"El beso de la mujer araña" incluye dos películas: una áspera, deudora del cine político; otra, exuberante, heredera de un Hollywood inexistente ya.
Por Antonio Trashorras
Para Fotogramas
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En un ecosistema carcelario devenido crisol de identidades (encerradas, torturadas, cuestionadas), el personaje de Tonatiuh trasciende el tropo del preso que fabula para sobrevivir. Mitad diva sin escenario, mitad espectador que invade la pantalla porque fuera carece de espacio habitable, más que adorar el cine (que también), necesita dar forma a su ser, bañarlo con focos. Por contraste, Diego Luna representa el sujeto político para quien la coherencia es valor sumo y cuyo drama, más que la represión externa, es la negación de permitirse una fisura. Funciona bien tal choque (relato refugio–ideología trinchera), pero hay un tercer ente desestabilizador: el show. Y ahí entra la Jennifer, soberbia intrusión mariana del star system cuyos numeritos son fugas de la realidad donde el sueño invade la vigilia y lo kitsch coloniza lo trágico.
Ahí, uno siente dos películas que apenas se toleran: una áspera, deudora del cine político; otra, exuberante, heredera de un Hollywood inexistente ya. Pero quizá ahí resida la apuesta: suplir síntesis por fricción, costura artística, cicatriz.
Para quienes no consideran la cohesión como máximo valor creativo.