Hoy todo puede medirse, y vivir bien se parece demasiado a rendir, dormir, pensar, trabajar y sentir mejor, en un proceso de optimización sin fin.
HACÉ CLICK AQUÍ PARA UNIRTE AL CANAL DE WHATSAPP DE DIARIO PANORAMA Y ESTAR SIEMPRE INFORMADO
Thomas Lincoln y Nancy Hanks inculcaron a su prole los valores cristianos bautistas en Kentucky. Tal vez de allí nació en su hijo Abraham la idea de abolir la esclavitud. Décimo sexto presidente de los Estados Unidos, solía decir a su gente: “Al final, lo que importa no son los años de vida, sino la vida en esos años”.
En relación a ambas cosas, durante siglos el asunto fue para los seres humanos un albur ante el que poco se podía hacer y que se resolvía en el terreno inestable de la experiencia, el deseo y la biografía. Hoy esa indeterminación empieza a resultar incómoda. En su lugar, se empieza a imponer una promesa tranquilizadora: la vida puede organizarse, corregirse, optimizarse. No ya como una aspiración moral, sino de modo sistematizado, apelando a un conjunto de variables que, bien gestionadas, conducirían a una existencia más plena, más estable y más eficiente.
El bienestar, que durante décadas orbitó el lenguaje del equilibrio, del sentido o incluso del conflicto, adopta ahora la gramática del rendimiento. Vivir bien se redefine como una forma refinada de funcionar mejor. El ideal contemporáneo es estar bien, pero además, estarlo en forma permanente.
Este desplazamiento no se presenta como mandato, sino como oferta razonable. Nadie obliga a optimizarse, pero todo invita a hacerlo. La cultura del mejoramiento continuo se filtra en discursos sobre salud, trabajo, vínculos, emociones. El yo aparece como un proyecto siempre inconcluso, susceptible de ser afinado con más información, mejores hábitos, decisiones más inteligentes. Según datos del World Economic Forum, más del 70 % de los adultos en grandes centros urbanos consume regularmente contenidos vinculados a la mejora personal, la productividad emocional o el rendimiento cognitivo. El bienestar se vuelve un campo de intervención.
Cinthia Ortiz, psicóloga del equipo especializado en ansiedad de Fundación Aiglé, observa que esta lógica modifica el modo en que las personas se relacionan con su propia experiencia: “La época favorece una mirada puesta en lo que falta -dice-, en lo que podría mejorarse, y eso dificulta la posibilidad de habitar el presente sin evaluarlo”. Así, la vida se vive bajo auditoría. Cada estado es provisorio. Cada sensación, pasible de corrección.
La promesa del bienestar medible se apoya en una intuición poderosa: lo que se puede registrar, se puede mejorar. El dato ofrece una ilusión de control en un contexto atravesado por la incertidumbre. Frente a un mundo inestable, la optimización promete orden. Frente al malestar difuso, propone métricas. Frente a la angustia, ofrece método. La pregunta ya no es cómo vivir, sino cómo hacerlo mejor, según parámetros cada vez más precisos.
Optimizarse suena razonable, porque dialoga con valores profundamente instalados: responsabilidad, autonomía, autoconocimiento. Nadie quiere vivir peor. Nadie quiere descuidarse. El problema aparece cuando la vida empieza a pensarse exclusivamente en términos de desempeño.
“Cuando la pregunta por el sentido se reemplaza por el interrogante de la eficiencia. Cuando el bienestar deja de ser una experiencia y se convierte en un indicador. Tal vez convenga detenerse allí -advierte uno de los más interesantes filósofos contemporáneos, Byung Chul Han, ensayista y profesor en Berlín-. No para rechazar las herramientas ni idealizar el desorden, sino para reconocer que detrás de la fascinación por la vida ajustada se esconde algo más que una moda tecnológica. Se está configurando una nueva definición de bienestar. Una que ya no se mide por cómo se vive, sino por qué tan bien se rinde”.
El yo como tablero
La vida contemporánea empezó a parecerse menos a un relato y más a un sistema. Gráficos, alertas, promedios y objetivos se superponen a la experiencia cotidiana con una naturalidad inquietante. “El pasaje del consejo al control no ocurrió de manera abrupta, sino como una deriva técnica y simbólica -dice Han-. Primero fue la recomendación, luego el seguimiento, finalmente la evaluación continua. El yo, convertido en proyecto permanente, se administra bajo una lógica que privilegia el ajuste constante por sobre la pausa”.
Diversos estudios permiten dimensionar este giro. Un informe del Pew Research Center señala que más del 62% de los adultos que utilizan tecnologías de bienestar revisan sus métricas personales al menos una vez al día, aun cuando no exista una indicación médica. El dato no describe solo una práctica, sino una forma de relación con uno mismo. La vida se vuelve legible en números. Lo que no se mide, parece perder relevancia.
La metáfora del tablero de control organiza esta nueva subjetividad. Cada dimensión de la existencia se presenta como una variable susceptible de optimización. El sistema compara, señala desvíos, sugiere recalibrar. Han advierte que este modelo redefine la noción de libertad: “El sujeto de rendimiento se cree libre porque se auto-optimiza, pero en realidad se somete a una exigencia sin límite, sin exterioridad, sin pausa”. El control ya no proviene de una autoridad externa, sino de un circuito interno que se retroalimenta.
La figura del gurú motivacional pierde centralidad frente a otra forma de autoridad, más silenciosa y eficaz. Esa aparente neutralidad técnica desplaza la pregunta por el sentido hacia una lógica de corrección permanente. Según investigaciones publicadas en Nature Digital Medicine, los dispositivos de auto-monitoreo incrementan la sensación de control en el corto plazo, pero también elevan los niveles de autoexigencia y frustración cuando los objetivos no se cumplen de manera sostenida.
Nikolas Rose, sociólogo, profesor emérito de la London School of Economics y especialista en biopolítica y salud mental, describe este proceso como una mutación profunda de la responsabilidad individual: “La vida se concibe como un sistema que debe ser gestionado de manera constante -afirma-, y cualquier falla se interpreta como un error de autogobierno. El cuidado se convierte en una auditoría permanente del propio desempeño”.
La autoridad ya no reside en la experiencia acumulada ni en la palabra del especialista, sino en la coherencia del sistema. El dato desplaza al consejo. El algoritmo, al criterio. La vida bien vivida se confunde con la correctamente gestionada. En ese contexto, la noción de suficiencia se vuelve inalcanzable. Siempre existe una métrica más precisa, un ajuste pendiente, una mejora posible.
Investigaciones de la American Psychological Association señalan que este imperativo de ajuste continuo produce un efecto paradójico. “La percepción de control aumenta -destaca una de ellas-, pero también lo hace la ansiedad asociada a la posibilidad de fallar. El cuidado, pensado originalmente como protección frente al malestar, se transforma en evaluación iterativa. El yo se observa a sí mismo con una lupa que no cesa”.
La auto-vigilancia ya no se impone desde afuera. Se ejerce de manera voluntaria, incluso entusiasta. “El problema no radica en la tecnología -aporta Han-, sino en el modelo de subjetividad que la sostiene. Cuando la vida se administra como un sistema que nunca debe fallar, el bienestar deja de ser una experiencia y se convierte en un rendimiento que siempre puede, y debe, mejorar”.
No rendir, un error personal
El pasaje del bienestar al rendimiento no se limita a una transformación técnica, sino que deja marcas profundas en la experiencia subjetiva. Cuando la vida se organiza bajo la lógica de la optimización, el ideal ya no es estar bien, sino estar siempre mejor. “En ese desplazamiento silencioso, la responsabilidad por el malestar se internaliza. Si todo puede ajustarse, entonces cualquier falla parece indicar una gestión deficiente del propio yo”, indica Han.
Diversas investigaciones dan cuenta de este fenómeno. Otro estudio de la American Psychological Association mostró que las personas que adhieren fuertemente a discursos de auto-mejora continua presentan mayores niveles de auto culpabilización frente al cansancio, la tristeza o la falta de motivación, aun cuando estos estados estén vinculados a condiciones estructurales como la sobrecarga laboral o la incertidumbre económica.
Ortiz advierte que esta lógica impacta de manera directa en la relación con uno mismo: “Muchas personas llegan a consulta agotadas no solo por lo que hacen, sino por la sensación permanente de no estar haciendo lo suficiente. El cansancio se vive como un desajuste personal”. La exigencia no se detiene con el reposo, porque siempre queda algo por optimizar, incluso eso mismo: el ocio.
El sujeto optimizado internaliza el mandato de rendimiento hasta convertirlo en criterio de valor personal. Cada día se evalúa en términos de logro, foco, productividad emocional. Han describe este proceso como una mutación del conflicto psíquico: “La violencia ya no se ejerce contra el sujeto, sino a través de él. El fracaso no genera rebelión, genera depresión. Este modelo produce una forma particular de cansancio. No se trata solo de fatiga física o mental, sino de un agotamiento existencial que no encuentra pausa legítima”. Investigaciones del European Journal of Social Psychology señalan que la cultura del rendimiento continuo reduce la capacidad de experimentar el descanso como un derecho, y lo transforma en un recurso funcional para rendir mejor después. Descansar deja de ser un fin y se convierte en medio.
En este contexto, el fracaso pierde su dimensión colectiva o estructural. No rendir se interpreta como una falla individual, una mala administración del tiempo, de la energía, de las emociones. “Cuando la vida se concibe como un proyecto de auto gestión, la responsabilidad por el sufrimiento se privatiza y se separa de las condiciones sociales que lo producen. El sujeto queda solo frente a su desempeño”, señala Rose.
La consecuencia más inquietante de este proceso es la erosión del derecho a la improductividad. El error, la duda, el cansancio, incluso el malestar, pierden legitimidad. Todo estado debe justificar su utilidad o su potencial de mejora. La opacidad se vuelve sospechosa. La pausa, improductiva.
La paradoja se torna evidente. Cuanto más se promete bienestar, más se intensifica la exigencia. “Sin horarios, sin feriados, sin instancia clara de cierre -señala Han-. Vivir bien, en este marco, deja de ser una experiencia deseable y se transforma en una tarea interminable”.
El conflicto político del bienestar
La expansión del ideal de la vida optimizada no constituye sólo un fenómeno cultural o tecnológico. Plantea, en un nivel más profundo, un conflicto político porque redefine, casi sin discusión, qué se entiende hoy por una vida valiosa.
Las ciencias sociales advierten que este desplazamiento no es neutro. Investigaciones del Institute for Health Metrics and Evaluation muestran que los indicadores de bienestar utilizados en políticas públicas y entornos corporativos tienden a privilegiar variables medibles, cuantificables y comparables, relegando dimensiones cualitativas como el sentido, el vínculo o la experiencia subjetiva del tiempo. Aquello que no entra en el gráfico queda fuera de la conversación porque resulta difícil de traducir en datos.
El problema no reside en la tecnología, sino en su hegemonía como criterio de vida buena. Han lo formula con claridad: “La sociedad del rendimiento no tolera lo inútil, lo improductivo, lo que no conduce a un resultado. Pero justamente allí se juega una parte esencial de la experiencia humana. La optimización permanente achica el margen para aquello que no puede evaluarse sin traicionarse”.
Rose subraya que la pregunta por el bienestar siempre implica una disputa por la autoridad: “Definir qué es vivir bien supone decidir quién tiene derecho a establecer los criterios, con qué fines y bajo qué valores. Cuando esos criterios quedan en manos de sistemas técnicos, el debate se vuelve silencioso, pero no menos decisivo. El estándar se naturaliza. La comparación se impone. La desviación se patologiza”.
“Muchas formas actuales de malestar están vinculadas a esta lógica excluyente -observa Ortiz-. Cuando las personas sienten que no encajan en el ideal de funcionamiento esperado, el sufrimiento se intensifica. El bienestar, paradójicamente, se vuelve una fuente adicional de angustia”.
Des-optimizar la vida no implica rechazar la medición ni idealizar el desorden. Supone recuperar la posibilidad de zonas no ajustables. Espacios donde el error no sea déficit, el cansancio no sea culpa y el tiempo no deba justificar su utilidad. Supone aceptar que hay dimensiones de la existencia que se empobrecen cuando se las somete a evaluación constante.
Tal vez el desafío no consista en vivir mejor según métricas cada vez más precisas, sino en sostener la pregunta por el bienestar como un terreno abierto, conflictivo, incluso incómodo. Un interrogante que no se resuelve en un tablero de control. En un mundo que promete una vida perfectamente medida, queda resonando una inquietud más profunda: qué estamos sacrificando cuando confundimos vivir bien con funcionar sin fallas.