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Opinión y Actualidad

Alfonsín, el ilustrado de la democracia argentina

Alfonsín, sin dudas, es el ilustrado de la democracia argentina en el sentido kantiano, porque fue el líder político que impulsó a su país para que saliera de la dictadura.

Hoy 05:15

Por Alfio Germán Acosta (*), en diario La Nación
Frecuentemente se asocia el ser ilustrado únicamente con el concepto de erudición, entendiendo a una persona como un intelectual que despliega vastos conocimientos y una notable inteligencia. Sin embargo, esta noción transciende la simple acumulación de información y saberes. Immanuel Kant exploró este concepto en su famoso ensayo ¿Qué es la ilustración? Antes de avanzar en su significado, es importante detenerse brevemente en la figura de este influyente autor.

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Kant nació en Königsberg (actual Kaliningrado, Rusia), en la Prusia Oriental, el 22 de abril de 1724 y murió también en Königsberg, en 1804. Sus orígenes fueron humildes; su padre fue un artesano (talabartero) que se dedicó a la fabricación de arneses y aperos. Su familia, con mucho sacrificio, pudo mandar al joven Kant a la escuela y luego a la universidad. Estudió Lógica, Metafísica, Ciencias Naturales, Geografía y Teología en la Universidad de Königsberg. Con el tiempo, se convirtió en un profesor universitario clásico.

La construcción de su pensamiento filosófico, sin dudas, representa la síntesis superadora de las corrientes empirista y racionalista que atraviesan toda la Edad Moderna. El profesor Kant marca un antes y un después con respecto al pensamiento filosófico y la forma de estudiar la filosofía. Es difícil seguir pensando de la misma manera después de Kant. Su filosofía cruza tres preguntas primordiales: ¿qué puedo conocer?, ¿qué debo hacer?, ¿qué me es permitido esperar?

El profesor Kant fue un gran ilustrado, pues perteneció al siglo XVIII de la Ilustración. Él mismo pensaba, filosofaba y se interrogaba sobre qué quería decir ser un ilustrado. En 1784, escribió un ensayo que convirtió en libro y que denominó ¿Qué es la ilustración?

Kant llegó a pensar que el ser humano está destinado a crecer, progresar, desarrollarse. El filósofo se da cuenta de que el tiempo que le toca vivir es el Siglo de las Luces. Dice que la Ilustración “es la salida [del ser humano] de su minoría de edad”. Esta minoría de edad, para Kant, significa “la incapacidad de servirse del propio entendimiento, sin la dirección de otro”. Señala, además, que el ser humano debe tomar la decisión de forjar su propio destino. De lo contrario, será el ser humano mismo el responsable de su no progreso. Es decir que, en este ensayo, Kant define la minoría de edad no como una etapa biológica, sino como un estado de dependencia intelectual. Para él, ser “menor de edad” significa ser incapaz de usar la propia razón sin la guía de otra persona. “Uno mismo es culpable de esta minoría de edad cuando la causa de ella no yace en un defecto del entendimiento, sino en la falta de decisión y ánimo para servirse con independencia de él, sin la conducción de otro”. Salir de esta minoría de edad significa abandonar un estado tutelado por dioses, autoridades, grandes maestros; incluso, por nuestros propios padres. Podríamos decir que la consigna de la Ilustración o, mejor dicho, la respuesta más nítida a la pregunta sobre qué significa ser un ilustrado sea “¡sapere aude! ¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento! He aquí la divisa de la ilustración”. Es decir, atrévete a saber, anímate y toma la decisión de conocer por ti mismo. Es necesario que te emancipes y pienses sin el lastre de los dogmas, los mandatos culturales y los prejuicios que otros han construido para ti. La verdadera mayoría de edad se alcanza cuando la propia voz deja de ser un eco de lo establecido y se convierte en el reflejo del propio propio juicio.

En definitiva, Kant nos impulsa a conquistar una libertad sin ataduras. Nos invita a convertirnos en los únicos dueños de nuestro destino y en los arquitectos de nuestro propio presente y futuro. Este llamado a la autonomía constituye, sin duda, uno de sus aportes más revolucionarios y fundamentales al pensamiento filosófico universal.

Lo dicho, ser un ilustrado no significa necesariamente ser un intelectual o alguien que lo sabe todo.

En la Argentina, desde el golpe de Estado de 1930 hasta que Alfonsín gana las lecciones en 1983, habían pasado 50 años de inestabilidad constitucional, fraude, violencia y persecución política. De manera tal que el país vivió muchos años bajo gobiernos de facto, autoritarios y sólo con breves interregnos de gobiernos democráticos como el de Arturo Frondizi y Arturo Illia, por ejemplo.

Alfonsín, sin dudas, es el ilustrado de la democracia argentina en el sentido kantiano, porque fue el líder político que impulsó a su país para que saliera de la dictadura. Es decir que luchó para que el pueblo argentino dejara de estar tutelado por regímenes autoritarios y envuelto en una cultura violenta. Defendió la fortaleza de las instituciones y la Constitución como guía fundamental, abogando por el respeto a los derechos humanos y la construcción de un Estado legítimo. Su objetivo era sentar las bases de una democracia duradera mediante el diálogo, el pacto político y la educación cívica. Buscaba alcanzar “la mayoría de edad de la sociedad argentina”, tal como pregonaba Kant. El líder radical buscaba que el pueblo argentino y cada uno de sus miembros no fueran sólo espectadores del cambio social, sino los verdaderos forjadores de su propio destino.

Todo ello se opone a las corrientes historicistas que creen que las sociedades están predeterminadas, ya sea por la naturaleza, por Dios o porque se concibe a la sociedad como producto de la lucha de clases como creían los marxistas. En consecuencia, son corrientes de pensamiento que menoscaban la potencia, la fuerza y la creatividad del individuo. Alfonsín dice en el discurso de Parque Norte: “El futuro no está predeterminado ni en un papel vacío donde podemos diseñar en forma absoluta nuestra voluntad” (p. 40). Además, es contundente al afirmar que ya terminó en el mundo “la era de las convicciones absolutas del siglo pasado, la era de los mesianismos y de los historicismos fáciles”.

El eje central de la democracia liberal es el ser humano como individuo. Por tanto, la persona no sólo debe ser el fin último de las políticas públicas, sino el sujeto activo encargado de forjar su futuro. La democracia es, por naturaleza, el único sistema con capacidad de autocrítica. Al reconocerse imperfecta, asume el desafío de transformarse y renovarse de manera continua. En consecuencia, tiene dos virtudes primordiales para el ser humano: por principio, no exige “ninguna cuota de sangre –y con ello queda garantizado el derecho a la vida–; y tiene, además, la capacidad de cuestionarse a sí misma, transformarse, renovar las relaciones entre los hombres, generar nuevas ideas y desechar las viejas” (Alfonsín, 2018, p. 237). Por todo ello, la democracia para Alfonsín y el radicalismo es “un régimen en estado permanente de creación; con sus conflictos, con sus tensiones. Antagónica y –¿por qué no?– también rebelde, ella es el reaseguro de la razón” (p. 37). Esto quiere decir que el ser humano como individuo –sin distinción de sexo, posición social, religión, lugar geográfico donde se encuentre– debe concebir la vida como algo que está en permanente evolución y modificación, como el barro que espera ser moldeado. Cada cultura y cada generación, con sus propios aciertos y fracasos, tienen la oportunidad de darle forma a su tiempo y, en consecuencia, a esculpir su propio destino.

Por tanto, Alfonsín procuraba una sociedad abierta al mundo y no sometida a dogmas, con el afán de construir una república y una democracia para siempre. Por ello, en sus discursos, proponía unas narrativas que invitaban a la reflexión y al debate público, fundamentales para la democracia y para las personas, quienes debían ser las principales protagonistas en el tránsito de un camino que llevara al país a un estadio mucho mejor; es decir, de la oscuridad de la dictadura al iluminismo de la democracia. Toda esta concepción derivada de una visión kantiana que se vincula con el pensamiento alfonsinista fue desplegada en el marco de una corriente de pensamiento liberal-social de corte igualitario en lo político.

(*) Licenciado en Sociología y Ciencia Política por la Universidad Nacional de Córdoba, doctorando en Ciencia Política en el Centro de Estudios Avanzados (CEA-UNC).