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Lleva más de 30 años preso acusado de destruir un dique e inundar un pueblo para que su esposa no descubra que estaba de fiesta

James Scott tenía 24 años cuando fue encarcelado a cadena perpetua por hacer colapsar un dique del río Misisipi en la gran inundación de 1993. Las endebles pruebas de la fiscalía.

Hoy 14:25

A las ocho de la noche del 16 de julio de 1993, el dique de West Quincy cedió. El agua de río Misisipi atravesó la barrera y, en cuestión de minutos, una barcaza fue absorbida por la corriente hasta chocar con una estación de servicio. La explosión que siguió se vio a kilómetros de distancia. El humo y el estruendo marcaron el inicio de una inundación que arrasó con miles de hectáreas de tierras de cultivo, arruinó cientos de edificios y dejó incomunicados a los habitantes de ambos lados del río.

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Nadie murió durante la inundación, pero la vida de James Robert Scott cambió para siempre.

El día que cambió el curso del río y la vida de un hombre

Scott tenía 24 años y vivía en Quincy, Illinois, a solo tres kilómetros del dique. Esa semana, como cientos de voluntarios, se había unido a las tareas para contener la crecida del Misisipi. Colocaba sacos de arena, trabajaba junto a la Guardia Nacional y otros residentes. No era la primera vez que el río amenazaba con desbordarse, pero nadie esperaba que el desastre se desatara tan rápido.

El 16 de julio notó una filtración en el dique. Llamó la atención de un miembro de la Guardia Nacional, lanzó algunos sacos más y, ante la falta de refuerzos, se retiró. Horas después, el agua rompió la defensa. El puente Bayview, que unía Misuri con Illinois, quedó inutilizable. Las pérdidas materiales se estimaron entre 15.000 y 20.000 millones de dólares.

La acusación más insólita: fiestero y saboteador

La fiscalía de Missouri no tardó en señalar un culpable. Scott, con antecedentes por incendios provocados y robos, fue acusado de manipular el dique. La versión oficial era de un absurdo trágico. Scott habría causado la ruptura para impedir que su esposa regresara a casa, con la esperanza de seguir bebiendo con amigos y prolongar una fiesta.

En palabras del fiscal Thomas Redington, Scott “retiró o cortó las láminas plásticas que protegían el dique y cavó un canal para dejar pasar el agua”. Testigos afirmaron que lo oyeron jactarse de su hazaña. La policía lo detuvo en octubre de 1993 por un robo no relacionado con este hecho y, durante el interrogatorio, surgió la sospecha del sabotaje.


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No hubo pruebas directas, ni cámaras, ni huellas. La acusación se basó en el testimonio de conocidos y en la reputación de Scott.

Un juicio sin precedentes y dos veredictos idénticos

El primer juicio se celebró en noviembre de 1994. Scott fue juzgado bajo una ley estatal de 1979 que penalizaba “provocar intencionadamente una catástrofe”, un delito de clase A reservado, hasta entonces, para actos de terrorismo o sabotaje grave. El jurado lo halló culpable y lo condenó a cadena perpetua, a sumar a una sentencia previa de 10 años por robo.

El caso se convirtió en una rareza jurídica. Scott es la única persona condenada por ese estatuto en Missouri. El juicio fue trasladado a Kirksville, a más de 100 kilómetros de West Quincy, debido a la presión mediática y social.

En 1997, el Tribunal de Apelaciones de Missouri anuló la condena por “conducta procesal inapropiada” del fiscal. Pero en el nuevo juicio, el resultado fue idéntico: culpable. El segundo jurado deliberó solo tres horas. La sentencia se reinstaló el 6 de julio de ese año.

La gran inundación de 1993 La gran inundación de 1993

¿Una condena sin pruebas?

El caso Scott generó una grieta en la opinión pública. Adam Pitluk, periodista y profesor, dedicó años a investigar la historia. Su libro Condenado a la eternidad: La historia del hombre que dicen causó el diluvio y un documental para Vice Network pusieron en duda la versión oficial.

Pitluk sostiene que no existía prueba material. Ningún testigo vio a Scott romper el dique. La condena se apoyó en confesiones indirectas y en la hostilidad del pueblo. Ingenieros citaron que los diques podían ceder solos por la presión del agua. El propio Scott admitió haber movido sacos de un lugar a otro, pero siempre dijo que lo hizo para reforzar la barrera, no para dañarla.

La acusación de que Scott quería impedir el regreso de su esposa para seguir una fiesta fue sostenida por testigos ocasionales, algunos con conflictos personales con él. “La fiscalía hizo un mejor trabajo presentando las pruebas circunstanciales como si fueran sólidas, porque eso es lo único que tenían - declaró Pitluk -. Pero lo que hay que mirar es la ciencia. Este dique se rompió por causas naturales”.

Un pueblo herido y la búsqueda de un rostro

La gran inundación del 93 no fue un fenómeno aislado: en todo el Medio Oeste, más de 1.000 diques cedieron, unas 54.000 personas fueron evacuadas y las pérdidas económicas superaron los 15.000 millones de dólares. El Misisipi creció hasta 15 metros en algunos tramos. El desastre fue tan extendido que la región vivió sin electricidad durante semanas y las comunicaciones quedaron cortadas.

La presión social para encontrar un responsable era enorme. Los periódicos locales y nacionales cubrieron el caso con titulares sensacionalistas. Las imágenes del agua arrasando campos y granjas alimentaron la indignación. Cuando se supo que Scott tenía un pasado delictivo y problemas familiares, la narrativa se consolidó.

El peso de la rutina tras los muros

Scott ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el Centro Correccional de Jefferson City. Su rutina es inmutable. Se levanta a las 4:30 de la mañana, enciende la televisión para ver noticias locales, reza y medita. El desayuno se sirve entre las 5:15 y las 6:15. Después, trabaja hasta las 4:30 de la tarde fabricando muebles para edificios estatales, incluyendo escuelas y oficinas gubernamentales.

Antes de dormir, intenta salir al aire libre. En tres décadas, asistió a toda clase de programas de rehabilitación, incluyendo un curso intensivo para controlar emociones y adicciones. “Dejé de enfadarme hace mucho tiempo porque no quería ser esa clase de persona”, asegura. Una de sus actividades más constantes ha sido entrenar perros para el programa “Cachorros para la Libertad Condicional” del Departamento Correccional de Missouri. Calcula que ha trabajado con al menos 75 perros.

En 2012, le diagnosticaron linfoma de Hodgkin y pasó seis meses en quimioterapia. Su madre falleció mientras él seguía en prisión. Lo que más extraña, confiesa, son las llamadas telefónicas con ella.

La espera interminable y la esperanza en cifras

Scott no expresa odio ni arrepentimiento. “No creo haber perdido el tiempo aquí”, dice. “Ojalá hubiera podido tomar algún curso de informática, porque es algo que voy a necesitar cuando salga. Todo está en internet, en las computadoras”.

A pesar de la notoriedad de su caso, encontró amigos entre los reclusos. “Muchos me conocen. Hombres que estuvieron encerrados durante 15 o 20 años, a quienes conocí en la antigua prisión. Hemos crecido juntos. Hemos envejecido juntos”.

Desde 2011, Scott espera una audiencia de libertad condicional. El trámite fue reprogramado en varias ocasiones. El sistema penitenciario, saturado de casos y con una burocracia implacable, no atiende su petición. Ahora, dice, la audiencia será en julio de 2026.

El único plan que tiene, si llega a recuperar la libertad, es sencillo: “Me iré pasando por San Luis para poder ver la parte trasera del Arco por última vez, y luego no volveré jamás a Missouri”.

Un juicio que sigue dividiendo a Missouri

El juicio de Scott marcó un antes y un después en la aplicación de la ley en Missouri. La sección 569.070 de los Estatutos Revisados del estado define como catástrofe cualquier evento que cause “la muerte o lesiones graves a diez o más personas, o daños sustanciales a cinco o más edificios o instalaciones vitales”.

En el caso de West Quincy, la acusación no se basó en víctimas fatales, sino en la magnitud de los daños materiales y el impacto sobre la infraestructura. La interpretación de la ley fue tan amplia que, desde entonces, ningún otro acusado fue condenado bajo ese estatuto por un desastre natural.

Los límites de la ciencia y la culpabilidad

Uno de los testigos clave de la defensa fue el doctor David Hammer, ingeniero de suelos, quien declaró que “era absolutamente imposible que una sola persona pudiera haber roto ese dique”. Hammer explicó que, en ese tramo del Misisipi, la presión sobre las barreras era tan alta que cualquier punto débil podía ceder, aun sin intervención humana.

Sin embargo, la defensa no pudo presentar todos los testimonios técnicos. El juez limitó la exposición de los expertos y dio prioridad a los testigos de la fiscalía, muchos de ellos conocidos de Scott o personas con información indirecta.

Durante el juicio, la fiscalía usó el pasado de Scott en su contra. Se recordó su historial de incendios provocados y robos. El argumento era que un “reincidente” tenía motivos para el sabotaje.

El costo humano y social de la inundación

La catástrofe de 1993 dejó a miles de agricultores sin campos, arrasó pequeños negocios y cambió el tejido social de la región. Las evacuaciones masivas y la destrucción de viviendas forzaron a muchos a migrar. La economía local tardó años en recuperarse.

Para los habitantes de West Quincy y alrededores, el recuerdo de esos días sigue vivo. Muchos siguen creyendo en la culpabilidad de Scott. Otros ven en él a un chivo expiatorio de la desesperación colectiva.

Un hombre contra la tormenta perfecta

Scott pasó más tiempo tras las rejas que en libertad. “No puedo sentarme aquí y probarte que no rompí el dique de West Quincy. Pero ellos nunca probaron en el juicio que yo lo hice. Porque no lo hice”, dijo en una entrevista con ABC 17 News.

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