Un equipo sin alma ni espíritu volvió a decepcionar en casa, cayó 1 a 0 ante el elenco chileno y baja a jugar la Sudamericana.
Otra noche catastrófica para Boca, de esas que quedan marcadas como una mancha imposible de borrar. Una eliminación que tuvo pinceladas de aquella fatídica serie contra Alianza Lima, el peso insoportable de tres años sin títulos y un nuevo fracaso internacional que deja al club sumergido en una crisis profunda. El semestre quedó teñido de decepción y el golpe también salpica de lleno a Juan Román Riquelme, máximo responsable político de un proyecto que volvió a naufragar en la competencia más importante del continente. Cayó por 1 a 0 como local ante Universidad Católica y baja a la Sudamericana.
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Como suele pasar en estas historias, el primero en pagar es el entrenador. Claudio Úbeda se suma a la larga lista de técnicos a los que el cargo les quedó enorme: antes pasaron Battaglia, Ibarra, Martínez y Gago, todos atrapados en el mismo laberinto. Sin embargo, el problema parece mucho más profundo que el nombre de quien se sienta en el banco. La Bombonera, que durante largos minutos tuvo paciencia, terminó explotando con silbidos, insultos y un grito que resumió el sentir general: “que se vayan todos”. También bajó el clásico “la Comisión, la Comisión”, apuntando directamente a la dirigencia.
Mucho antes del gol de Universidad Católica, Boca ya daba señales de estar perdido. El “movete Boca movete” cayó desde las tribunas tras un remate de Montes y reflejó el desconcierto de un equipo sin rebeldía, que jugó una final como si fuera un partido más. El Xeneize jamás mostró el carácter que exigía una noche decisiva. Los intentos aislados de Exequiel Zeballos y algunas apariciones de Aranda fueron demasiado poco para un equipo liviano, sin sociedades y sin ideas.
El conjunto chileno hizo exactamente lo contrario de lo que había prometido su entrenador Daniel Garnero. Lejos de jugar golpe por golpe, se plantó con orden, cerró espacios y aprovechó cada error de Boca. Así llegó el gol de Montes, después de una contra manejada con precisión por Cuevas, Zuqui y Mena, que desnudó a un equipo totalmente desarmado. El derechazo fue un electroshock para toda la Bombonera y terminó de encender una crisis que ya venía cocinándose desde hace semanas.
Ni siquiera Leandro Paredes, limitado físicamente y visiblemente afectado por una molestia muscular, pudo cambiar la historia. Se quedó en cancha más por simbolismo que por influencia real. El ingreso de Ander Herrera tampoco solucionó nada: Boca ganó lentitud y perdió todavía más claridad. Entonces Úbeda quemó las naves con cambios desesperados, líneas improvisadas y delanteros entrando como podían, incluso con futbolistas lesionados como Miguel Merentiel teniendo que aportar más que otros compañeros sanos.

El final fue una colección de imágenes que retratan el derrumbe: pelotas que no entraban, goles anulados, rebotes imposibles y un equipo roto desde adentro. Boca perdió el partido, perdió la clasificación y perdió el rumbo. La clasificación a la Copa Sudamericana aparece más como una afrenta que como un premio consuelo. La sensación es que el ciclo está agotado y que el problema ya no se resuelve solamente cambiando de entrenador. La crisis es mucho más profunda y amenaza con llevarse puesto todo.