La competencia tecnológica entre Estados Unidos y China no gira tan sólo en torno a los chips o a las plataformas, sino a una carrera cognitiva por el dominio global.
Por Fernando León, en diario Clarín
En su República Tecnológica, Alexander C. Karp plantea sin ambages una cruda realidad: el pensamiento débil ha llevado a Occidente a perder el rumbo. Durante años, la tecnología ha estado en manos bienpensantes cuya ambición, en lo tecnológico, es sólo ganar dinero, renunciando al trabajo conjunto con el Estado para asegurar el liderazgo global que precisamente ha hecho posible ese mundo dinámico y libre que los occidentales aún disfrutamos.
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En este contexto, la IA es presentada como un asunto empresarial, un debate académico, un riesgo cultural o una amenaza laboral. Por desgracia, en realidad se trata de ventaja estratégica. La competencia tecnológica entre Estados Unidos y China no gira tan sólo en torno a los chips o a las plataformas, sino a una carrera cognitiva por el dominio global. En este mismo instante, las superpotencias globales batallan por conservar la capacidad de modelar información, anticipar conductas y optimizar decisiones en tiempo real.
China integra IA en su estructura estatal con lógica de planificación central. Estados Unidos lo hace mediante alianzas público-privadas. Europa regula. Rusia militariza. La pregunta no es si usar IA, pues los modelos de artificialidad cognitiva ya están en el campo de batalla y son decisivos. La pregunta es quién la domina.
La guerra en Medio Oriente y el conflicto ruso-ucraniano confirmaron que los protagonistas no son hoy los aviones, barcos o los soldados. Hemos entrado en un infierno bélico en el que combaten los drones autónomos, los sistemas de detección predictiva, los mecanismos de intercepción automatizada de misiles y los análisis de inteligencia en tiempo real.
En resumen: el poder militar moderno es algorítmico. Un Estado sin capacidad de procesamiento avanzado es un Estado ciego.
Desde la perspectiva conservadora clásica, que yo llamo, a secas, realismo, la defensa nacional es una función primaria del Estado. En el siglo XXI, esa defensa exige infraestructura de datos soberana, capacidad de cómputo estratégica y control sobre sistemas críticos. Se trata de supervivencia institucional, y, acaso también, de un sentido común que hemos ido perdiendo a lo largo del camino.
La izquierda cultural tiende a leer la IA exclusivamente como herramienta de vigilancia. El análisis conservador introduce otra variable, esencial para tiempos de progreso tecnológico exponencial: orden social y previsibilidad institucional. Estamos ante el peligro inmediato de amenazas que ya estaban entre nosotros, pero que ahora corren el riesgo de volverse inmanejables. Detección temprana de posibles crímenes, optimización de las fuerzas de seguridad, gestión inteligente de la infraestructura crítica, administración pública basada en datos.
Un Estado débil improvisa. Un Estado moderno anticipa. La IA, si bien no es un atajo hacia el desarrollo ni la panacea que algunos auguran, constituye el único camino que permite a las naciones emergentes pasar de la reacción al control estratégico. Aquí es donde Argentina, en su alianza estratégica con América del Norte, puede recuperar el tiempo perdido y seguir siendo relevante en el ajedrez global.
En el orden interno, la verdadera discusión no es si la IA reemplazará empleos, sino si un país la integrará en su aparato productivo. Una agenda conservadora coherente debería priorizar a la IA aplicada a energía, agroindustria, defensa y administración tributaria.
Argentina enfrenta una encrucijada: no nos falta el talento de nuestros técnicos e ingenieros y expertos en el área tecnológica, y tenemos un rico ecosistema emprendedor. También contamos con recursos energéticos clave. Pero aún no hay una estrategia nacional de IA.
Sin planificación tecnológica no habrá defensa moderna, ni competitividad ni soberanía informacional. La IA puede convertirse en plataforma para modernizar el Estado, herramienta para mejorar la productividad, escudo digital en tiempos de conflicto global. O bien nuestros políticos pueden seguir tomando la pastilla azul de Matrix, y transformar la IA en otro elemento que se importa o terceriza. Sin embargo, nadie que deja que otros piensen por él puede aspirar al liderazgo.
La IA no es un debate moral abstracto. Es una herramienta de poder. Como advierte Karp en su libro, vivimos en un mundo que vuelve a organizarse en bloques: quien no controle su infraestructura digital se volverá obsoleto y será controlado por otros estados, por otras agendas, por otras prioridades, por proceso de orden global, geopolítico, que están fuera del alcance de los estados que, por no contar con un poder efectivo de disuasión-negociación, se vuelvan irrelevantes.
El desafío no es resistirse a la IA, sino integrarla bajo principios de orden, soberanía y responsabilidad nacional. El algoritmo puede ser instrumento de caos. O puede ser columna vertebral de estabilidad. Depende de quién lo gobierne.