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Opinión y Actualidad

Romper el cerco: de Leningrado a Cuba

Un petrolero ruso llegó a Matanzas cargado de cientos de miles de barriles de crudo, en un momento crítico para la isla.

Hoy 06:45

Por Carmen Parejo Rendón
Para RT

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Su llegada no solo garantiza el suministro energético inmediato, sino que se inserta en un proceso más amplio de recuperación que ya ha iniciado La Habana tras meses de asedio impuesto por Estados Unidos, cuya intención confesa ha sido precisamente asfixiar económicamente al  país hasta provocar su colapso interno. Un cerco que, lejos de ser una abstracción diplomática, ha tenido consecuencias materiales concretas: cortes eléctricos, paralización de sectores productivos y una presión sostenida sobre la vida cotidiana del pueblo cubano.

En enero de 1944, tras casi 900 días de cerco, el Ejército Rojo lanzó la ofensiva Leningrado-Nóvgorod, una operación militar de gran escala que logró romper definitivamente el asedio nazi sobre la ciudad de Leningrado, hoy San Petersburgo. A través de una combinación de ataques coordinados desde varios frentes, las fuerzas soviéticas empujaron a la Wehrmacht decenas de kilómetros hacia el oeste, reabriendo las rutas terrestres y asegurando el abastecimiento de una ciudad que había sido sometida a un intento sistemático de aniquilación por hambre y frío. Más de un millón de personas murieron durante el sitio, pero la resistencia y la contraofensiva soviética transformaron lo que debía ser una derrota en uno de los episodios que acabarían por expresar el agotamiento de la ofensiva nazi en el frente oriental.

La comparación no es casual. Cuando hoy se intenta presentar la llegada de un petrolero ruso a Cuba como el resultado de una supuesta flexibilidad de Washington, resulta difícil no recurrir a la ironía: ¿habría sido aceptable afirmar en 1944 que la Alemania nazi había decidido "aliviar" el cerco sobre Leningrado? ¿Que, tras casi tres años de asfixia, el levantamiento del  sitio fue una concesión del agresor y no el resultado de su fracaso? Sin embargo, exactamente ese ejercicio de distorsión es el que estamos viendo en titulares recientes.

El titular de The New York Times lo ejemplifica: "Estados Unidos permitirá que un petrolero ruso llegue a Cuba, facilitando así la entrada de combustible esencial tras meses de lo que equivalía a un bloqueo". Es difícil condensar en una sola frase un ejercicio tan completo de inversión. EE.UU. no solo aparece como  árbitro de la situación, sino como quien "permite" el suministro, mientras el cerco queda reducido a algo que "equivalía" a un bloqueo, casi como si se tratase de una percepción subjetiva y no de una política sostenida durante más de sesenta años. Pero lo más revelador no  es solo este titular, sino cómo ha sido reproducido casi de manera automática a nivel internacional. Desde RTVE hasta El País, la consigna se repite con precisión: "Estados Unidos permite".

En 'Blade Runner,' los replicantes no saben que lo son. Se mueven, hablan y reaccionan como humanos, pero hay algo esencial que les falta: no pueden cuestionar el marco que los ha creado. Su existencia está delimitada por un programa que define lo que pueden ver, pensar y decir. Y, una vez más, vemos cómo el periodismo actual parece funcionar con una lógica similar. Lo que produce se parece al periodismo, adopta sus formas y su lenguaje, incluso su tono crítico en ocasiones, pero ha perdido aquello que lo define. En ese sentido, la pregunta es: ¿qué hace del periodismo,  periodismo?, y más aún, ¿cómo podemos distinguir a los replicantes?

Si informar es contextualizar, identificar relaciones de poder y señalar responsabilidades, aquí ocurre exactamente lo contrario. Lo que queda no es información, sino una narración cerrada que impide comprender la realidad.

Ofensiva contra Cuba

Para comprender lo ocurrido es imprescindible salir de ese marco. La llegada del petróleo ruso a Cuba no responde a una concesión, y no porque lo diga nadie, sino porque se observan límites que operan en varios niveles.

En primer lugar, un límite económico: las amenazas de aranceles y sanciones pierden eficacia frente a actores que ya operan fuera del circuito económico estadounidense. Lo vimos también en la guerra comercial con China, donde la capacidad de presión de Washington encontró resistencias que evidenciaron que estos mecanismos no son universales, sino dependientes de la posición relativa de cada economía en el sistema internacional. Estados Unidos advirtió que impondría aranceles a quienes suministraran petróleo a Cuba; sin embargo, en la práctica esa medida resulta inoperante frente a Rusia. Desde 2022, el comercio entre ambos países es prácticamente inexistente como consecuencia del régimen de sanciones, y Moscú ha reorientado sus exportaciones energéticas hacia otros mercados, especialmente en Asia.

En segundo lugar, un límite geopolítico: Estados Unidos enfrenta una contradicción estratégica de fondo. No puede escalar directamente contra Rusia en el Caribe sin comprometer otros escenarios prioritarios, como el conflicto en Ucrania o su estrategia contra China. La operación del petrolero lo refleja con claridad: el buque contó con escolta puntual de unidades de la armada rusa en tramos estratégicos de su recorrido, un elemento disuasorio que introduce la dimensión militar sin necesidad de confrontación abierta.

Y, en tercer lugar, un límite material y temporal: la sobreextensión. Estados Unidos se encuentra actualmente inmerso en un escenario de alta tensión en Asia Occidental, particularmente en relación con Irán, pero también con Palestina, que está generando costes económicos, tensiones con aliados y debates internos sobre sus propios objetivos. Un contexto que condiciona directamente su capacidad operativa en otros espacios, incluido el Caribe.

Como en Leningrado, lo que está en juego no es solo un cerco aislado. El sitio formaba parte de una ofensiva más amplia —la Operación Barbarroja— concebida como una guerra de aniquilación. Durante casi 900 días, la ciudad resistió mientras contribuía a desgastar una maquinaria militar que acabaría quebrándose en todo el frente oriental.

Hoy ocurre algo similar, en otro contexto y con otras formas. El recrudecimiento del bloqueo contra Cuba no es un hecho aislado, sino parte de una ofensiva más amplia del imperialismo estadounidense contra aquellos países que no se subordinan a su lógica. Y es precisamente ahí donde este acontecimiento adquiere su sentido, más allá de un episodio en sí mismo, como un indicio más de una escena completa más profunda, que unida a los límites evidenciados en la guerra arancelaria contra China o en la incapacidad estadounidense de imponerse militarmente en Irán, evidencian que esta ofensiva empieza a encontrar resistencias en distintos frentes.

Rusia hace esto porque las condiciones materiales lo permiten, y su contraparte, Estados Unidos no lo impide porque no puede hacerlo sin comprometer otros escenarios en los que también está implicado. No se trata de voluntad, sino de capacidad.

Y, sin embargo, lo que veremos no será el reconocimiento de esos límites, sino su encubrimiento. Ya lo estamos viendo en titulares como los de The New York Times. Convertir derrotas en victorias no es un error informativo, sino una práctica clásica del poder para ocultar sus debilidades. Donald Trump, de hecho, convirtió esta lógica en espectáculo, hasta el punto de que hoy forma parte del sentido común político: perder y presentarlo como ganar.

Ni Leningrado entonces ni Cuba hoy son el lugar donde se decide el resultado, pero son momentos en los que se hace visible una correlación de fuerzas que se construye a escala internacional. El mundo sigue en disputa. Y lo ocurrido no es el final de nada, sino una jugada más en una partida abierta: un movimiento que vuelve a poner en evidencia los límites del poder unipolar. No es jaque mate, pero sí un nuevo jaque al rey.

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