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Opinión y Actualidad

Crítica de "El diablo viste a la moda 2"

Meryl Streep, Anne Hathaway y Emily Blunt vuelven, 20 años después, a sus icónicos papeles en una entretenida y aguda comedia sobre el paso de estas dos décadas en el mundo del periodismo y la moda.

Hoy 06:56

Por Laura Pérez
Para Fotogramas

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Esperar 20 años para rodar una secuela implica ciertos riesgos. Que los actores no se quieran volver a subir al carro (aquí ocurrió durante bastante tiempo), que el público se olvide, o crezca (o ambas), que el asunto deje de ser relevante y el fenómeno fan se desinfle. Pero en este caso, las dos décadas transcurridas desde que se estrenó la primera parte hasta ahora, han jugado a favor.

Porque si en aquel 2006 ‘El Diablo viste a la moda’ era una mera mirada cotilla y paródica –o no tanto– al mundo de las revistas de moda, este ‘El  diablo viste a la moda 2’ se convierte en un agudo relato testimonial del cambio brutal que hemos vivido en estas dos décadas vertiginosas. Y está tratado con la suficiente inteligencia como para no perder la ligereza y la chispa que esperamos de esta historia.

Miranda Priestly (Meryl Streep) sigue dirigiendo la revista ‘Runway’, claro, con Niegel (Stanley Tucci) como mano derecha. Mientras Andrea Sachs (Anne Hathaway) es una prestigiosa periodista en un periódico neoyorquino y Emily (Emily Blunt) ocupa un cargo directivo en una firma de lujo. Es decir, en 2026 cada uno está donde se le esperaba ya en 2006, pero por el camino han ocurrido cosas que entonces ni imaginábamos. En esta segunda entrega escuchamos muchas, pero muchas veces, el sonido de la alerta de Whatsapp, que aunque parezca que ha estado aquí siempre nació en 2009. Andy toma el metro en Hudson Yards, estación construida en 2015 en la más ambiciosa ampliación urbanística de Manhattan y escuchamos hablar del ‘lujo silencioso’, término popularizado a partir de 2020. Ni el lenguaje inclusivo, ni el ozempic, ni el ‘body positive’ que ahora abrazan las revistas de moda ni Kendall Jenner existían en 2006, y todo eso se va colando con gracia en esta trama. También la vuelta de la riñonera, para desesperación de Miranda, y los multimillonarios infantiloides cubiertos de maquillaje naranja.

Pero más importante, y lo que vertebra la trama, es el retrato de la crisis dramática que sufre el periodismo desde la caída de Lemman Brothers en 2008. Las revistas cierran, los periódicos despiden a sus plantillas, las empresas editoriales recortan gastos y asumen la servidumbre a sus anunciantes. Por no hablar de la llegada de la IA. La todopoderosa ‘Runway’ de 2006 es el mundo de ayer y refleja también la evolución en la industria de la moda, en permanente conflicto ético, y el cambio estructural en la industria del lujo.  

Que la franquicia haya conseguido mantener tanto al director, David Frankel, como a la guionista Aline Brosh McKenna, ayuda mucho a preservar la esencia de la película original, con sus peleas de gatas, sus puyas, respetando todos los códigos de la comedia y dando a cada personaje el destino que se merece. Que Andy y Emily muevan los hilos de adquisiciones empresariales multimillonarias, como si fueran el Logan Roy de ‘Succession’, es la cuota de fantasía que debemos concederle a este tipo de películas. Se las ama y se las odia precisamente por ello. Eso  sí, la tendencia imperante de humanizar a los villanos funciona regular en este caso y el arco narrativo de Miranda Priestly le resta parte del carisma que la ha hecho célebre. Aunque el director le ha  dedicado algunas escenas icónicas, como su llegada a la alfombra roja de la Gala del Met, convertida en la Marquesa de Merteuil a la que interpretaba Glenn Close en ‘Las amistades peligrosas’ (1988), capaz de sonreír mientras se clavaba un tenedor por debajo de la mesa. También la  de su soledad en la Galería Vittorio Emanuele de Milán captada majestuosamente a golpe de dron, otra cosa que no existía en 2006 y que hoy es omnipresentes en los rodajes de películas y series. 

‘El diablo viste a la moda 2’ podría haber ido más allá en su crítica a los inversores inmobiliarios que compran edificios viejos para reformarlos y venderlos a precios astronómicos, transformando el paisaje humano de nuestras ciudades. Pero solo que introduzca la conversación ya es bastante. Sin embargo, este asunto sirve para introducir una trama romántica de Andy en la que parece no haber pasado  el tiempo. En 2026 la heroína de la película sigue necesitando una historia que alimente la narrativa del amor romántico, por muchos óvulos que se haya congelado.    

Una secuela, 20 años después, que supera a la primera entrega en chispa e inteligencia.