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Opinión y Actualidad

El grito de Taty

Para Taty el sentido de la vida cambió el 17 de junio de 1975. Todas las Madres tienen un día en el que murieron y volvieron a nacer.

Hoy 06:39

Por Luis Bruschtein
Para Página 12

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De alguna manera hicieron lo que no pudieron Alejandro y los 30 mil, porque ellos no murieron, desaparecieron. Y de esa forma, la más dolorosa de todas las formas, todas las Madres renacieron como una gran Madre en la que los argentinos sintieron su renacimiento. La democracia fue un renacimiento, aunque ahora, quizás, parece que esa nueva vida languidece.

Ese día, que para Taty fue su primera muerte, un grupo de tareas secuestró a su hijo. Alejandro había trabajado en Télam y en ese momento lo hacía en el Instituto Geográfico Militar.

En 1979 Taty se incorporó a las Madres, en 1986 comenzó a militar en Línea Fundadora, y ha sido de las últimas en sobrevivir como una forma primigenia de la memoria. No es tan difícil el mensaje, pero es sesgado. Taty se encargaba de dar el grito final en los actos: “¡30 mil compañeros detenidos desaparecidos!” y la respuesta con los dedos en V o el puño en alto “¡Presentes, ahora y siempre!

Es simple, porque el recuerdo de los 30 mil ha sido una forma de recordar que somos seres humanos. Porque los derechos humanos han sido lo que la época tomó para definir a la condición humana. Somos humanos porque tenemos esos derechos. Y Taty, con las Madres, volvían a recordar, a insistir, a molestar con rabiamor, a no dejarnos olvidar que somos seres humanos.

Taty se encargó, estos últimos años, cuando ya muchas de sus compañeras no estaban, de plantar bandera, a dejar la advertencia de que no podemos retroceder de ese punto que marcaron las Madres. Que llueva o truene, ni con represiones ni engaños, ya no se puede retroceder. Esa es la última trinchera, más allá hay degradación de lo humano.

Y no es un fotografía. No es un mundo estático. Está allí, y Taty lo sabía. No hay que dejar pasar a esa fuerza brutal y despiadada. No terminó con la dictadura. Está al acecho y puja. Está a la vuelta de la esquina, anida en los mensajes de déspotas y poderosos y cada vez que se grita por los 30 mil como hacía Taty, como si fuera un mantra sagrado, en realidad era la memoria que ponía un cerco a un nuevo advenimiento de los torturadores, violadores y asesinos en el poder.

Esta vez Taty se fue o, al menos una parte de ella. Pero la memoria que las Madres han cimentado en todos estos años también las contiene y la contiene a Taty. Nunca se terminarán de ir. Siempre estará esa enorme construcción de sentido humano y civilizatorio que ellas significan en una sociedad que no se puede dar el lujo de perderlas.

Las vueltas a la pirámide de Mayo ya no son tan concurridas. Ya no se ven tantos pañuelos blancos como en la escena que se ha repetido por décadas. Pero está la memoria como abstracción, como símbolo que necesita reencarnar en otros cuerpos de una sociedad con sentido humano. Taty no nos deja elegir. Renegar de ellas es retroceder hacia la ley de la crueldad, la ley de la selva, donde los hombres son los lobos de los hombres.

La mejor forma de despedirla es con el grito que ella se encargaba de hacer escuchar

Taty:

¡30 mil compañeros desaparecidos!

¡Presentes!

¡Ahora y siempre!