sin invitar al pariente más importante, aunque ya no tenga demasiado claro qué hacer con él.
Hay no obstante otros hallazgos que oxigenan bastante el conjunto, como la subtrama con decenas de Buzz Lightyears que sirve como alivio cómico y casi como una película paralela, más libre y disparatada que la aventura principal. Ahí el film se permite jugar de verdad, multiplicar el absurdo y convertir al guardián espacial en una fuente de caos con una energía que recuerda por momentos a la elasticidad más pura de Pixar. Los nuevos personajes como Buenrrollito también ayudan a sacar a la historia de su zona de confort con los momentos más divertidos del film.
Pero es Jessie quien sostiene 'Toy Story 5' cuando el discurso amenaza con imponerse sobre la emoción. Hay una escena suya, junto al árbol del rancho, que rivaliza con algunos de los momentos más conmovedores de la saga, recuperando esa humanidad que siempre ha hecho especiales a estos personajes. Porque los juguetes de 'Toy Story' nunca han sido solo juguetes. Son criaturas que encuentran su razón de ser en las experiencias compartidas, en amar incondicionalmente, y conviven con el temor de quedarse atrás. Cuando la película recuerda eso, cuando deja de hablar de pantallas y vuelve a hablar del miedo a no ser necesario, encuentra una verdad emocional que todavía funciona.