Las fuerzas de Putin ya ocuparon el 20% del país invadido, pero una victoria, para el Kremlin, implicaría capturar cerca del 50% del territorio. De no lograrlo, estaría siendo “derrotada”. El rol de la modernización en este conflicto bélico.
Por Alberto Hutschenreuter, en Infobae
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Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, el general francés Charles de Gaulle sostuvo que en Europa había dos países que perdieron la guerra, mientras que los demás habían sido derrotados.
Las palabras del líder francés fueron relacionadas con los dos países que, efectivamente, perdieron la guerra, Alemania e Italia, y con el estado de ruindad en el que había quedado buena parte del continente donde cayeron cerca de 40 millones de militares y civiles.
Empero, había en esa frase un diagnóstico estratégico preciso que pocos entendieron: el poder de Francia y Reino Unido, que habían ganado la guerra, descendía frente a los grandes poderes emergentes de la conflagración, Estados Unidos y la Unión Soviética. En estos términos, la victoria de las potencias europeas, que ya habían acusado el tremendo impacto de la Primera Guerra Mundial, tenía un regusto a derrota.
Podríamos aplicar este diagnóstico en la guerra que asuela a Ucrania desde hace cuatro años. Una confrontación que hasta el momento no tiene una parte categóricamente victoriosa, aunque sí una parte que está perdiendo, Ucrania, y otra que está ganando, pero que acaso está siendo “derrotada”, Rusia.
Es muy difícil, por no decir imposible, que Ucrania logre vencer a Rusia, es decir, que sus fuerzas expulsen a las fuerzas rusas del este y sur del país. Si ocurriera tal escenario, entonces Rusia se encontraría reviviendo tres espectros militares juntos: 1856 (derrota en Crimea), 1905 (derrota ante Japón) y 1914 (derrota frente a Alemania), y el mismo régimen se hallaría en serias dificultades para mantenerse, e incluso Rusia podría encontrarse ad portas de una gran convulsión, una nueva “era de tumultos” (en la historia de Rusia, la “Época de los Tumultos” comenzó en el siglo XVI e implicaba amenazas externas y crisis interna).
La situación actual de Ucrania es la de un país cuyo 20 por ciento del territorio está ocupado, libra una guerra defensiva, requiere efectivos; su infraestructura energética, económica y demográfica se halla casi colapsada; y solo la mantiene con vida la ayuda financiera y militar europea, si bien es verdad que la industria militar nacional viene logrando un importante desempeño.
Por su parte, Rusia mantiene la iniciativa en el frente, que tiene una extensión aproximada de 1000 kilómetros desde Kupiansk hasta Kherson, situada esta última a 150 kilómetros de Odessa, dato por demás importante si consideramos que Rusia, según el jefe de Estado Mayor de las Fuerzas Armadas Valeri Gerásimov, “no se detendrá hasta llegar a la desembocadura del Danubio”.
En gran medida, esa iniciativa se debe a su activa industria militar, a la suma de recursos humanos (si bien habría mermado el reclutamiento) y al ingreso de importantes recursos por las ventas de petróleo, gas y metales, gracias a una economía basada en la tierra, es decir, como peyorativamente dicen en Occidente, una economía “fósil” o “kalashnikov”, esto es, una economía “vieja” y, como el fusil, “irrompible, barata y con escasa tecnología”.
Ahora bien, que un actor mantenga la iniciativa en una guerra no significa que esté cerca de alcanzar la decisión o la victoria. Por el contrario, puede suceder que el prolongado tiempo de confrontación, la enorme cantidad de bajas y las exigencias de capacidades provoquen en la parte que conserva la iniciativa una creciente sensación de frustración, aun si dicho actor está entrenado para guerras extensas.
Es lo que ocurre en la típica guerra de desgaste en Ucrania: el esfuerzo y costo que está teniendo la misma para Rusia cada vez guarda una menor relación con lo alcanzado, es decir, las conquistas territoriales.
En un reciente trabajo realizado por los expertos Seth G. Jones y Riley McCabe, Russia’s Grinding War in Ukraine (Center for Strategic and International Studies, Washington, January 27, 2026), se reporta que entre febrero de 2022 y diciembre de 2025, Rusia sufrió 1,2 millones de bajas (muertos, heridos y desaparecidos). Dentro de esta enorme cifra, se estima que Rusia habría sufrido entre 275.000 y 350.000 soldados muertos.
En relación con el territorio, el informe remarca las dificultades que afronta Rusia para avanzar en el terreno. En los primeros meses que siguieron a la denominada por Moscú “Operación Militar Especial”, las fuerzas rusas se apoderaron de 115.000 km², pero luego los ucranianos recuperaron territorios. En 2024, Rusia capturó 3.600 km², y en 2025, 4.800 km², totalizando desde febrero de 2022, 120.000 km² (cifra que incluye Crimea), es decir, aproximadamente el 20 por ciento del territorio de Ucrania.
Frente a estas realidades, la cuestión geopolítica se vuelve crucial en relación con la relativización de la “victoria” rusa hasta el momento en la guerra, pues si lo que pretende Rusia, un actor protohistóricamente territorial, es contar con profundidad estratégica en Ucrania con el fin de restaurar la seguridad indivisible regional-continental, es decir, que ninguna parte (OTAN-Rusia) obtenga ganancias geopolíticas en desmedro de la otra, lo obtenido en materia de conquista sabe a poco. Pero el costo para Rusia ha sido mucho.
El experto George Friedman, presidente de Geopolitical Futures, sostiene que la oposición de Putin a poner fin a la confrontación se debe precisamente a la realidad sobre el terreno. “Hacer la paz sobre esa base socavaría la credibilidad de Putin”.
Por tanto, la victoria, para Rusia, implicaría capturar entre el 40 y el 50 por ciento del territorio de Ucrania. Solamente así, algo que equivaldría a conservar un territorio aproximadamente del tamaño de Polonia, el país-continente, como lo denominaban los geógrafos alemanes, alcanzaría profundidad estratégica y amparo geopolítico. De no lograrlo, Rusia estaría siendo “derrotada”.
Por ello, el factor tiempo resulta crucial. Se dice que en la guerra el tiempo corre a favor de Rusia. Ahora, ¿de cuánto tiempo más hablamos: un año, cinco años…? Si bien es cierto que con el paso del tiempo el desgaste podría hacer colapsar a Ucrania, también haría mella en la economía rusa. Esto último es relevante no sólo en relación con indicadores y realidades actuales cada vez más inquietantes (muy bajo crecimiento; suba de precios; recortes; caída de la demanda; venta de hidrocarburos a precios menores a los del mercado; medidas de “seducción” arancelaria por parte de Estados Unidos sobre clientes clave de Rusia, por caso, India; problemas de productividad; rezago tecnológico; cuestiones demográficas; caída de la inversión extranjera; retroceso espacial; dependencia de China, por citar algunos), sino con la eterna asignatura pendiente de Rusia: su modernización económica y tecnológica.
La modernización de Rusia es fundamental para que deje de ser un gran poder y pase a ser una potencia completa, es decir, grande (lo es), rica (lo es) y cabalmente estratégica (lo que le falta). La modernización es, por ello, la “gran guerra” de Rusia en el siglo XXI. Si Rusia volviera a “procrastinar” la modernización, pues lo ha hecho en repetidas ocasiones desde tiempos soviéticos, no dejaría por ello de ser un “actor de orden internacional”, pues por su tamaño, ubicación, recursos, poder nuclear, condición “V-3” en la ONU (voz, voto y veto), entre sus muchas condiciones o activos, Rusia se halla entre “los que pueden”. Pero no sería un “poder estratégico de orden internacional”, esto es, un actor “que puede” y al “que se necesita”.
En breve, Rusia mantiene la iniciativa en la guerra, lentamente va imponiendo su voluntad y, por ahora, el tiempo y las capacidades corren a su favor. Pero considerando algunos factores en el terreno, los problemas que acechan y asechan (en las dos acepciones de la palabra), así como las necesidades o imperativos domésticos que ya no pueden esperar, quizá Rusia está siendo “derrotada”.
Hasta hoy, la lógica geopolítica nos asiste para comprender y debatir dinámicas y procedimientos de una Rusia en vigilia estratégica y en estado de guerra. Pero si la geoeconomía y las tecnologías cuánticas no son colocadas pronto por encima de aquella (que nunca será abandonada, por supuesto, porque para nuestro actor el mundo siempre será un sitio peligroso), Rusia se hallará ante un horizonte incierto, borroso, como el que se le presenta al viajero francés hacia el final de la película “El arca rusa”, tras un recorrido de tres siglos por la riquísima cultura e identidad de ese país previo a 1917.