El asunto interpela a todo un sistema político que aún no ha resuelto algo elemental: de qué viven los funcionarios públicos en la Argentina; es una pregunta perturbadora porque pocos están en condiciones de arrojar la primera piedra y porque tampoco se sabe todavía cabalmente hasta dónde pueden haber llegado las irregularidades o el presunto delito del jefe de Gabinete.
Por Francisco Olivera, en diario La Nación
El martes, horas antes de que Manuel Adorni presentara en la Cámara de Diputados su informe de gestión, Juan Grabois sondeó al menos en un bloque de buena relación con el Gobierno, no necesariamente oficialista, algo que le había llegado como rumor: ¿era cierto que el jefe de Gabinete iría al recinto dispuesto a repartir carpetazos entre opositores? La duda se terminó de despejar al día siguiente, sobre la marcha, cuando se vio que Adorni limitaba su discurso a una defensa de la gestión libertaria y de su propia inocencia. Y no más que eso.
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En relación con la expectativa que se había creado, el paso del jefe de Gabinete por el Congreso tuvo pocos momentos comprometidos. Grabois no habló y en su lugar lo hizo Natalia Zaracho. Máximo Kirchner tampoco. Incluso la crítica más furibunda que llegó desde el peronismo, la del diputado Rodolfo Tailhade, que se adentró en el itinerario que la mujer de Adorni hace diariamente con custodia estatal, fue objetada por algunos legisladores de ese bloque, en especial del Frente Renovador.
¿Había un acuerdo de no agresión, como venían sugiriendo desde temprano algunos legisladores? En parte de la oposición lo atribuyeron a que en esas horas, en simultáneo, el Senado estaba tratando en la Comisión de Acuerdos los pliegos de los jueces y embajadores y las autoridades de las bicamerales. “¿Ustedes se van a quedar tan tranquilos?”, le preguntó alguien en privado a Germán Martínez, y el jefe del bloque kirchnerista contestó que él nunca había sido partidario de ensañarse con nadie y que a veces cuestionaba incluso actitudes de su propio espacio. “Yo me estoy preparando para gobernar”, argumentó. Los más envalentonados o quienes proponían una moción de censura para removerlo se quedaron entonces con gusto a poco.
Adorni no tuvo grandes sobresaltos. Lo dejaron hablar, no contestó el fondo de la cuestión –si sus gastos se condicen con sus ingresos– y volvió a obtener ahí respaldo explícito del Presidente, Karina Milei y el gabinete entero. Y su paso por Diputados casi dejó una certeza hacia el futuro: los Milei están dispuestos a sostenerlo hasta las últimas consecuencias. “No hay bandera blanca del Gobierno”, resumió un oficialista. Hasta los propios libertarios que se venían sintiendo incómodos con la situación parecen ya haberse resignado.
En realidad, el caso Adorni interpela a todo un sistema político que todavía no ha resuelto algo elemental: de qué viven los funcionarios públicos en la Argentina. Es una pregunta perturbadora porque pocos están en condiciones de arrojar la primera piedra y porque tampoco se sabe hasta ahora cabalmente hasta dónde pueden haber llegado las irregularidades o el presunto delito del jefe de Gabinete. Lo develará la causa, todavía con incógnitas grandes: ¿cómo hizo alguien que hasta hace dos años compraba bienes intermedios en cuotas para sumar a su patrimonio dos propiedades y hacer varios viajes con un salario que no supera los 7,5 millones de pesos? Adorni ya renunció además al ingreso que le habría correspondido como director de YPF, según consta en una carta que la petrolera le envió el 30 de enero pasado a la Comisión de Valores. ¿Cobra entonces un sobresueldo? ¿De dónde? ¿De la SIDE? ¿De la Asociación de Concesionarios de Automotores de la República Argentina (Acara), como ocurre en el Ministerio de Justicia y otras áreas de la administración, anomalía que lleva décadas y que ni siquiera Milei consiguió erradicar? ¿Del Programa de las Naciones Unidas, aquella modalidad hallada hace dos años en el Ministerio de Capital Humano?
El jefe de Gabinete dice que hay que esperar a su declaración jurada y que dará en la Justicia todas sus explicaciones. Pero a nadie de la dirigencia se le escapa que todo es un escándalo fundamentalmente porque salpica a un gobierno que venía haciendo gala de transparencia y porque, en particular, el funcionario involucrado había sido sarcástico al respecto en muchas de sus conferencias. No por el monto. Los más profesionales de la política le reprochan, en cambio, la ingenuidad de haberse ensuciado por un viaje a Uruguay o propiedades cuyo precio y ubicación distan bastante de las preferencias del establishment.
¿Es una cuestión de origen y hábitos? ¿Adorni se gastó enseguida lo que otros esconden en el tiempo con mejor destreza? Si fue así, en todo caso ratifica la asignatura pendiente: cómo debe hacer un Estado para pagarles a sus funcionarios lo suficiente para no atraer solo a millonarios o a quienes pretenden enriquecerse mediante el ejercicio del cargo. Y lo mismo podría decirse del financiamiento de las campañas. Hasta tanto no se resuelvan ambos asuntos, la dirigencia estará tentada de corromperse o condenada a tragarse sapos.
A los empresarios no los sorprende. Lo toman como parte del paisaje. La Argentina los ha obligado siempre a elegir el mal menor. Es la postura que han tomado también varios de ellos para evaluar el rumbo general del Gobierno. Muchos le reprochan a Milei la violencia discursiva, pero le valoran en cambio el equilibrio fiscal. Y otros directamente están muy a favor. Marcos Galperin. Elzstain. Bulgheroni. Mindlin. Tal vez la mayoría de los que fueron esta semana al Llao Llao para la Expo Efi 2026, algunos de los cuales parecen dispuestos a respaldarlo en público o, más aún, a librar lo que Milei llama batalla cultural. Nadie le había pedido anteayer ahí a Cristiano Rattazzi, por ejemplo, que se pusiera a confrontar con Victoria Alonso, exvicepresidenta de Marvel Studios y referente en la industria audiovisual global, que había planteado en su exposición que el cine necesitaba inversiones. Después de recordar su experiencia durante la represión de los 70, Alonso había dicho además que ella podría haber sido la “treinta mil y uno”. Pero Rattazzi levantó la mano e intervino: dijo que él creía que no le correspondía al sector privado salvar al cine o la cultura y aprovechó para refutar la referida cifra con el argumento de que los desaparecidos no habían sido 30.000. “Si fueron 8000, es igualmente inaceptable”, agregó después.
Pero hay otro elenco de empresarios que preferiría un presidente menos confrontativo. “Son los promodelo y anti-Milei”, los definen los libertarios. Y están también quienes objetan el programa económico. Con matices: no es lo mismo un fabricante textil que un comerciante. Todos ellos evitan fricciones con el Gobierno. Es probable que Paolo Rocca, que acaba de volver a perder una licitación, haya decidido esta vez no contestar. Ni siquiera por carta, como lo hizo en el verano. Pero será difícil que Milei pase ahora fácilmente por alto la reciente reunión entre el líder siderúrgico y Mauricio Macri y los trascendidos del tema que habría surgido ahí: si el expresidente está dispuesto a volver a competir.
Si es que existió, la inquietud de Rocca describe en realidad una discusión de fondo del establishment: ¿hay en el horizonte un líder capaz de mantener el equilibrio fiscal en un país históricamente propenso al gasto? ¿O el maltrato, las arbitrariedades y los sobresaltos son el precio que deberán pagar por una administración racional? Aunque pueda sorprender, es una pregunta que también se hacen en el peronismo. Un intendente encolumnado detrás de Kicillof admitió días atrás ante este diario que el equilibrio fiscal era ya un legado que había que reconocerle a Milei.
Por eso algunos empresarios quisieran otra vez a Macri y hasta fantasean con una candidatura de Jorge Brito. “Si te tocara en 2027, sería más fácil que antes”, tentó uno de ellos al fundador de Pro. Macri hace silencio. Algunos radicales sondearon también a Frigerio y tampoco obtuvieron respuesta. “Rogelio es lo suficientemente inteligente para haber aprendido de Rodríguez Larreta: te lanzás un año y medio antes y te destrozan”, concluyeron.
En la Argentina todo es fangoso. “No vayas, no te conviene”, dicen que le dijo Daniel Angelici a Mahiques antes que aceptara ser ministro. Intuía el desafío del ministro: debe designar jueces en el inicio de una campaña y en medio de causas que involucran al Gobierno, como $LIBRA o Andis; a la oposición, como Cuadernos, las SIRA o las casas de cambio, y a sus viejos amigos de la AFA. Nada nuevo, después de todo. Los sapos no se inventaron con Adorni.