Parece imposible juntar a dos personas sin que se pongan a hablar de un tercero. ¿Para esto desarrollamos una tecnología tan compleja y maravillosa como es el lenguaje?
Por Paloma Fabrykant
Para Clarín
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Cada vez que entra un compañero nuevo a la oficina se repite el mismo ritual: llevarlo a conocer las instalaciones, explicarle el trabajo, dejarlo frente a su computadora y, empezar a chusmear. ¿Cuántos años tendrá? ¿Será soltero o casado? ¿Hará bien el laburo? ¿Lo trajo algún jefe? ¿Es amigo de alguien? Pero el protagonismo de los recién llegados nunca dura demasiado y pronto el foco de la charla vuelve a los temas clásicos: romances, macanas, despidos, ascensos. Y no es que en mi oficina se labure poco, pero a veces parece imposible juntar a dos personas sin que se pongan a hablar de un tercero.
¿Será que los humanos tenemos una compulsión por llenar los silencios? Interactuar en sociedad es principalmente intercambiar palabras, y en ambientes no del todo íntimos, los temas de conversación no sobran. Con la política mejor no meterse, confesiones personales no conviene hacer, reflexiones profundas casi nunca calzan y si no está jugando la Selección ni se avecina un fenómeno meteorológico de esos que dan vuelta los termómetros, por pura inercia de seguir dialogando terminamos sacándonos el cuero unos a otros. Pero digo yo: ¿Para esto desarrollamos una tecnología tan compleja y maravillosa como es el lenguaje?
Existen varias hipótesis sobre el origen del lenguaje, en su mayoría lo sitúan hace aproximadamente cien mil años. Los lingüistas discuten si las primeras palabras surgieron de gritos de dolor, imitación de pájaros o repercusiones del latido del corazón. Pero cuál fue la razón que motivó el desarrollo de un sistema simbólico tan complejo, que articula movimientos labiales, expulsión de aire y vibración de cuerdas vocales, para asociar un determinado sonido a un concepto externo, completamente ajeno al aparato fonador, eso todavía está en discusión. Muchos sostienen que lo crearon las madres, para mantener un lazo verbal con sus hijos cuando tenían que cortar el contacto físico. Otros teorizan que fueron los primeros cazadores, buscando una herramienta para enfrentar en equipo mamíferos grandes o manadas peligrosas.
Pero también existe una teoría conocida como “del parloteo y el despioje” que sugiere que el principal motivo para crear el lenguaje fue acercar individuos, en reemplazo del ritual de sacarse los piojos que tanta importancia reviste en las comunidades de primates. Ese originario fluir de palabras entre los primeros hombres de la tierra, trazaba alianzas y construía comunidad de una manera similar a la limpieza del pelaje de nuestros ancestros homínidos, pero con mayor eficacia, sobre todo cuando empezamos a quedarnos pelados.
Siguiendo esta línea, y volviendo a la oficina, ya podemos afirmar que todo ese cotorreo a veces nos hace sentir culpables por no estar eficientizando al máximo nuestra productividad en el trabajo, resulta -en términos de desarrollo humano- mucho más importante que el trabajo en sí. Así que a seguir contando chismes, ejercitando la sintaxis y creando vínculos con palabras, que eso es, a fin de cuentas, lo que nos hace los homosapiens que somos.