Las razones por las que las jóvenes figuras no se desviven por jugar en Boca y en River.
Por Daniel Guiñazú, en Página 12
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Ahora no pasa lo que pasaba antes. Las jóvenes promesas del fútbol argentino ya no se desviven por jugar en Boca y en River. Es otro el sueño de esos pibes y su ansiedad le apunta a los poderosos clubes europeos. Crecer y salir campeones en el país donde nacieron y se formaron, ya no les subleva el corazón. La gran meta es irse a ganar títulos allá a lo lejos y en lo posible, llegar a la Champions League, cuanto más rápido mejor. Todo lo demás se percibe como una demora. Como un ciclo cumplido que no tiene razón en estirarse.
Maher Carrizo y Santino Andino, dos promesas integrantes de la Selección Sub 20 que salió subcampeona del mundo el año pasado en Chile, tuvieron la chance de pasar a River. Pero ninguno se desvivió por la oferta. Es más, hasta hicieron saber su desinterés, llevando a la larga las negociaciones. Los dos querían jugar en Europa y lo consiguieron: Ajax de Amsterdam le compró la mitad del pase de Carrizo a Vélez por cinco millones y medio de euros y Panthianaikos de Grecia fichó a Andino desde Godoy Cruz de Mendoza por diez millones de esa misma moneda.
Independiente también atravésó la semana pasada una situación similar: Javier Ruiz rechazó todo tipo de acuerdo y tardó escasos noventa segundos en decirle al presidente Néstor Grindetti que bajo ningún concepto quería seguir en el club. Todo para salir con destino al Necaxa de México por 1,6 millones de dólares pagaderos en dos cuotas.
Queda claro que los gloriosos colores del fútbol argentino convocan mucho menos que antes a las jóvenes generaciones de jugadores. Para ellos, llegar a primera es apenas una breve escala intermedia rumbo al destino europeo que verdaderamente les importa a ellos, a sus familias y a quienes los representan. Nadie quiere quedarse demasiado tiempo en el país.
Los chicos (y sus familias) están apresurados. Una vida mejor, un contrato fabuloso, mejores casas, autos lujosos, ropa de marca, tecnología de alta gama y hasta una novia bonita los están esperando en Europa. Y cuanto antes quieren ir a su encuentro. La economía argentina no permite retenerlos. Y la apuesta a lo sentimental y a lo afectivo parece tener cada vez menos fuerza.
El apuro de los chicos para que los vendan, les impide a los clubes trazar objetivos deportivos de alcance mayor a un semestre. Quienes juegan ahora y se destacan, seguramente no estarán dentro de seis meses. Vendrán otros y volverá a pasar exactamente lo mismo. La rueda es imparable y gira cada vez más rápido. Con cada vez más dinero en juego.
Duele reconcerlo. Pero en la ambición de los jóvenes jugadores, deslumbran las camisetas de los grandes de Europa. En el frío cálculo de su futuro, las de los equipos argentinos, las que acaso fueron las primeras que se pusieron en el barrio o en sus pueblos cuando eran pibes, ya no les significan tanto, por no decir nada. Apenas un escalón en la carrera cada vez más urgente que corren por el incierto camino de la gloria.